SEÑORA CON BATA REGANDO LOS GERANIOS O EL SANTO GRIAL NO ESTÁ EN CAMELOT

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Composición PLAZABIERTA.COM

He subido la cremallera de la pleamar y me he reducido a la ínsula que me permite escribir en paz, aislado del mundanal ruido para decir lo que decía ayer y lo que diré siempre, que tan alta soledad espero que no muero porque, estando solo, bebo el aire desde el que me respiro, éxtasis desde el que todo en derredor se hace inalcanzable no porque no pueda tocarlo, sino porque no quiero hacerlo. Es un poco, otra vez, decirle a Alejandro Magno que se aparte para dejarme tomar el sol tranquilo.

Hoy, un hermano del alma me ha interrumpido el trabajo para leerme un poema suyo de mediodía recién salido del horno. El ordenador ha detenido todo menos esa voz que desde el WhatsApp prendía de azahar el aire de la estancia. Tras un adiós fraterno ha llegado la misma pleamar que ahora me aísla del mundo y sus rugidos airados. El mundo tiene un aire elevado y prepotente. Lo sientes con mirar un poco más allá cuando el horizonte te pide sobre actuar, estar más allá de lo humano sin dejar de ser hombre, tener poder. Ser lo que no eres. Estar como no estarías. Solo una mujer regando los geranios en bata puede alcanzar la esencia de lo que digo. Una señora con regadera y bata se parece mucho a un caballero de la tabla redonda custodiando el santo grial.

Últimamente pienso mucho en la verdad porque creo que es lo más importante de la existencia. La verdad del amor, de la filosofía, de de la ciencia, del derecho, de la amistad. Todo se reduce a la autenticidad o a su perversión. O eres auténtico o ya te has pervertido y entonces tu vida será el mero reflejo de una apariencia detrás de la cual no hay nada.

Una mujer mayor regando geranios es tan verdadera como un monje en su celda, como yo mismo, único habitante de esta insularidad desde la que escribo. Me ven solo en la mesa, con el café, regando de pensamientos mi dispositivo móvil. Los geranios de esta isla adornan mis textos, los hacen bellos. No llevo bata ni tengo regadera pero, escribiendo, soy una señora con geranios pletórica de paz y unida al todo del universo.

Dicen que el genio de los Aries se dulcifica luego en filosofía. Es verdad que he sido un león de los que imponen la fuerza de sus garras cuando es menester, pero quizás esas señoras que veo regar geranios con su bata fueron antes pasionales e indomables, fuerzas enérgicas de la naturaleza. Ahora soy una isla cerrada a escuchar lo que altere mi paz, riego los geranios de mi jardín, flores que procuro verdaderas y profundas. Estoy cubriendo la decadencia futura metiéndola en un invernadero donde las mentiras no aniden. He pasado media vida dentro de este escenario donde la falsedad suplanta a la verdad —hasta tengo un coro de cotillas lo suficientemente paletas como para creerse importantes en su esnobismo de provincias—, y he luchado incesantemente por que la luz brille y la vida aliente sobre los mortales un canto de esperanza que dé sentido a todo. Da igual. La inercia que sustenta la historia es siempre una lucha entre el bien y el mal y un concierto de voluntades y otro de noluntades que dejan a la malicia campando a sus anchas. Cuando cae un malvado otro le sucede. Cuando cae un hombre bueno, se le entierra. La bondad no se asocia y pocos se alían a las empresas nobles. Una señora regando geranios lo comprende porque ella es el alma del mundo. Un caballero de la tabla redonda lleva el grial en su corazón, un monje aislado solo puede crecer en la bondad, un poeta convive con la belleza. Más allá de todo esto, tenemos que hacer demasiado esfuerzo por fingir el orgasmo, y, dicho sea sin ánimo de ofensa, ya no estamos para perder el tiempo.

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