SOBRE LA COHERENCIA ENTRE EL DISCURSO Y LA ACCIÓN

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Si el corpus que nos construimos, para discernir lo que consideramos correcto de lo que consideramos inapropiado, es lo que en definitiva va a dirigir nuestros actos, no es menos importante el discurso que construimos para definirnos ante la otredad, ya que forma parte irrenunciable de nuestro marco ético y entra directamente en nuestro campo de acción.

 

Estoy afirmando que el discurso entra directamente en nuestro campo de acción, puesto que muchas veces se trata de poner una máscara a ese cuerpo ético que define nuestros actos, para que la otredad pueda ser dirigida de forma que facilite la consecución de nuestros fines.

Existe una relación primordial entre lo que recoge nuestro discurso y lo que reflejan nuestros actos. La correlación directa entre uno y otro representa uno de los pilares fundamentales en la solidez de las relaciones que se establecen dentro de ese grupo, así como de la proyección de futuro que tiene la existencia del mismo. En el ámbito de las relaciones dentro de un grupo humano, esta coherencia se manifiesta como una forma de autenticidad que permite establecer vínculos basados en la confianza, el respeto y la reciprocidad.

La correspondencia entre lo que una persona expresa verbalmente (sus ideas, valores, promesas) y lo que efectivamente realiza en su comportamiento, es una alineación que no debe implicar perfección, sino consistencia ética y emocional. En otras palabras, ser coherente no significa no equivocarse, sino actuar de acuerdo con lo que se cree y asumir las consecuencias de los propios actos. Sin embargo, hay que tener en consideración que explicitar el discurso, ya debe ser considerado un acto en sí mismo, por lo que debe valorarse tanto por su contenido como por la intención de lo que se pretende al emitirlo.

Como exponía anteriormente muchas veces el individuo enmascara el núcleo de ese marco de acción, que define su modo de relacionarse con la vida, bien sea por presión del entorno, por satisfacer un deseo de aprobación o por una hipocresía consciente, al saber que la naturaleza de sus motivaciones no concuerda con lo que es aceptado por el marco moral del grupo en el que se mueve. Este proceso de ocultar las verdaderas motivaciones. Bien sea por autoengaño, falta de introspección, una disonancia cognitiva, o una calculada forma de mantener una fachada que considera beneficiosa, esto lleva a construir un discurso que justifique la incoherencia entre la imagen deseada y la realidad que se construye a través de sus actos. Este discurso, que finalmente no puede ser considerado otra cosa que parte del corpus ético que mueve a la acción del individuo, suele nacer espontáneamente, sin relación alguna con la cuestión que esté tratándose en ese momento o bien dirigiendo de manera tosca el tema hacia el aspecto que desea ser tratado.

El discurso que justifica esos actos suele estar lleno de excusas exculpatorias y recurre a contextos cambiantes, para describir una realidad que él sólo ve y minimizar el impacto de sus acciones, ya que prevé que otros puedan construir una historia que le perjudique, además este discurso no está exento de una apelación a la empatía, poniéndose como víctima y culpando a la otredad. El objeto de este constructo no es otro que mantener una reputación a pesar de la contradicción de sus actos.

A partir de este punto, cuando me refiera a “Discurso Incoherente” me estaré refiriendo a un discurso que no es coherente con los actos del protagonista.

La incoherencia entre el discurso y la acción genera tensiones profundas en las relaciones interpersonales. Aunque puede surgir de múltiples causas, desde la confusión emocional hasta la intención manipuladora, sus efectos suelen ser similares: pérdida de confianza, inseguridad afectiva y deterioro del vínculo. Esta incoherencia puede ser Involuntaria, si surge cuando una persona no logra alinear lo que dice con lo que hace debido a factores como miedo, inseguridad, falta de autoconocimiento o presión externa, o bien puede ser estratégica, es utilizada deliberadamente para obtener beneficios personales. En este caso, el discurso se convierte en una herramienta de persuasión, mientras que las acciones responden a una lógica de control o manipulación.

