Cuando el hombre levanta los ojos hacia el cielo nocturno, ve en las estrellas una pregunta que lo excede: ¿Quién soy?, que inevitablemente desemboca en un largo interrogatorio acerca del origen de la vida, que la ciencia ha intentado responder con la teoría del Big Bang como una gran explosión que ocasionó una expansión de la materia que dió origen a la vida.

Pero ni siquiera con esa teoría logro calmar mi sed de respuestas, porque nuevas preguntas fluyen en mi cabeza, sin entender el porqué. ¿Por qué hay algo en lugar de nada? ¿Por qué el ser existe?.
Ello, finalmente, sumergido en la ansiedad de no ser capaz de poner punto final a mi deseo de conocimiento sobre la vida, mi cabeza me traslada a ese famoso monólogo de Hamlet de William Shakespeare: “Ser o no ser”, sobre la vida, la muerte y el sufrimiento del ser humano, que guarda relación con el sentido de la vida.
Que tortura la mía, cuando trato de canalizar en el camino de la razón la existencia del Todo. Preguntas que parecen no tener respuesta y que me llevan a ese vértigo de la existencia humana, al sufrimiento que nos provoca la duda sobre la vida o la muerte, como un temor ontológico proveniente de la grieta que provoca en nuestro pensamiento el hecho de no poder concebir desde nuestras mentes limitadas algo tan inconmensurable como es el universo y la existencia de un Creador origen de este “todo” proveniente de la nada, porque nada y todo, viene a ser lo mismo, porque el todo sin la nada no puede existir.
Sí, mi mente queda colgada en una eterna pregunta cuando me sumerjo en ese dilema de Hamlet en el que la humanidad se ha visto inmersa entre “ser” y “no ser”, sobre todo al toparme con mi propia torpeza, que se traduce en aceptar el peso de la conciencia como dación entre lo que está bien y lo que no lo está, que irremediablemente me conducen a vivir una y otra vez mis propias frustraciones provenientes de las heridas del tiempo, al miedo al sufrimiento de la vida, a la aceptación de estereotipos con los que pretendo dar respuesta a lo que quiero o no quiero ser.
Quizá la cuestión no esté en buscar respuestas, sino exponer la fragilidad de quien mira al infinito y se pregunta si hay algo más allá de sí mismo, que no llevan a convertirnos en un testigo del misterio que observa el universo, invoca a Dios, y no sabe si lo escucha el silencio o la eternidad.
¿Cómo se puede explicar la existencia de Dios, sin caer en el dogmatismo de la fe que acepta sin cuestionamiento verdades que se dan por sentadas, sin sometimiento a duda ni a debate?.
No quiero ni pretendo, y menos aún deseo, entrar en confrontación con aquellos racionalistas que niegan la existencia de Dios, como Descartes, Spinoza o Leibniz convencidos que la razón es la principal fuente de conocimiento, más confiable que los sentidos o la fe, para los que la idea de Dios no es necesaria para explicar el mundo, para los que el universo puede entenderse a través de leyes naturales que la razón humana puede descubrir, llegando a la conclusión que, si todo lo que ocurre tiene una causa racional dentro de la naturaleza, no es necesario suponer un creador externo.
Es cierto que Dios no puede ser demostrado empírica ni lógicamente. Cualquier intento de “probar” a Dios, diciendo que debe existir una causa primera o un ser perfecto, parte de supuestos metafísicos, no de hechos verificables por la razón, pero lo que no puedo negar es que el hombre, hecho de polvo estelar y dotado de razón, es el único ser que puede contemplar el origen y cuestionarlo, al menos en este mundo que conocemos, me lleva convencimiento de la existencia de un alma como espejo del universo.
«Ser o no ser, esa es la cuestión.”
En este paradoja radica nuestra grandeza y nuestra condena: somos fragmentos del universo que se preguntan por el universo, criaturas que intuyen la infinitud pero viven en lo finito. Tal vez por eso la voz de Hamlet nos sigue resonando: porque nos recuerda que cada ser humano es un punto de conciencia suspendido entre la materia y el misterio.

Desde ese punto de conciencia, en ese alma y la infinitud de lo desconocido he encontrado a Dios, mi Dios, que nadie puede desdibujar o dibujar a su antojo, dándole una imagen antropológica o de cualquier otro tipo que pueda calmar su sed de trascendencia o de su necesidad de ser redimido de sus defectos, que algunos denominan pecados, sin hacer nada porque este mundo sea mejor. Un Dios que, quizá sea distinto al tuyo, qué más da, al menos eso no me me preocupa; porque para mí el silencio de Dios no es ausencia, sino espera. Es el lenguaje de lo divino, un espacio en el que cada alma debe aprender a escucharse, careciendo de sentido el dilema teológico de “creer o no creer “, porque ¿qué importa que Dios exista, si el hombre no encuentra sentido en su propia existencia?.




