Decía Denis Diderot que: “Engullimos de un trago la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga”. Es curioso, pero de ese pecado no nos salvamos ninguno o, si acaso, muy poquitos.

Hace muchos años coincidí en un periodo de mi vida, de esos en los que buscas verdades trascendentes para seguir caminando, con una serie de personas pertenecientes a una especie de religión (ya que aglutinaban entre sus creencias principios básicos budistas y también cristianos), sin llegar a ser secta; los percibía como “buscadores de lo auténtico”, al menos eso me parecían en aquellos tiempos. Aun así, esas personas en su mayoría acabaron pareciéndome “corderos de redil”, a excepción de algunos a los que sigo considerando verdaderos buscadores.
Entre esos verdaderos buscadores había uno cuya actitud para con los demás y ante la vida me hizo sentir que era una de esas infrecuentes actitudes de alguien que está convencido de su camino y de la verdad que defiende. Raro ser que emprendió su feroz batalla contra el EGO que nos gobierna a la mayoría; ego, que es responsable directo de todos los problemas que padece la humanidad.
Cuando por aquel entonces alagaba a ese ser, casi siempre, me decía seriamente: No me haces ningún favor con tus halagos. A mí me extrañaba la “reprimenda”, porque mis halagos eran de corazón y por mera admiración. Muchos años después he comprendido que los aduladores y los halagadores a veces no son honestos y que, aun siéndolo, no nos hacen crecer, aunque sus elogios sean de corazón y bien intencionados. No obstante, considero que es sano mostrar admiración por la obra o el pensamiento de un ser humano (estamos obligados a ese tipo de admiración para aprender) y algo distinto admirarle y halagarle en lo personal; porque, ciertamente y aunque lo hagamos de corazón, estamos fortaleciendo su EGO.
Si nos auto-observamos y lo hacemos con constancia e interés, nos damos cuenta de lo secuestrada que está nuestra voluntad por ese agente controlador, autoritario y engreído EGO, al que creemos aliado, pero que en realidad es el responsable de los mayores problemas. Sin ego no tendríamos una visión distorsionada de nuestra persona, seríamos libres para corregir errores, porque los detectaríamos al instante sin los opacados anteojos con los que nos gobierna.

El ego no solamente exhibe y agranda nuestras inexistentes o existentes virtudes; sino que es el responsable de todos los complejos. Un complejo nace siempre de una actitud inadecuada ante un problema que no hayamos sabido resolver con humildad y trabajo. Aunque se suele achacar a agentes externos, ya sean maltratadores psíquicos o físicos con los que nos hayamos topado en la vida (sin que éstos dejen de tener culpa o responsabilidad), es en realidad el ego quien tiene la última palabra a la hora de generar complejos, porque si algo alimenta a los egos son los complejos generadores de todo tipo de distorsiones en la auto-visión y la auto-aceptación.
Sólo los Maestros han vencido al ego, y los que son Maestros en ciernes enfrentan una guerra fratricida cuyo fin es aniquilar a su gemelo (es el mito de Caín y Abel).
Según las antiguas enseñanzas de todas las religiones, el amor a lo sagrado que llevamos dentro está preparado para vencer esa guerra; aún así los que estamos dominados por el apego a lo material, los que seguimos conservando el ego intacto (aunque él nos deje escribir artículos como este, siendo mero desahogo…) tenemos una salida usando la herramienta del testigo insobornable que en esencia somos.
Si observo desde ese testigo que en esencia soy junto a mi voluntad, sintiéndome observada a la vez por quien me domina, me doy cuenta de que mi ego se está riendo de mí y me dice algo así como: Escribe lo que quieras, observa lo que quieras, pero no olvides que yo soy tu amo y que por mucho que en esta vida te esfuerces no podrás zafarte de mi presencia.
Lo peor de esa autobservación es que creo que él sabe lo que dice y no me miente. No obstante, mi ego ignora que en esencia soy (como todos) “serenamente rebelde” y que por encima de él está mi AMOR A LA LIBERTAD: Algún día en alguna vida, te lo juro, voy a vencerte… (dice mi voluntad)
No se trata de la Noche Oscura de Juan de la Cruz, ni de los compartimentos estanco de las siete Moradas de Teresa de Ávila, es algo mucho menos profundo, más cotidiano, aquello de lo que yo me doy cuenta cuando me miro en el espejo de mi conciencia. Se trata de pequeños actos humanos que me alejan de mi esencia, con la que pocas veces me topo y cuando lo hago nunca lo olvido.
Las verdades de la vida no están más allá de un palmo del comportamiento que tenemos hacia nuestros vecinos, nuestros compañeros de trabajo, nuestra madre, nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros amigos…; esos comportamientos forman parte de lo cotidiano. Las verdades de la vida nos duelen y nos reconfortan en lo más profundo. Nadie elude la verdad del alma por mucho que el ego se empeñe; si algo sabemos, entendemos y comprendemos perfectamente, cuando nos auto-observamos con sinceridad, es lo que sentimos.

Las críticas destructivas proceden de nuestro carcelero, las constructivas, de nuestra alma. Saber diferenciarlas no es fácil, requiere de mucha práctica y voluntad, porque el carcelero las viste de halagos que parecen auto-levantar el ánimo, cuando en realidad lo que hacen es alimentar nuestra vanidad que a la vez es la madre de todos nuestros complejos.
Cuando nos sentimos dulce y pacíficamente humildes, descubriéndonos a nosotros mismos en la comprensión del error, sin castigarnos, sin sentirnos inferiores, sino falibles humanos con afán de rectificar, entonces, y sólo entonces, estamos siendo críticamente constructivos.
Dijo W.H. Auden: “Cada autobiografía se ocupa de dos personajes: un Don Quijote – el ego – y un Sancho Panza el yo-”.
Dijo Nietzsche: “Cada vez que escalo soy perseguido por un perro llamado ego”.
Dijo Alan Watts: “El ego no es más que el foco de la atención consciente”
Cuando digo:
¡Ay el ego, qué pequeño es y que grande se cree…!
Me estoy riendo por dentro; ¿quién se ríe, él o yo?




