TRAZOS Y SEGMENTOS: CAMINEMOS Y VIVAMOS

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Suele decirse que los caminos difíciles llevan a lugares hermosos. Sin duda es así en la mayoría de los casos; pero tener el valor de adentrase en esos caminos no es fácil. Esta es una lección que me enseñó la práctica del senderismo; y que uso como metáfora de la vida.

A veces me perdía del grupo y lo pasaba mal, sobre todo si no tenía cobertura. Pero lo bueno es que mi instinto me hacía ascender por caminos que me llevasen a lo más alto. Desde allí no sólo se contemplaba el mejor de los paisajes, sino que también lograba localizar al grueso del grupo y además volvían las diminutas barritas a mi teléfono.

Contemplar desde la ligereza que te eleva dejando que el presente te proteja (porque siempre te protege si lo escuchas) no es que te dé respuestas, pero comienzas a hacerte preguntas y sin entender comprendes.

Es bueno caminar por lo conocido, lo cotidiano; pero la vida debe tener de todo; no sólo días de diario, también fiestas de guardar; y una de esas fiestas te espera en la colina. Si tienes que dejar la mochila, la escondes para tomarla a la vuelta, o mejor desalójala de lo que no sea imprescindible y de lo que te estorbe.

Todavía tengo fuerzas de sobra para seguir caminando, aun así, para cuando me falten, estoy ideando un plan:

En ese plan me digo que quizás, entonces, sean los caminos los que tengan que venir a mí, a través de esa maravillosa herramienta que nos aporta la imaginación. Cuando ya no se puede HACER, hay que SOÑAR; es gratis (suele ser el camino más ligero para llegar a las reales metas), y, ¿quién sabe si de verdad estamos despiertos?

Si le hubiera dado la razón al miedo, jamás habría conocido ¡tantas cosas! Algunas no fueron agradables, aun así, me enseñaron mucho; y no es que sea valiente, pero sí muy curiosa. Me cosieron al alma una interrogación.

Probablemente me queden tropiezos, rozaduras en los pies, agujetas, sustos y algún que otro contratiempo; eso carecerá de importancia cuando haga balance. Sobre todo al balancearme en la mecedora que, si tengo suerte, me espera allende el tiempo. El arrepentimiento sólo será por el daño que haya podido causar a otros caminantes.

De vez en cuando no es mala cosa llevar semillas en los bolsillos, si se van dejando caer en lugares adecuados, quién sabe, puede que broten flores en la próxima primavera.

En cuanto al agua de vida, es mejor ir reponiendo la cantimplora en las fuentes del camino. Los frutos silvestres vienen también de maravilla; no hay que llevarlos a cuestas y mientras caminas te vas alimentando. Esas fuentes y esas frutas se presentan de manera espontánea; si no te angustias y confías como las aves del campo (dice el evangelio), acabas encontrando todo aquello que necesitas. Así me enseñaron, quienes sabían, qué es el verdadero camino sobre la tierra. Ser peregrino es tener un espíritu confiado y ligero; algo muy distinto de una mente bien nutrida de severas elucubraciones.

A la postre nunca vivimos un día más, sino un día menos. ¿Por qué entonces lo desperdiciamos, por qué no nos permitimos vivir en ese día todo lo que nos sea posible? La meta es sólo el fin y a la cosecha hay que llegar con los sacos vacíos; de estar llenos se pudrirían sus frutos viejos no aprovechados; y también los nuevos, que no pueden ser recogidos.

Se hace bien difícil encontrar buenos compañeros de viaje; por eso es mejor caminar en solitario que perderse lo auténtico del camino: paisajes; aves silvestres; piedras de hermosas formas, como talladas por un hábil artesano; el silbido del viento; el trinar de los pájaros; el arroyo cantarín; las copas de los árboles bailando. Una pesada conversación puede ensombrecer la belleza.

A veces el peregrino encuentra excelentes compañías y, aunque en ocasiones sean breves, hay que disfrutarlas con avidez e intensidad, sin miedo; podrían marcharse para siempre en la próxima intersección. Lo malo entonces no sería la despedida, sino el arrepentimiento por todas esas conversaciones que no se mantuvieron, las experiencias que no se compartieron y las lecciones que no se aprendieron.

La verdadera vida no se tumba en el sofá de casa; aunque también de vez en cuando si eso te llena por un rato. La verdadera vida está hecha de emociones reales, que no provienen de mantenerse fijos ante una pantalla. El Metaverso no te enseña nada, sólo sustituye lo natural de tu imaginación y lo real de tu experiencia por el engaño que sufren tus cinco sentidos. Salir de la caverna es necesario; sólo son sombras.

Vi a un peregrino que llevaba un anillo colgado de una cadena al cuello. Le pregunté:

– ¿Murió?

– No; lo llevo para tirarlo a la fuente del olvido.

– ¿Dónde está esa fuente?

– Sé que se encuentra en el mismo lugar donde dos bebamos con la misma sed.

Bueno, esta vez la realidad ha relatado las metáforas o ¿tal vez fue al contrario? En cualquier caso, caminemos y vivamos.

 

 

 

 

 

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