SOLIDARIDAD DE BOLSILLO

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Queda inaugurado el establecimiento irreversible de la nueva normalidad. Sus principales componentes son el metaverso, la guerra psicológica y, por ende, también la guerra económica.

 

La guerra psicológica se efectúa a través de los relatos, en incontables ocasiones ficticios, que reciben y atraviesan las consciencias y las inconsciencias de los individuos que componen las distintas sociedades habidas y por haber. Falsas creencias e ideologías, mentiras cosidas por manos desalmadas, se manufacturan quirúrgicamente para ser incrustadas en las mentes de las masas. La verdad se oculta tras tantísimas opacas capas, ya casi por completo de contenido audiovisual todas ellas, que se hace prácticamente imposible para cualquiera alcanzar a vislumbrar ni los más mínimos haces de luz que pueda esta (la verdad) colar por alguno de los escasísimos huecos que todavía no haya podido tapar el Hermano Mayor con su enorme red de inabarcable alcance.

Se busca diseñar la memoria colectiva de los individuos mediante la implantación de historias y el uso de símbolos. Se crea un relato principal y hegemónico que se presupone veraz y verdadero; cosa que, como todos intuimos y algunos creemos saber, no es cierta ni por asomo, y este, a partir de su esbozo, se va conformando, desarrollando y materializando a diario gracias a la ignorancia colectiva, a la pereza intelectual, a la explotación social, a la verborrea mediática, a la miseria cultural, al juego económico y, entre otras tantas, a la resignación y la sumisión popular. En resumen, el pueblo ya no salva al pueblo.

Aunque mucha gente siga ora jodiéndose su propio organismo y sendas funciones metabólicas administrándose al aire libre un muchas veces ya roñoso bozal, ora haciéndose el sueco o la sueca, cuando su propio hijo o hija, que no hije, se lo pone (llamémoslo FFP2 formato infantil; qué cosa más ridícula, infame y enervante) fruto de su bondadosa ingenuidad y su triste e inútil solidaridad y, por tanto, pueda seguir pareciendo a ojos de algún observador despistado, aterrorizado o carcomido por el recalcitrante adoctrinamiento que el bicho de la terrible pandemia que ha azotado cada rincón del planeta Tierra sigue entre todos nosotros, acechándonos, o eso es lo que han tratado de hacernos creer a fuego, literalmente veinticuatro horas diarias durante aproximadamente setecientos treinta jornadas consecutivas (recuerden la popular frase: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.”, y tengan en cuenta que la neurología ha descubierto que este dicho puede llegar a ser acertado a un nivel muy elevado), desde hace unos poquísimos días, los medios de manipulación dirigidos por agendas globalistas han decidido finiquitar con el tema plandémico y pasar a otra cosa mariposa.

Lo que se lleva, si antes se trataba de ser solidario con tu vecino mediante la ciega aceptación a recibir un, −perdón− dos, −ostras no− tres pinchazos que no se sabe decentemente lo que llevan ni lo que hacen, ahora es ser un portavoz más, o un altavoz mejor dicho, de nuevo, mas en esta ocasión sobre un tema diferente: la supuestamente recién iniciada guerra entre Ucrania y Rusia; un conflicto nada nuevo, por cierto. Lo que se lleva ahora es la solidaridad para con el pueblo ucraniano, exclusivamente.

La población yemení sigue siendo masacrada, como de costumbre, por Arabia Saudí, haciendo uso, entre otras armas de ultimísima generación, de las corbetas fabricadas en Cádiz. El genocidio uyghur continua sin tregua en China. De Afganistán, tras cada respectivo hashtag de rigor en Instagram, ya nadie se acuerda. El pueblo palestino, que la semana pasada recibió otro bombardeo por parte de Israel, ya es una anécdota. ¿Libia? ¿Siria? ¿Yugoslavia? Un largo etcétera que desconozco, y menos mal, se añade a la lista y jamás termina.

Guerras, conflictos bélicos, masacres, muertes masivas de civiles, bombas…, para muchas poblaciones son el pan de cada día desde hace demasiados años. En cambio, en Europa, al menos en España, por la cuenta que nos trae, nos dicen no sé qué de Ucrania en los noticiarios de Antena3, aliñándolo con un fragmento de un videojuego y de otro de una bomba en China de hace una media década, como si fuesen exclusivas en vivo y en directo del conflicto actual ruso-ucraniano, entre otros, nos los creemos a pies juntillas, obviamos la amplísima realidad existente, y nos intentamos creer “buenos” sacando alguna que otra lágrima de cocodrilo de color azul y amarillo.

A la gente les dan material para calmar sus conciencias y se lo tragan todo del tirón sin preguntar nada; el buenismo es dulce y a casi todo el mundo le gustan los caramelos, las chuches y/o los pasteles.

 

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