TONTERIA LAS JUSTAS

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Lo dijo Unamuno, hombre considerado históricamente sabio: “que inventen ellos”. Lo dijo y ya no sé si como un deseo, como una clara visión del pasado o como un preclaro acercamiento al futuro.

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Y yo, aquí, erigiendome en paladín de la visión alternativa, quiero romper una lanza en favor de Don Miguel. O, más que en favor que quién soy yo, en desvelador de un sentido irónico de la frase que, si analizamos con rigor, comprobamos que es el que a nuestra historia y costumbres se corresponde.


De todos es sabido, menos de los que no quieren saber, que no hay nada que despreciemos más que lo propio ni nada que apreciemos más que lo propio ajeno. Permitaseme aclaración. Los españoles despreciamos con particular ahínco todo aquello que haya inventado nuestro vecino, sea de portal, de ciudad o de región, o nación para que nadie se quede al margen. Somos así, que le vamos a hacer, y ya sería hora de que existiera un ministerio, otro más inútil apenas se notaría y daría para cargos y prebendas, que se encargara de recopilar los inventos patrios, trasladarlos secretamente a algún país extranjero que hiciera de cabeza de turco, y comercializarlos después como si de algo foráneo se tratara, permitiendo, eso sí, que los beneficios que ahora se llevan los demás se quedaran secretamente, y esto es a la par importante e improbable, en el país.

 

Permitaseme recopilar algunos ejemplos de inventos españoles que han tenido que ir para volver siendo valorados. Dejemos al margen el aceite, las frutas, la leche y tantos otros productos de alta calidad que se dan en nuestras tierras y que se van al extranjero mientras los extranjeros de menos calidad vienen a España y los consumimos sin rechistar. Estos son productos y los que se van no vuelven, bueno, algunos sí, con etiqueta de otros países para disfrute, solaz y exhibición de “entendidos nacionales” que proclaman su incomparable calidad mientras ningunean el mismo producto etiquetado en nuestro solar patrio.


Ejemplo 1: Allá por el siglo de oro la literatura española recogió el imaginativo hacer de la parte más desfavorecida de la sociedad, y sus ocurrencias y añagazas para vivir del prójimo con el mayor provecho y el menor esfuerzo, con el calificativo de “Picaresca”. Bajo ese calificativo y con los manuales de iniciación y actuación escritos por los más preclaros literatos del momento lo exportamos al mundo y hoy lo hemos importado con gran éxito en los semáforos, esquinas y aglomeraciones de nuestras ciudades. Cojos que corren, ciegos que esquivan, vendepañuelos, limpiacristales, carteristas, músicos de tres compases, o de uno, abren diariamente sus despachos tras ser hábilmente distribuidos por el capataz de turno y todos, todos, tienen acentos que no son de ninguna de nuestras tierras, pero si los son, de nuestras tierras, los dineros que persiguen con ahínco, y a veces malas formas.


Ejemplo2: Las tropas napoleónicas se retiran de la península y entre los múltiples tesoros que se van con ellos, seguramente por efecto del rebufo y no por una tropelía cometida, están diversos tratados de cocina, el más conocido el del monasterio de Alcántara. Desde entonces la cocina francesa se ilumina y los españoles, los … de los españoles, consumimos consomés en vez de consumados, patés en vez ajipuercos o cachuelas, tapenades en vez de olivadas, por no pararnos en el culto a los vinos de más allá de nuestras innecesarias fronteras o el de los quesos que solo la protección oficial, y la interesada legislación, de sus gobiernos hace mejores que los nuestros perseguidos, industrializados y masacrados comercialmente por una fiscalidad sorda, ciega y tonta.


Ejemplo 3: Y por abreviar que sea múltiple. En España se inventó el submarino americano, el «talgo»,  el autogiro que devino en helicóptero y el funicular. No olvidemos que América que se llama así porque un italiano descubrió que era un continente y se llevó la gloria de nominarlo. Y la patata, traída por los exploradores españoles, la tuvieron que popularizar los belgas y los franceses para que aquí la apreciáramos y… yo creo que es suficiente para defender mi tesis sobre el pasado. Bueno, no, existe algo más que se inventó en España y ha hecho millonarios a los americanos, la Coca-Cola, pero esto merece historia aparte


Y aunque aparentemente solo invoco el pasado, el presente existe, y es lo que me mueve a escribir esta reflexión. Existe y se perfecciona. El que inventen ellos ha dejado paso a una versión más actual y refinada de la frase, algo así como “que se pringuen ellos”, una suerte de éxtasis moral por el que nuestro país está a la cabeza de la excelencia ética, de cierta pretendida excelencia ética, pero a la cola de la comercialización, el interés y los puestos de trabajo. Algo así como ser divinos de la muerte en el plano internacional. Sólo dos ejemplos que me sublevan:


Durante algunos años ha funcionado un pequeño “ferry” entre las poblaciones La Guardia, española, y Caminha, portuguesa. Este servicio que se desarrollaba en las proximidades de la desembocadura del río Miño (Minho), precisaba de unos ciertos servicios complementarios para su correcto funcionamiento, entre otros la necesidad de dragar periódicamente el río para garantizar el calado imprescindible. Bien, pues esa labor y la comercialización de la arena obtenida las llevaba a cabo una empresa portuguesa porque los ecologistas españoles consiguieron que ninguna empresa de nuestro país obtuviera permiso para hacerlas. Una empresa portuguesa dragaba el río en la parte española, se llevaba la arena y se la vendía a otras empresas españolas. Claro a otro precio y sin facilidades.
Hace no mucho tiempo hubo un intento por parte de una empresa española para proveer de carne de ave a distintos organismos estatales de diversos países que habían sacado el suministro a concurso por varios millones de euros mensuales durante, inicialmente, un año. No pudo ser. ¿Porque España no tenía capacidad? No. ¿Porque nuestros pollos eran de inferior calidad? Ni mucho menos ¿Porque los sueldos y salarios de nuestros trabajadores nos hacían poco competitivos? Tampoco, en este caso tampoco. El misterio estuvo en una nueva norma dictada por el derecho de los animales por la que se ha reducido el número máximo de animales que se pueden transportar en jaula en un treinta por ciento (30%) para evitar el estrés de los pobres bichos. Treinta por ciento que, evidentemente, repercutió inmediatamente en costes y ha impedido que nuestra propuesta fuera competitiva.


Eso si nuestros trabajadores, ya que aquí sobran puestos de trabajo, se pueden permitir que nuestra economía juegue a ser los “guays” de la economía global, y no como los de los otros países que morirán después de haber trabajado toda su vida sin conocer el paro e irán de cabeza al infierno acusados inmisericordemente por las ánimas, por supuesto estresadas, de millones de pollos maltratados en el transporte al matadero.


Y, digo yo, ya puestos, ¿Por qué no promovemos las jaulas de transporte con calefacción individual, televisión por satélite y mueble bar? No se si lo he dicho, maltrato animal no, tonterías las justas. 

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