SAN ISIDRO 2222

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Un sol que había sido mortecino durante todo el día, apenas iluminaba ya. “Y no es solo por culpa de esta maldita neblina. Ya es casi la hora”, pensó Julián, que en realidad se llamaba Carson, mientras se retrepaba contra un muro perteneciente a los restos de una vieja iglesia. La escombrera, que se extendía entre él y el cauce del viejo río con su proyección holográfica imitando agua y animales acuáticos, apenas estaba iluminada por un reflejo entre áureo y brocíneo que solo el ambiente turbio enfriaba.

Julián recordaba perfectamente la primera vez que lo había traído su abuelo, hacía de eso ya por lo menos ocho años. Recordaba perfectamente, con esa memoria infantil de los momentos mágicos, a su abuelo preparando la comida el día anterior con todo el mimo. Se había gastado una considerable cantidad del crédito de la asignación estatal en un algunos artículos, que había comprado en uno de los shopping center más exclusivos de la ciudad: “Sucedaneo de callos a la madrileña”, rezaba la etiqueta de una de las latas, “Bocadillo de Calamares”, decía un paquete vistosamente envuelto y que contenía una larga lista de elementos que empezaban por una letra y seguían con un número, “Sangría tradicional”, anunciaba la etiqueta de una botella con vivos colores y extraña grafía, para a continuación añadir en más pequeño “sin alcohol, bebida de extractos de frutas edulcorada según las normas sanitarias en vigor”.

  • Lo siento, hijo –su abuelo siempre le llamaba hijo-, pero no me alcanzó para las rosquillas.
  • ¿Qué son las rosquillas abuelo?
  • La verdad es que ser, lo que dice ser, no sé lo que son ahora. Antiguamente eran unos dulces que se hacían con masa y azúcar, y las había tontas, listas e ilustradas. Eran redondas con un agujero en el centro.
  • Ah¡ Donuts –apuntó Julián-

Al abuelo se le entristeció algo la mirada por un momento. Luego sonrió con resignación y le dijo:

  • Bueno… algo así. Pero aunque falten las rosquillas pasaremos un estupendo día de campo.
  • ¿De campo, abuelo? El módulo educativo de Mundo Antiguo nos dice que el campo ya no existe. Debido a la degradación del medio ambiente, y a la presión demográfica, el antiguo concepto de campo como espacio libre y natural cayó en desuso hace ya años –recitó Julián en una demostración palmaria del porqué de sus buenas calificaciones-.
  • Es verdad, hijo, es verdad. Pero tú confía en tu abuelo.

Si, ya casi era la hora. El aire ya tremolaba delante suya, y chispitas de colores empezaban a formarse en ese sucio telón que era la atmosfera habitual del vertedero. Solo faltaba que oscureciera un poco más. Hasta hacía un par de años el espectáculo duraba todo el día, pero algo debía de haber fallado y ya solo se veía cuando…, si, ya era la hora, un estallido de luces de colores dispuestas en filas y que se entrelazaban se materializaron delante de Julián, casi simultáneamente le llegaron los aromas y el sonido de la música

  • Eso que oyes es un organillo, hijo, y lo que está tocando es un chotis – Le había explicado muchas veces su abuelo- y ese olor es a churros y ese otro a entresijos y mira allí como bailan sin salirse del azulejo.

Los sentidos de Julián, entonces y aún ahora, no daban abasto a captar las sensaciones, los sonidos, los olores, el bullicio, la extraña apariencia de las ropas, aquel fluir cadencioso de palabras extrañas, o extrañamente pronunciadas, aquella alegría general, aquella forma de acercarse unas figuras a otras que a pesar de las estrictas normas sociales parecían disfrutar con su proximidad.

Sería poco antes del amanecer cuando el espectáculo empezó a decaer. Carson, Julián, volvió a conectar su SGC(*) y con los ojos húmedos por la memoria de su abuelo emprendió el camino hacia la ciudad que resplandecía al otro lado del río virtual. Los imponentes edificios apenas dejaban entrever la silueta del viejo y mal cuidado palacio que a pesar de todo se había ganado varias veces en el último siglo su supervivencia.

“Bueno, hasta el año que viene” pensó Julián mirando el viejo calendario perpetuo no oficial que le había regalado su abuelo y que marcaba la fecha que Julián esperaba todos los años “15 de mayo de 2222” rezaba, “San isidro Labrador”

(*) Sistema global de comunicaciones. A todos los niños se les implantaba un chip en el momento de nacer que les permitía el acceso a cualquier institución de educación, sanitaria o administrativa de forma virtual. Ningún ciudadano podía desconectarlo salvo tramitando un permiso especial y solo durante un corto periodo de tiempo.

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