TORIMBIA, O TODOS LOS CAMINOS LLEVAN A TOR

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Una pleamar de turismo ha inundado la playa más hermosa de mi memoria sobreponiéndose a su prehistórica presencia. El turismo no conoce viajeros, sino consumidores exigentes que se satisfacen en el instante, orgasmo breve, tan efímero, que pide otro recién acabado el postrero, eso si no media una frustración, por pequeña que sea, que, a sus ojos, justifique la ira. Sin embargo, Torimbia es un templo, una playa sagrada.

Tor es el prefijo que anuncia la invocación al dios celta de los vikingos que arribaron aquí hace siglos. Otras playas cercanas, como Toró o Toranda, o quizás Troenzo, también lo invocan. En Torimbia, hay una energía especial que se siente intensa, no sólo por la anchura de su franja de agua rompiente, que genera mucha espuma, o no sólo  por su manantial de agua dulce. Hay algo más. Dicen que es un punto de energía del planeta, a cuya llamada han llegado desde siempre hippies y grupos iniciáticos para celebrar sus ritos. Los vikingos, antes que nadie. A nivel literario, yo mismo he creado uno en mi novela La “Luna En El Mar Riela”  , ambientada en Torimbia. Esa energía sagrada inunda mi corazón desde hace décadas, quizás porque heredo la religiosidad vikinga y Torimbia es para mí algo más que un escenario nudista.

Soy de los que llega por el sendero oriental desde cuyo altozano se contempla una perspectiva completa de la playa. Llego desde oriente, como los maestros, como los iniciados, como los reyes magos. Llegué hace mucho, eso es verdad, pero nunca me he ido. Aquel primer día, unos hippies habían levantado una cabaña con troncos y paja. Pusieron una calavera como tótem de protección, como la gárgola de una catedral. No muy lejos, una mujer rubia exhibía un desnudo escultural. Junto al símbolo de la muerte, la vida en ebullición. El rumor del agua, debido a la conformación en concha montañosa de la playa, reverbera. Lo sentí todo y me quedé atónito. Ya nunca me he marchado, porque mis regresos lo son a un hogar donde recala mi espiritualidad celta, vinculada a los escenarios naturales y al cosmos. Quizás ocurre que soy un druida en desarraigo, únicamente vinculado a las líquidas raíces de aquí. A la arena, al verde montaña y al mar Atlántico, fuerte y salvaje. El agua está detrás de lo sólido y también de lo gaseoso. Hubo un tiempo, es verdad  –¡éramos tan jóvenes!– que llegamos buscando la estética de los cuerpos desnudos, pues, entonces, los textiles no habían conquistado el lugar. Eso fue más tarde, cuando abrieron caminos entre la maleza y facilitaron el acceso a una playa en la que antes muchos vivían todo el año olvidándose del mundanal ruido. Fue una conquista de bárbaros, ajenos al significado profundo de las cosas, pero también los chinos derrumbarán los muros de la democracia, también los talibanes impondrán sus dogmas medievales, también los poderes financieros secarán cualquier resquicio de libertad, también nosotros exterminaremos la vida en el planeta, también los robots nos esclavizarán, también los terceros se inmiscuyen en el territorio sagrado del amor y lo derrumban por mero egoísmo… Todo lo protegido tiende a la entropía si una fuerza contraria no lo remedia.

Como decía ayer, fuimos a descubrir la sensualidad, atraídos por el instinto y los sentidos, nos desnudamos sin consciencia de estar en un recinto sagrado donde, a pesar de nuestras voliciones, estar y bañarse desnudo es lo natural y lo que pide el alma. La ladera occidental conforma el perfil gigante de la cara de un elefante que hunde su trompa en el océano. Lo vi casi al llegar. Hay que ver el elefante para saber donde estás. Fuimos a desnudarnos mezclados entre otros desnudos sin saber que la desnudez nos unía al Todo y que todo en la playa, hasta los minúsculos granos de arena, conjugan una sinfonía espiritual. Estar vestido en Torimbia es un sacrilegio, pero estar desnudo sin mostrar una humilde espiritualidad también lo es.

El otro, día la visité de textil con mis hijas. Cuando pongo el pie en la arena dejo la huella de una pertenencia íntima y me dejo invadir por su atmósfera, enseguida noto mi intimidad, y registro la historicidad de mi presencia, pues estar en los sitios de arraigo acarrea el tiempo a las espaldas y es él, en su densidad, quien impone tu planta y te ubica. Hay una jerarquía que discrimina a los que llegan, el aire filtra quién eres y a qué has venido, si has estado antes y cómo lo has hecho, si se te reconoce integrado en el propio paisaje o si eres un turista más que, seguramente, se quejará de que se nuble, orvalle, o que el agua esté fría. Carmen y Blanca, no tenían consciencia de Torimbia. Me pidieron que las llevase.  Como decimos en Asturias, me prestó mucho hacerlo caminando por el viejo sendero que siempre estira su alfombra dejando a un lado la panorámica de la costa ribeteada de helechos  (puedes llegar descalzo), me prestó ofrecérselas al dios Tor, que ahora las vincula como herederas y se las dejé allí sobre la toalla de elefantes, Carmen mostrando su pecho desnudo y Blanca la desnudez límpida de su corazón. Torimbia es monoteísta, si bien entreveo en ella un monoteísmo panteísta y universal que te desnuda de prejuicios y somete la humildad al reconocimiento de la vida y la muerte en el Todo. Si bien respetando la libertad de culto, me estomaga el creyente folclórico que hinca sus rodillas ante los poderes religiosos absolutistas.  Torimbia, lo que son las cosas, hierve turistas a borbotones como la mezquita de Córdoba o como cualquiera de los templos religiosos más importantes del mundo, ya acude una peregrinación laica que impone un sentido globalizado de vida y la total inconsciencia de pisar un lugar sagrado. Todo ha devenido en pleamar, cuando la humanidad quizás arrastra consigo la contaminación de un tiempo materializado. Sin embargo, da igual. Yo también llegué por el pecado de la carne, arrastrando por el aroma sensual del cuerpo femenino, sin saber que me encontraría con Tor. A él llevan todos los caminos.

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