SEMEJANZAS HASTA CIERTO PUNTO

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Cuando se trata de política, un elevado número de individuos se arrogan una asombrosa superioridad sobre quienes no pertenecen a su cofradía. Deciden ignorar que la condición humana está compartida por todas las personas, para lo mejor y para lo peor.

En su día, los nazis fascinaron a muchos con singular magnetismo; no parecía importar su depravación manifiesta y creciente, insoportable cuanto más poder lograban. Hay quienes se declaran hoy ‘antifascistas’ (con absoluta preferencia a declararse ‘antinazis’) como si esto fuera una gran cosa, pero lo cierto es que comparten con ellos pulsiones de superioridad, intolerancia y violencia. Resulta irónica esta afinidad de contrarios entre quienes se proclaman rotunda y alegremente ‘antis’.

Unos y otros comparten un afán por alcanzar la uniformización de la sociedad: decir y hacer lo que hay que decir y hacer. Por esto tienen una alergia sin remedio por la discrepancia. Se trata de un fatal desequilibrio totalitario del que sólo puede derivarse lo peor.

La voluntad de exclusividad y sumisión lleva a los exaltados de cualquier tipo a distinguir de forma drástica entre amigos y enemigos. Sus cabecillas procuran además despliegues simbólicos para cohesionarse y particularizarse del resto de fuerzas. No obstante, los extremistas totalitarios (ya se llamen nazis, abertzales o comunistas) aborrecen la democracia que llaman ‘burguesa’ y suscriben al alimón que no aceptan personas ‘privadas’ ni derechos individuales. Están en guerra contra ellos.

Leo ‘El culto a los mártires nazis’ (Alianza), interesante aportación de Jesús Casquete, profesor de Historia de los movimientos sociales y políticos en la universidad del País Vasco. Los nazis glorificaron a sus muertos, acentuando o falsificando que lo fueran en acción de combate. Y lo hicieron con himnos y desfiles, con ritos. La principal cantera fue la SA (Sturmabteilung o sección de asalto del partido), eran fuerzas de choque para hacer avanzar el programa nazi por todos los medios. (Un detalle a considerar para entender el auge de las organizaciones paramilitares en la República de Weimar es que al final de la Primera Guerra Mundial unos dos millones de fusiles y ocho mil ametralladoras registradas se ‘perdieron’ y fueron a parar a ellas.)

Aquellos jóvenes se reunían en tabernas llamadas Sturmlokales y programaban acciones para “reconquistar las calles para el pueblo alemán” y asegurarse su dominio en ellas. Sus capitostes buscaban asimismo el dominio emocional de la población y disponer de una comunidad de apoyo a los matones propios. Hitler creía que tomar “en consideración exclusiva el sentir de la masa” haría su éxito más contundente.

Hablemos del joven nazi Horst Wessel, quien murió asesinado en febrero de 1930. Tenía sólo 22 años y además de ser jefe de sección de la SA era músico y componía canciones, entre ellas la que sería adoptada como himno del partido. Ese lied invocaba a los caídos en combate y los hacía presentes con el verso ‘en espíritu marcháis en nuestra formación’. Oigo su marcha, es entusiasta y emotiva. Pero la belleza musical que pueda guardar se desvanece al quedar asociada, de modo inexorable, a comportamientos deleznables y a bandas saturadas de odio. Cabe señalar, por otro lado, que el vibrante y famoso himno Yo tenía un camarada procede de fuera del ámbito nazi: la letra de ‘El buen camarada’ fue escrita por Ludwig Uhland, en 1809, y su música fue compuesta por Friedrich Silcher en 1825.

En 1934, al año de tomar el poder, Hitler dijo con toda claridad que “el objetivo consiste en que todos los alemanes decentes se conviertan en nacionalsocialistas”. Por aquellos años se insistió con frenesí en el siguiente lema:

“Alemanas las escuelas, alemana la prensa, alemana la familia y todo nuestro pueblo consciente de ser alemán, desde el fogonero hasta el director general”.

¿No les suena a ustedes esta cantinela? ¿Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, como se dice en la fingida ficción?

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