¿SANO HASTA QUE SE DEMUESTRE ENFERMO O ENFERMO HASTA QUE SE MUESTRE SANO

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Debiera ser “sano hasta que se demuestre enfermo” y no “enfermo hasta que se demuestre sano”. Esta idea o creencia actual denota una enfermedad, condición o trastorno; más bien, en esencia y verdaderamente, una actitud. Se llama hipocondría y resulta muy grave cuando se extiende por doquier, cuando tanta gente basa su existencia constante y estresantemente alrededor de las más o menos probables, y en muchas ocasiones azarosas, posibilidades de contraer esta o aquella aguda enfermedad. De este modo, el efecto nocebo puede llegar a adquirir magnitudes preocupantes. El destino, o el futuro, según cada cuál lo nombre y/o interprete, es caprichoso e incierto, pues es siempre cambiante; las predicciones pueden ser más o menos fundamentadas y argumentadas, o bien pueden provenir de un origen intensamente irracional y obsesivo-compulsivo. Sin embargo, su origen también puede ser intuitivo: existe un amplio espectro de posibilidades metódicas a la hora de afirmar que esto o aquello está ocurriendo o va a ocurrir.

 

La preocupación sin ocupación es como pasarse la mañana imaginando un menú para el mediodía y tener la nevera y la despensa vacías; es como buscar un medallón o una pulsera metálica en una kilométrica playa de arena sin un dispositivo de detección de metales. La prevención, la preparación y la autogestión son esenciales. Más esencial aún es el cómo de estos procesos. La voluntad, en primera instancia, de alcanzar un objetivo gracias a la aplicación de un método debe ser encauzada en un buen método; es decir, hacer uso de un método bueno, justo y útil. No tiene sentido querer podar varias hectáreas de olivos sin unas tijeras o una sierra afiladas ni unos guantes duros y seguros. Tampoco tiene sentido echarse a mar abierto a salvar a una persona que se está ahogando si tú mismo no sabes nadar. Aunque existan ínfimas y remotas probabilidades de que la empresa resulte exitosa sin ningún percance ni perjuicio, lo más seguro, dadas las hipotéticas circunstancias, es que termines exhausto y con algún que otro corte, por un lado, o bien, por otro, esperando el rescate de una tercera persona o siendo alimento de tiburones en las profundidades del océano.

Lanzar dardos con los ojos vendados no es nada complicado; lo difícil es acertar en el centro de la diana de esta forma. Recorrer un trayecto a oscuras por la noche se hace penoso si no se ha memorizado el camino cuando la luz diurna lo colmaba. Avanzar sobre las aguas y recorrer una milla tras otra no es posible si no se han serrado unos cuantos maderos y se ha construido una balsa con ellos, si no se ha entrenado dura y religiosamente como Michael Phelps, o si no se tiene mucha pasta y se compra una lancha motora bien molona. Aplicar sistemáticamente unas inoculaciones experimentales a diestro y siniestro, suma y sigue, sin tener un mínimo y necesario conocimiento sobre la relativa seguridad de los leves, graves o nefastos efectos a largo plazo sobre cualesquiera de todos los niveles que conforman la salud humana que puedan derivar de esta indiscriminada aplicación a nivel global (en ciertos países más o menos presente que en otros) puede salir bien, o puede no hacerlo en absoluto. Consumir relaciones humanas de forma inconsciente y egoísta puede sentar muy bien, o puede acabar pasando factura. En resumen, lo relevante no es tanto el qué, sino, en mayor medida, el cómo; no es la sustancia, sino la dosis; no es el objetivo en sí mismo, sino más bien, el proceso mediante el cual se busca, al menos supuestamente, alcanzar tal objetivo.

 

Durante varios años he estado muy anclado al qué de lo que podríamos decir mis experiencias traumáticas del pasado. Objetivamente y por fortuna, nada graves en exceso, pero las mías, al fin y al cabo. En numerosas ocasiones me he relatado a mí mismo una historia de la que me hago víctima, sobre la que he escrito páginas a diario. Los combustibles por excelencia son las excusas y las justificaciones, el resultado de la combustión en mi motor interno son la deflexión y la evitación. Cuando experimento, por ejemplo, un conflicto de valores, lo más cómodo es repetir la viciada conducta de no enfrentarlo de cara, de quitar hierro al asunto, de hacer “como si no”; evitar y desviar. Ponerse a otra cosa mariposa sirve para sortear el conflicto interno generado y percibido.

No obstante, aunque aparente y superficialmente este tipo de conducta solucione mi problema del momento (el malestar que me genera la disonancia cognitiva-afectiva fruto del conflicto de valores y acciones) pues mi atención se enfoca en otra cosa (visto de otro modo, se desenfoca de aquella difusa amalgama subjetivamente incoherente que me genera malestar o incomodidad), el origen de la problemática de mi insatisfactoria situación psicológica y sensitiva es esquivado y eludido. Así pues, no comprendo, y consecuentemente, no ataco el problema de raíz: le pongo un parche, una gasa o una tirita.

Hoy me he dado un poco más de cuenta (porque ya venía haciéndolo de vez en cuando) de que esta estrategia no me sirve para nada más que para complicarme la vida y para generarme un sufrimiento almidonado del que ya estoy un poco harto. Escribo estas líneas con una serena expresión en el rostro; aun así, mi interior está caliente y se esfuerza por expresarse honestamente a pesar de ello. Tratar de anticiparse al futuro constantemente agota. Me quedo momentáneamente en blanco y suspiro profundamente a través de mis fosas nasales. Me rasco las patillas y la frente.

No me apetece continuar utilizando estas técnicas que me separan de la verdad. Sentencio mi hastío y mi intención renovada. Quiero seguir creciendo yo solo y junto a las personas que me estiman y me aman. Quiero volver a ser muy curioso, como en el viaje a Portugal. Quiero leer y escribir, cosa que se formaliza a cada día que pasa. Quiero organizar mis jornadas y quiero disfrutar del proceso. Quiero amar intensa, desapegada, y honestamente; mucho, pero sobre todo bien, de forma sana. Quiero hacer las paces conmigo mismo, y luego con aquellos con quién considero que también. Quiero ser una gran persona, un espléndido amigo, un formidable compañero, un afable amante y un maravilloso hijo.

Hoy me he dado cuenta, gracias a una preciosa intervención de Tino Fernández, que quizá ya va siendo hora de contarse otra historia y de, esta vez, contarla mejor. Lo que más profundamente quiero es esforzarme. Quiero sacarme el máximo partido, pero con cabeza, sin exprimirme la última gota. Quiero expandirme como el helio cuando revienta la finísima capa de elástico plástico que conforma el globo que lo aprisiona. Quiero volar saltando y navegar corriendo. Quiero hacer el amor a las mentes lúcidas y conocer a los corazones nobles. Quiero embriagarme de paz y pasión. Quiero ser un mar plano y también un fuego voraz.

Por todo ello, doy gracias por estas manos que me permiten pasar página. Gracias por estas piernas que me posibilitan avanzar. Gracias por este corazón que me impulsa a vivir. No merezco ningún motivo, ninguna justificación para ser feliz. Lo merezco y punto. Sin “peros” ni “es ques”. Sin culpa ni remordimiento. Felicidad consciente, brillante y benevolente.

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