Hay películas malas. Hay películas insoportables. Y después está Sirāt.
Una cinta que pretende ser una revelación y termina siendo una penitencia. Una falta de respeto al espectador que, tras una jornada laboral de ocho, diez o doce horas, solo pide hora y media de evasión… y recibe en cambio un sermón críptico disfrazado de arte elevado.

El espejismo del desierto
Óliver Laxe y Santiago Fillol quieren llevarnos al sur de Marruecos para hablarnos de puentes espirituales, del bien y del mal, del trance como vía de acceso al más allá. La metáfora está en el título, nos lo restriegan desde el minuto uno. Pero lo que debería ser una experiencia cinematográfica se convierte en un viacrucis de planos interminables, personajes huecos y un guion que se disuelve en la nada.
El guion es tan hueco que si lo imprimes puedes usarlo de abanico en pleno agosto. Y los personajes… bueno, los personajes existen en el mismo sentido en que existe la sensación térmica: se mencionan, pero no los ves.
El espectador no viaja: se arrastra.
El truco de la “obra maestra explicada”
Lo más divertido/irritante llega después: críticos, festivales y jurados que bendicen la película con premios y adjetivos místicos. “Si lees las intenciones del director, lo entiendes; entonces se convierte en una obra maestra”.
Claro, y yo soy guapo si me miras de lejos, no te jode.
Perdona, pero no. Si necesito un manual de instrucciones para emocionarme, es que la película no funciona. Punto. La experiencia del cine debería ser inmediata: piel de gallina, risa, llanto, miedo. No un sudoku metafísico que solo se resuelve con entrevistas de Cahiers du Cinéma.
Estética contra narrativa
Sí, la fotografía del desierto es impecable. Sí, el diseño sonoro retumba. Pero ¿sabes qué más retumba? Mi cabeza golpeando la butaca de aburrimiento.
La belleza plástica no es suficiente si la historia es un cadáver. Sirāt confunde estilo con sustancia, atmósfera con relato, trance con coñazo. El resultado es un festival de solemnidad donde cada plano grita “soy arte” y ninguno conmueve.
El espectador, la última víctima
El público entra al cine buscando cine, y sale necesitando terapia. Te estafan dos horas de vida que no te devuelve ni el Ministerio del Tiempo.
Ese público que no busca epifanías en árabe clásico ni tesis doctoral sobre el ruido: busca cine. Cine que acompañe, que emocione, que sorprenda. Sirāt no da nada de eso.
Reír, llorar o emocionarse aquí está prohibido: eso sería de plebeyos. Lo correcto es sufrir y fingir que entendiste algo, no vaya a ser que te miren mal en el festival.
Veredicto
Sirāt es la hostia consagrada, pero sin vino: seca, solemne y difícil de tragar.
No es cine: es una broma cósmica con presupuesto. Es la bofetada con la mano abierta que nadie pidió. Una película que confunde pretensión con profundidad y termina siendo lo peor que puede ser una obra: aburrida.
Mala de cojones. Y no por ignorancia del espectador, sino por arrogancia del director.
Ah, eso sí, en Dolby Surround.







Creo que es la película más absurda, pretenciosa, y vacua que haya visto en mi vida. felicidades por atreverte a cedirlo.