Ya que esta incoherencia genera una disonancia cognitiva en quienes la perciben, lo que origina en la otredad decepción y confusión, especialmente cuando se espera una conducta coherente con valores compartidos, ya que las señales contradictorias dificultan la interpretación emocional del vínculo grupal.

La otredad suele desarrollar actitudes que permiten enfrentarse a esa incoherencia para preservar las Relaciones grupales. Puede Ignorar las contradicciones para preservar el vínculo, lo que es muy peligroso pues normaliza una situación que se volverá tóxica, puede intentar racionalizar esa incoherencia para buscar una justificación, lo que puede llevar a devaluar el comportamiento del propietario del discurso, o bien confrontar al otro con sus contradicciones, lo que puede generar conflicto, pero también abrir espacio para el diálogo.

La peligrosidad de que, dentro de un grupo humano, aparezcan estas situaciones, reside en que pueden generar un daño irreparable, por lo que es responsabilidad de todos detectarlas, y reconducir las situaciones que se generan a partir de este tipo de discursos incoherentes.

En el contexto de las relaciones interpersonales, la coherencia entre el discurso y la acción no siempre responde a una intención ética o afectiva. En ciertos casos, puede convertirse en una herramienta de manipulación, utilizada para generar confianza, ejercer control o influir en el comportamiento de los demás. Esta forma de coherencia estratégica es especialmente peligrosa porque se presenta como autenticidad, pero encubre una intención instrumental.

La manipulación se basa en el engaño, la omisión y la explotación de vulnerabilidades. El manipulador hábil puede construir una imagen de coherencia para parecer confiable. Por ejemplo, puede repetir discursos sobre valores como la lealtad, el respeto o la empatía, y realizar acciones que aparentemente los respalden. Sin embargo, estas acciones están cuidadosamente seleccionadas para reforzar su influencia, no para sostener una relación genuina. Elogios o atención que genera dependencia emocional, cumplir ciertas promesas para generar credibilidad, mientras se incumplen otras más relevantes, y construir un relato coherente sobre uno mismo que oculta aspectos manipuladores, son características de ese discurso disonante con las acciones que se llevan a cabo.

Es necesario discernir entre un discurso incoherente generado por autoengaño del que es generado con un fin manipulador, mientras que el primero se genera por una disonancia cognitiva entre lo que realmente se hace y lo que se dice, ya que la debilidad de carácter no permite dañar al ego con actos que no concuerdan con nuestro marco ético, el segundo se ejecuta voluntariamente con ánimo de obtener un supuesto prestigio o beneficio material, este último es sumamente peligroso, ya que se da en personas que tienen una alta capacidad de observación emocional, y detectan las debilidades y necesidades del otro, utilizan el discurso para confundir, seducir o culpabilizar, simulan emociones, pero no las sienten ni las sostienen en el tiempo, y justifican sus actos según la conveniencia del momento. En estos casos, lo que puede parecer un acto puntual hay que considerarlo como un ejemplo de la generalidad de comportamiento que se ha dado, se da o se dará en un futuro, porque insisto, el discurso deja de ser un reflejo del corpus ético de la persona, para pasar a ser parte del acto que pone acción el corpus ético que enmascara con el discurso.

Cuando el discurso niega hechos evidentes para hacer que la otredad dude de su percepción estamos ante la más toscas de las formas en la que no hay coherencia entre el discurso y el acto. Puede hacerse de forma reiterada, repitiendo el mismo discurso y actuando con calma, lo que refuerza la confusión. Sin embargo, hay formas más refinadas en las que ese discurso incoherente se convierte en herramienta de manipulación, al presentarse como víctima para evitar responsabilidades y generar culpa en los demás. Otra forma tóxica en la que el discurso incoherente sirve como herramienta estratégica de manipulación, consiste en mostrar una imagen encantadora y coherente para atraer, y luego ejercer control afectivo.

 

 

 

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