Enseña el maestro Thich Nhat Hanh: «El silencio es tan necesario como el aire que respiras, como la luz para las plantas. Si tu mente está repleta de palabras y pensamientos, no te quedará un espacio para ti». Pocas afirmaciones condensan tan claramente la urgencia de reencontrarse con uno mismo a través del silencio. No el mero mutismo exterior, sino el silencio profundo, ese que no se improvisa, que se busca y se cultiva como un arte del espíritu.

La experiencia más profunda de interiorización espiritual que he tenido a lo largo de toda mi vida fue la experiencia de silencio en Dios que, sin apenas esfuerzo por mi parte, me condujo a largos años de oración contemplativa. Uno y otra acaban por confundirse pero es imprescindible recorrer primero un camino en busca del silencio interior para poder llegar luego a la oración contemplativa.
Lo normal en cualquier persona que busque interiorizar es que trate de rodearse de un ambiente silencioso, tranquilo, alejado de ruidos y alborotos. Y si quiere hacerlo bien debe procurar, además, alejar de sí no solo cualquier preocupación que le impida esa interiorización, sino que también debe evitar cualquier ocupación durante ese tiempo de interiorización, cualquier tipo de acción que requiera su atención.
Interiorizar requiere ubicarse frente a uno mismo y:
- a) adoptar una postura cómoda que le permita estar relajado durante un tiempo prolongado;
- b) alejar de si toda preocupación, todo pensamiento que no sea el de la propia interiorización.
Con frecuencia confundimos palabras que no son equivalentes: rezar, orar, contemplar, meditar, abandonarse. Incluso términos modernos como meditación trascendental o mindfulness se suman a ese campo semántico que compartimos sin demasiada precisión. Pero hay diferencias notables.
Rezar es dirigirse a Dios o a un dios con oraciones de contenido religioso. Generalmente se trata de fórmulas establecidas por terceros que el devoto se limita a repetir. Tiene valor, sin duda, pero puede volverse mecánico, distraído, ajeno al corazón.
Orar supone un acto más íntimo: es también una súplica, una petición dirigida, como la anterior, a Dios o a un dios pero que generalmente se realiza sin pronunciar palabras: una plegaria personal, un diálogo espontáneo y silencioso con lo divino. Es lo que algunos llaman «oración mental», precisamente por la ausencia de palabras pronunciadas con la boca. En general no es más que un rezo dicho mentalmente pero propiamente se trata de una oración elaborada por uno mismo, una súplica, un planteamiento, una exposición que se dirige al Ser al que el orante plantea aquello que expone.
Hay un tipo muy especial de oración que constituye un umbral para la contemplación y, quizá, para el abandono. Se trata de la «oración incesante», que da un paso más: consiste en repetir sin cesar una breve invocación interior, hasta que la misma se hace parte del ritmo vital, como el aliento o el latido. Tuve la fortuna de conocerla y practicarla guiado por maestros como Robert de Langeac, Jean Lafrance, Jacques Loewe, San Silouan el Athonita y otros (ver bibliografía) que pueden ayudar a quien decida seguir este camino. Muy básicamente podríamos decir que se trata de interiorizar una oración muy breve (equivalente a un mantra) que se repite sin cesar continuamente, día y noche. Al principio el orante debe hacer un acto de voluntad para estar repitiendo la oración (en todo momento, al levantarse, lavándose, comiendo, caminando por la calle, si el trabajo es puramente manual, mientras lo realiza… y continuar así hasta conciliar el sueño por la noche), pero llega un momento que la oración surge en ti como el latido del corazón, el parpadeo o la respiración: está ahí, permanente, sin que tú te des cuenta.
Pueden encontrarse referencias muy directas e interesantes a la «oración incesante» en la lectura de dos libros: «El Peregrino Ruso» y «La Filocalia», ambos recogidos en la bibliografía que se adjunta.
Tanto en el rezo como en la oración (incluida la incesante) hay un planteamiento (petición o dación de gracias) a un Ser superior. Generalmente son unidireccionales: del hombre al ser superior.
En la «meditación trascendental» desaparece toda referencia a Dios: se trata de vaciar la mente mediante la repetición de mantras. El «mindfulness», por su parte, nos invita a permanecer atentos al presente, sin juicio, sin deseo de cambiar nada, en una especie de lucidez serena que suspende el pasado y el futuro. En ambos casos hay silencio, sí, pero no necesariamente trascendencia.
Silencio, oración contemplativa y “Abandono”
A la oración contemplativa solo puede llegarse cuando se ha orado con largueza; quizá más rápidamente si se ha practicado la «oración incesante». En todo caso es paso necesario haber tomado la decisión, plenamente consciente, de sumergirse en Dios.
Para poder contemplar hay que estar decidido a «dejar de hacer» para «dejarse hacer». En la contemplación no es el hombre el que ora a Dios, es Dios el que ora en el hombre. Hay que desechar, pues, el uso de cualquier medio que «ayude» a orar: ni palabras aprendidas, ni libros de oración o lectura, ni oraciones que recitar. Se trata solo de ESTAR y DEJARSE HACER. El yo querrá intervenir, controlar, lograr resultados. Pero aquí no hay resultados: hay rendición. Hay apertura. Hay ofrecimiento silencioso.
Cuando decides asumir el silencio para entrar en contemplación, estás asumiendo que entras, como hicieron los antiguos eremitas, en un entorno de desierto. A este respecto dice el dominico Jaume Boada: «… el desierto es un camino que el Señor recorre para encontrarte. Deja que te alcance. Él también te busca, quiere vivir en tu corazón, espera que abras tu vida al amor».
En el mismo sentido, es unánime la opinión de los grandes maestros de espiritualidad respecto al hecho de que un estado de unión íntima con Dios no depende de la actividad del hombre, sino justamente de su pasividad:
«Al comienzo de la vida espiritual, se intenta sobre todo amar a Dios, al término se comprende que basta dejarse amar por él».
«Contemplar o rezar contemplativamente exige la capacidad y disposición de estar ahí sin HACER nada».
Para que Dios pueda hacer en ti es preciso que te muestres dispuesto a ello de modo expreso, es imprescindible que le autorices a actuar en ti. Es lo que se denomina “abandono” en las manos de Dios. A muchas personas les cuesta trabajo entender que, puesto que fuimos creados como hombres libres, esta condición es absolutamente respetada por quien nos creó. No actuará en nosotros si no se lo autorizamos expresamente. Nuestra libertad es inviolable incluso para el Amor.
Dos son los grandes maestros del “Abandono” en la espiritualidad cristiana. Su máxima exponente es la carmelita Santa Teresita del Niño Jesús (Teresa de Lisieux) y en nuestro país lo es el monje trapense San Rafael Arnáiz (ver bibliografía).
Resulta obvio decir que no cabe pensar en iniciar un tiempo de oración contemplativa si no existe un entorno de silencio. Al sumergirse en ella a esa silencio exterior le acompañará el otro silencio, más importante: el interior.
Es recomendable buscar momentos fijos para este ejercicio del alma: al amanecer o al atardecer, cuando la luz desciende y el mundo entero parece susurrar en voz baja. Basta con estar. Sin libros. Sin fórmulas. Sin prisas.
Y dejar que el silencio, poco a poco, nos diga lo que ni siquiera sabíamos que éramos.
BIBLIOGRAFÍA
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