TIENE QUE SER

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Me preguntaba estos días con qué podría cerrar este 2021. Ciclos personales, circunstancias políticas, incertidumbres o debacles… nada de eso me interesa hoy.

Gustav Klimt

Prefiero pensar en lo mejor del año, y elegir de ello lo último que he disfrutado para compartirlo con nuestros lectores.

Sus hermosos ojos que hablaban, ora amables y tiernos, ora extraviados, se hacían dos veces más terribles cuando estaba sentado al piano; le temblaba la boca y tenía el aire de un encantador vencido por los demonios que hubiera evocado. Parecía una figura de Shakespeare, podría ser el rey Lear.

Así comienza la «Vida de Beethoven» de Romain Roland, una biografía poética de su azarosa vida. Diferente y complementaria a la que Richard Wagner publicó en 1870, más orientada a sus aportaciones musicales en relación con su vida. Ambas son breves, amenas y emocionantes; Wagner era, además de un gran músico, un buen escritor. No es preciso ser aficionado a la música para disfrutarlas.

La vida de Ludwig van Beethoven estuvo marcada por sus orígenes, sus características personales de talento, carácter, inteligencia y sensibilidad, sus fracasos amorosos y su enfermedad. Nacido en Bonn, a orillas del Rhin, en una familia humilde y problemática relacionada con el ambiente musical local, fue un virtuoso pianista desde la infancia, al igual que Mozart. A a los 22 años, en 1729, se trasladó a Viena para continuar sus estudios, ciudad en la que vivió y compuso su corpus musical hasta su muerte.

En la primera época, Beethoven recibió el espíritu de Mozart a través de su maestro Haydn. Su música de los primeros años refleja  el despertar de sus ideales republicanos, su vida social y el germen de su infortunio: la sordera progresiva, que intentaba mantener en secreto huyendo de la vida social. En 1801 escribe a su amigo el violinista Karl Amenda:

La parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado mucho. ¡Qué tristemente vivo, abandonando todo lo que amo, y en un mundo tan miserable, tan egoísta! Mi situación es terrible. En el teatro debo colocarme cerca de la orquesta para escuchar a los actores, no oigo los sonidos altos de los instrumentos, cuando se habla suave apenas entiendo. Frecuentemente maldigo mi existencia. Si estuviera libre de este mal tendría el mundo entre mis brazos. Quiero desafiar mi destino. ¡Resignación! Te ruego callarlo como un secreto. Escríbeme, tus cartas me consuelan y me hacen mucho bien.

Fascinante Beethoven, que habla al mismo tiempo de resignación y de desafío al propio destino. En cada nota, en cada expresión hay ecos de su personalidad trágica, de su sensibilidad y fortaleza, su firme resolución de resistir. Es también el momento de su primera gran decepción amorosa con Giulietta Guicciardi, que provoca en el joven compositor una crisis desesperada en 1806 y uno de sus escritos mas conocidos: «el Testamento de Heiligenstad».

Dotado de un temperamento ardiente activo, fácil a las distracciones de la sociedad, debí apartarme de los hombres a edad temprana. Me está prohibido encontrar un descanso en las conversaciones delicadas, en los mutuos esparcimientos. Sólo el arte me ha detenido. ¿Cuándo, oh, Divinidad, podría yo sentir aún la felicidad en el templo de la naturaleza y de los hombres?

Decía su amigo el doctor Franz Gerhard Wegeler que nunca conoció en Beethoven una pasión que no fuera llevada al paroxismo. Volverían los días felices al lado de Teresa de Brunswick, el momento mas dulce de su vida, entre 1806 y 1810, reflejado también en sus composiciones. La historia no tuvo el deseado final feliz; sin embargo, el desencanto y la desolación no le harían colapsar esta vez. Beethoven es ya un hombre consciente de su propia fuerza y busca, a través de su música, el camino a la plenitud. De nuevo habla del destino en sus notas:

Sumisión, sumisión profunda a tu destino: ya no puedes existir para ti sino únicamente para los demás; para ti no hay más felicidad que en tu arte.

Compone con éxito, conoce a Goethe y entabla amistad con la escritora Bettina Brentano; en el Congreso de Viena de 1814 es reconocido como una gloria de Europa.

Parte de «El Friso de Beethoven» (1902). Inge Prader

Pero la sordera avanza hasta hacerse total y, a partir de 1816, le obliga a comunicarse mediante sus famosos cuadernos de conversación. En poco tiempo sus amigos y protectores se dispersan o mueren, y su fama es desplazada por la nueva moda italianista: interesa Rossini y Beethoven es considerado un pedante. Sordo, relativamente pobre y solo, olvidados los ideales políticos que no han tenido realización, el compositor se refugia en sí mismo y en la naturaleza:

En los bosques soy feliz. En estas florestas, en estas colinas, está la calma.

En 1822 tiene que abandonar la dirección del ensayo general de Fidelio porque no oye nada de lo que sucede en el escenario; en 1824 dirige su Novena Sinfonía y es incapaz de escuchar, de espaldas al público, el tumulto de toda la sala que lo aclamaba.

Durante la última etapa de su vida, Beethoven compone su obra tardía o Spatwërk, la mas íntima y abstracta, camino a la fluidez absoluta y a la sublimación. En su última obra, el cuarteto de cuerda n.º 16 en fa mayor, op. 135 habla por última vez del destino.

Escribe al principio de la partitura muss es sein?¿tiene que ser?-, y concluye respondiéndose a sí mismo: muss es seintiene que ser-. Ludwig van Beethoven murió en Viena, el 26 de marzo de 1827.

La sordera fue en él oscuridad y al tiempo luz, motor de su espíritu romántico, el aislamiento forzoso que le obligó a vagar por las regiones de su mundo interior, pleno de lúcida delicadeza y de una infinita necesidad de amor, penetrando su música con esta revelación de lo intangible. No puedo concebir la esencia de la música de otro modo que residiendo en el amor, escribe Wagner en su ensayo sobre Beethoven. Y luego:

¿Un músico sordo?… ¿Puede concebirse un pintor ciego?… Conocemos un ciego vidente, Tiresias, que  vio cerrarse ante sus ojos mortales el mundo de las apariencias a tiempo que descorría el velo de su mirada espiritual. Semejante a él era este músico afectado de sordera, que, al no sentirse importunado por los ruidos de la vida, dejó de prestar oído a otra cosa que no fueran las armonías de su alma. La sola esencia de los seres le habló entonces. Con él  la melodía se emancipó del despotismo de la moda, volviendo a su tipo eternamente auténtico y devolviendo a la música su alma inmortal, la que traspasa los límites de la simple belleza estética para entrar en la esfera de lo sublime absoluto.

Parte de «El Friso de Beethoven» (1902). Inge Prader

Ludwig van Beethoven: el músico que abre de par en par las puertas del Romanticismo. Escribe Rafael Argullol en su ensayo sobre el Romanticismo El Héroe y el Único:

En la insuperable combinación de desencanto y energía, de destrucción e innovación, de patetismo y heroicidad, en la profunda percepción de lo limitado de la condición humana y en el imposible titanismo hacia lo infinito, se reconoce el movimiento romántico, la auténtica raíz del pensamiento trágico moderno.

Os dejo, para despedir el año, el cuarteto Razumovski No 1. Opus 59, compuesto por Beethoven en 1806. Deseosa de que lo disfrutéis como yo, en especial el Adaggio del tercer movimiento (minuto 20).

Y mi deseo de que el 2022 sea para todos un feliz año nuevo.

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