¿TIEMPO AMARILLO?

 

Hablemos del poeta Miguel Hernández Gilabert, muerto en la cárcel de Alicante, en 1942. Tenía sólo treinta y un años de edad. Fue un poeta autodidacta y un lector empedernido de los clásicos españoles del siglo de oro.

En 1937 escribió su libro Viento del pueblo, dedicado a quien sería premio Nobel de Literatura en 1977, Vicente Aleixandre. Comprometido con el partido comunista, Miguel Hernández reivindicaba en aquellas páginas la esencia de lo español: “¡Ay España de mi vida, ay España de mi muerte!”; “asturianos de braveza, vascos de piedra blindada, valencianos de alegría y castellanos de alma, labrados como la tierra y airosos como las alas”; “catalanes de firmeza, aragoneses de casta”. “España no es España, que es una inmensa fosa, que es un gran cementerio rojo y bombardeado: los bárbaros la quieren de este modo”. Pero, sabedor de que la tristeza daña y enturbia, “salí del llanto, me encontré en España, en una plaza de hombres de fuego imperativo”. Este es ejemplo de un sentido patriótico opuesto al de quienes suplantaron el nombre de España durante decenios, inflamándolo de intolerancia y arcaísmo.

Pasemos ahora a El rayo que no cesa, escrito entre 1934 y 1935. Con sólo 24 años de edad, hablaba de “mi corazón con canas”, un corazón que ya era maduro. E imaginaba que “algún día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fortuna”; de aquí extrajo el título de sus memorias el actor Fernando Fernán Gómez, tal y como contó él mismo. Hay una pregunta inevitable: ¿Cómo podemos dejar escapar así como así este depósito de sugerencias y de emociones que enriquecerían nuestra existencia?

En un silbo de afirmación en la aldea, rezará: “¿Cuándo será, Señor, que eches tanta soberbia debajo de un suspiro? ¡Ay no encuentro, no encuentro la plenitud del mundo en este centro!

Lo que haya de venir, aquí lo espero, cultivando el romero y la pobreza. Y Dios dirá, que está siempre callado”.

En Viento del pueblo, Miguel Hernández escribía en su dedicatoria a Vicente Aleixandre: “Cada poeta que muere, deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido”. Recojamos, pues, las mejores herencias. Están a nuestro alcance. ME

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