SIEMPRE…

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Me despierto antes de tiempo, al menos diez minutos antes de no poder demorarlo más, si no quiero empezar el día corriendo. Es entonces, en ese espacio entre la realidad y el sueño, cuando me dedico a pensarla, antes de que espabilen todos los dolores, que no son muchos, pero sí son cada día más, como los años.

Imagen aportada por la autora del texto

Inicio el día con ella, la imagino despertando en otro lugar con el pelo revuelto y la mirada pegada. La veo incorporarse despacio, y cómo permanece un rato sentada en el horizonte del colchón, recolocando cada músculo, acercando los omoplatos hasta casi rozarse. Gira el cuello recorriendo todos los grados, y como un mecano se pone en marcha. Apenas vestida, aunque sé que no, que ella nunca duerme desnuda, pero me gusta así, con una frontera negra separando su cuerpo en dos ciudades.

Camino a su lado hacia la cocina para oler su piel de madrugada. Anda descalza, yo piso sus huellas que permanecen templadas. Cada mañana elijo con ella la música mientras espera a que se caliente el café, bien cargado, que ha dejado preparado la noche anterior. Está sola, no, no lo está, como no lo estoy yo, salvo en esos minutos que retrasan el final, pero así la veo, sola y mía, a pesar de intuir que ha dejado otra presencia en el colchón, sin cara ni cuerpo. Sin nombre.

Lo sé con la misma certeza que sé que mi cuarto de baño está ocupado, puedo escuchar el agua corriendo desde la habitación.

Aprovecho para continuar un poco más en la cama y sentarme a su lado en la cocina, observarla con la mirada perdida entre los azulejos de la pared, mordisqueando una galleta de fibra mientras la voz de Leonard Cohen resquebraja las últimas sombras, esas que anuncian que el tiempo está a punto de acabar, como el bis a bis de un preso o el deseo concedido por un genio roñoso que solo presta uno cada día.

La taza de color rojo entre sus manos, siempre la misma, la abraza, no la sujeta por el asa, y miro cada dedo que reconozco de memoria. Las piernas cruzadas, balanceando una encima de otra, derecha sobre izquierda. El sufrido lado izquierdo de su cuerpo.

Es un invierno caliente el que se cuece siempre en esa cocina, sea la estación que sea. Ese lugar donde nada, salvo la taza, es en color.

Con su último sorbo de café el silencio se hace en mi baño, el toque de diana que me anuncia que he de levantarme. Me arrastro a otra cocina distinta a donde ella está tirando los restos por el fregadero antes de caminar hacia su ducha. Abre el grifo y mi cafetera borbotea. El agua resbala caliente como el café que desciende por mi garganta. La veo enjabonándose a través de la cerámica blanca y una voz que no es la suya me grita que voy a llegar tarde.

Me despido con un beso en la nuca y un soplo en su espalda, como un diente de león la espuma vuela y la veo sonreír mientras la recojo con la lengua, como el regusto del café.

Es hora de despedirse, de decirle hasta mañana tarareando con Cohen “I`ll be loving you, alway.

Texto del libro:

Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares

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Carolina Saavedra
«Sueño para escribir y escribo para seguir soñando» dice Carolina Saavedra, escritora madrileña. Así lo cuenta y lo escribe, para que se cumpla. Con Cuentos de Ulises mudo, sirenas varadas y otros mares, cierra lo que ella define como «trilogía del amor y la devastación». Esa triada la completan su segunda novela Cuando Nevers invadió Hiroshima, editada en 2022 y Palabras para no borrarte, un pequeño diccionario poético publicado a finales de 2020. Antes de ese trío, en diciembre de 2019, nació su primer libro, Eva de paso. Ella se define como una cuentista que a veces escribe de más y las historias cortas le crecen sin que pueda evitarlo, convirtiéndose en novelas. Pero en su opinión: «lo importante se encuentra en el detalle mínimo, ese de donde brotan todas las palabras».

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