SER, CREER, QUERER, APARENTAR

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La naturaleza humana, con sus impulsos, necesidades y capacidades, establece los límites dentro de los cuales se da forma a la identidad de los individuos. Esta última, sin embargo, no solo se construye en base a esa firma biológica y química que dotan al individuo de autonomía y capacidad de acción, sino que es un constructo complejo que no puede reducirse a una única dimensión física. A lo largo de nuestras vidas, nos enfrentamos a una serie de percepciones que moldean nuestra manera de vernos a nosotros mismos y de ser vistos por los demás. Estas percepciones pueden dividirse en cuatro aspectos fundamentales: lo que realmente somos, lo que creemos ser, lo que deseamos ser y lo que los demás creen que somos.

Foto de Manuel bonadeo en Unsplash

Lo que realmente somos es la esencia objetiva, está conformada por un conjunto de características tangibles y reales: nuestra biología, nuestras experiencias, nuestras habilidades y nuestras acciones. Aunque esta dimensión puede parecer la más auténtica, está influenciada por factores que van más allá de nuestro control, como la genética y el entorno. Es, en última instancia, la versión más concreta de nosotros mismos, aquella que se define por los hechos más verificables de nuestra existencia, sin embargo, no es necesariamente, ni la más visible, ni la más controlable de las identidades que viven en nuestro cuerpo.

Si nos paramos a pensar como actuaríamos ante una hipotética situación, determinaríamos que nuestro proceder sería de una forma concreta, esto es lo que creemos ser, es decir, nuestra autopercepción subjetiva, aquella con la que nos percibimos a nosotros mismos, está condicionada por múltiples factores, como nuestras emociones, nuestras inseguridades y nuestras creencias. Esta percepción subjetiva puede ser una aproximación a la realidad, pero también puede estar sesgada por experiencias pasadas, miedos o incluso una falta de conocimiento sobre nuestro verdadero potencial. Muchas veces, nuestra autoimagen es una construcción interna influenciada por expectativas personales y por el deseo de encajar en nuestro entorno.

Lo que queremos ser es la aspiración y nuestro deseo de transformación. El deseo de cambiar y evolucionar es uno de los potenciales más importantes del ser humano. Siempre estamos en búsqueda de mejorar, de alcanzar ideales y de superar nuestras limitaciones. Esta versión de nosotros mismos se nutre de sueños, ambiciones y metas que nos impulsan a avanzar. No siempre lo que queremos ser está alineado con lo que realmente podemos llegar a ser, pero la búsqueda de la mejora personal es, sin duda, uno de los motores más poderosos de la identidad. El potencial de cambio que nace de esta característica está orientado por nuestras ambiciones, cuanto menos ambicioso sea, menos desarrollo personal y más divergencia habrá entre lo que realmente somos y lo que creemos ser.

Frente a estos tres aspectos autógenos aparece otro aspecto exógeno, que puede estar manipulado o no por uno mismo, y es la imagen que proyectamos, lo que se los demás ven en nostros, y que determina lo que otros creen que somo, esto es la percepción externa.

Esta imagen puede estar manipulada por el propio individuo o bien idealiza por aquellos que interaccionan con nosotros en base a sus propias experiencias, prejuicios y perspectivas. En muchas ocasiones, la imagen que proyectamos al mundo no corresponde con nuestra realidad interna. La sociedad, las amistades e incluso la familia pueden interpretar nuestra identidad de acuerdo con lo que ven en la superficie, sin llegar a comprender nuestra esencia más profunda. Este aspecto de nuestra identidad puede ser el más difícil de controlar, ya que depende de cómo los demás nos perciben, más que de lo que realmente somos.

La identidad es un constructo dinámico y multidimensional en el que coexisten diferentes versiones de nosotros mismos. En algunos casos, estas versiones pueden estar en conflicto, mientras que en otros pueden complementarse y evolucionar juntas. La clave para alcanzar una identidad más auténtica y armoniosa radica en la capacidad de conocerse a uno mismo, de aceptar las diferencias entre estas dimensiones y de encontrar un equilibrio que nos permita vivir en coherencia con nuestra esencia.

 

1 COMENTARIO

  1. Extraordinario artículo.
    Efectivamente, la clave está en la sentencia inscrita en el Oráculo de Delfos: «Hombre, conócete a ti mismo».

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