SOLEDAD

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A veces también veo un árbol reflejado en el cristal del balcón. Depende de dónde me encuentre sentada, veo una cosa u otra. Tres ventanas o un árbol, como las dos caras de una moneda, y las dos son cruces.

Hoy el reflejo se mueve, debe de hacer aire, pienso que si fuera Allan Poe escribiría un relato que hablara de esa copa, escuálida y frondosa, pequeña y recogida. Debajo de ella, varias ramas desnudas, partidas, mutiladas, como bracitos descompensados en el cuerpo de un gigante, semejando las alas de un cuervo, tal vez sea por eso que me llevan a Edgar.

Repito «partidas» y chasco la lengua, es cuando empiezo a sentir mi cuerpo resquebrajarse. Escucho a los pájaros, cotorras de esas verdes que invaden Madrid, nada que ver con cuervos teñidos de negro, de peor agüero, pero más poéticos. En el comedor, Lucia di Lammermoor se vuelve loca en la voz de la Callas.

No puedo apartar los ojos del cristal, casi no parpadeo, mis pestañas se están haciendo perezosas también. Quisiera cambiar de postura, me duele la parte baja de la espalda, donde acaban las lumbares. Estoy sentada en forma de «u» vencida, mi cerebro dice que me mueva, pero el cuerpo no obedece.

El dolor se extiende y yo continúo inmóvil. Dejo caer la mirada a los dedos que mudan a ceniza, como las ojeras del espejo, o los hilos resecos que brillan en mi cabeza. Las uñas de las manos antes transparentes, ahora son opacas. Intento levantar la que reposa encima de mi vientre y no lo consigo, me gustaría animarla, y decirle: «arriba», pero no hay manera, el árbol se agita cada vez más deprisa.

Siento como mis pies se alargan y engarzan el parqué, madera con madera, raíz que agrieta el suelo en busca de alimento, el arraigo, la placidez de la quietud.

Mi piel se cubre de escamas, ya no es suave ni mi tripa mullida. Ahora es áspera, tosca, impermeable; los recuerdos y tú resbaláis por los surcos que abren sonrisas verticales donde se guarece la memoria.

Quiero hablar, gritar, al menos respirar, pero mi cara es corcho y mi lengua un charco de resina viscosa que se mece arriba y abajo, pegando las palabras en el cielo de la boca.

Los ojos todavía abiertos como los tienen los peces muertos que esperan en una cama de hielo en el mercado. El árbol ha dejado de moverse, ahora es él mi reflejo, sus ramas deformes se extienden hacia mí y me abrazan.

NOTA DEL EDITOR

Este cuento, pertenece al libro Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares de Ediciones Bohodón.

Publicaciones y libros de la autora.

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Carolina Saavedra
«Sueño para escribir y escribo para seguir soñando» dice Carolina Saavedra, escritora madrileña. Así lo cuenta y lo escribe, para que se cumpla. Con Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares, cierra lo que ella define como «trilogía del amor y la devastación». Esa triada la completan su segunda novela Cuando Nevers invadió Hiroshima, editada en 2022 y Palabras para no borrarte, un pequeño diccionario poético publicado a finales de 2020. Antes de ese trío, en diciembre de 2019, nació su primer libro, Eva de paso. Ella se define como una cuentista que a veces escribe de más y las historias cortas le crecen sin que pueda evitarlo, convirtiéndose en novelas. Pero en su opinión: «lo importante se encuentra en el detalle mínimo, ese de donde brotan todas las palabras».

4 COMENTARIOS

  1. Hola Carolina! Me encanta tu manera de enlazar la cotidianidad con el amor en tu narrativa y me gusta muchísimo el que siempre metas una pincelada de arte y cultura entre ella. En este has mencionado a Alan Poe y has despertado mi curiosidad con Lucía de Lammermoor

  2. Muchísimas gracias por tu comentario y sobre todo por tu lectura. Saber que un escrito ha gustado incita a continuar.
    Un abrazo fuerte.

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