Cuando la vida te pone contra las cuerdas, cuando pensaba que mi esfuerzo por intentar cambiar el mundo ya no valía la pena, cuando gritaba al mundo la justicia sin sosiego, cuando el dolor físico de la enfermedad me hizo mantener un diálogo con el cancerbero del inframundo, me encontré a alguien, a una persona racional, precisamente en este almacén de palabras en el que ahora me lees, donde seguimos gritando en silencio quienes necesitamos desnudar nuestra alma, porque sabemos que hablar en el foro de la vida, la insensatez se impone a la razón, el ruido a la armonía, el vicio a la virtud, el odio al amor…

Encontré a alguien que me hizo comprender, quizá sin pretenderlo, o quizá con la intención de que lo que escribes a alguien le pueda interesar, incluso servir y, sino, qué más da, porque a mi me sirvió; la importancia del uso de la palabra de manera adecuada, sosegada, desprovista de dobles intenciones, de confrontación violenta, sólo desde la especulación que nos otorga la razón y también el sentimiento, un sentimiento de paz con uno mismo y con el mundo que te rodea, aún a pesar de la continua agresión que domina la decadente existencia en la que estamos inmersos.
De él aprendí lo que de forma inconsciente llevaba más de media vida buscando, hacer camino en cada paso que damos.
Sus palabras me persuadieron, no sólo por la inteligencia que guardaban, sino por su firmeza y belleza en la forma de escribirlas, desde la razón, pero también desde la emoción, desnudando el alma, no desde la asepsia de la pulcritud intelectual o desde el erudismo de un pavo real, sino desde una dádiva sin reservas al mundo, ofreciendo la propia experiencia, emoción y conocimiento.
Pero, sin dejar de mostrar mi gratitud, el tiempo me ha enseñado que las palabras son sólo palabras, las mías, las tuyas, las de todos…, con la incoherencia propia del ser humano entre lo que decimos y lo que hacemos.
Es por ello, que las palabras que un día fueron una lección con el tiempo se convirtieron en una decepción, cuya causa se encuentra en que no somos capaces de ser como decimos y de decir lo que somos, o al menos reconocerlo. Porque pretendemos ser maestros sin haber sido primero aprendices, porque siempre desde nuestra soberbia vital condenamos las miserias de los otros sin primero haber hecho examen de conciencia de las nuestras.
Tan erróneo es subirse a un pedestal como subir al quien un día fue tu maestro, al menos hacerlo sin la consciencia que la fragilidad del barro del que estamos hechos puede quebrar en algún momento, y porque si no nos damos cuenta que antes de la caída viene la altivez, el pedestal se convierte en una mera ilusión que desaparece con el tiempo.
Que fácil es decepcionar por nuestros constantes errores, aunque la decepción no deja de ser la antesala para el cambio, porque podemos romper con quien nos decepciona, o podemos dejar paso a la comprensión, a la indulgencia recíprocas, incluso al perdón… para volver a dar de nuevo la mano a quien te acompaña o en algún momento te acompañó en el camino, sin recriminaciones y justificaciones.
De manera que, lo que importante es poder decir: sí, me has decepcionado, pero sigues siendo mi amigo. De la misma manera que espero que tu sigas siendo el mío a pesar de mis miserias, quizá no muy diferentes a las tuyas, y así los dos nos podamos ayudar a mejorar mutuamente, pero sobre todo sin olvidarnos del compromiso que supone la amistad.





Precioso tu artículo de hoy.
Estamos hechos de barro, cosa que a veces olvidamos por los oropeles de los que nos revestimos y se revisten (palabras amables, gestos generosos, amplios conocimientos, éxitos profesionales o empresariales)… pero nada de eso nos quita ser de barro y enormemente frágiles.
A veces, y contrariando aquello en lo que creemos, actuamos de forma incoherente. Y causamos decepción en los que una vez se miraron en nosotros. Y esto pasa porque seguimos siendo de barro. Y el barro se agrieta.
Hace falta mucha bonhomía para, en esas circunstancias, asumir la fragilidad del otro y “seguir siendo amigo”.
Tu artículo me habla de ti. Y me ha gustado lo que escribes y lo que sientes.
Profundo y hermoso artículo.
Sin duda la amistad es uno de los mayores tesoros, por eso hay que cuidarla; por eso, también, hay que seleccionarla, sabiendo que sólo es auténtica cuando es recíproca.
Me encanta el último párrafo.