SABER ESPERAR, SABER ESCUCHAR

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Siddharta es, tal vez, la obra más conocida de Hermann Hesse. Aparte de un primer contacto casual relatado a mitad del libro, es en la parte final donde el autor describe el encuentro definitivo y la convivencia entre Siddharta y Vasudeva, el barquero que se convierte en su penúltimo y, hasta entonces, mejor maestro: le enseña a encontrarse consigo mismo y a escuchar. A escuchar al río, a cuya orilla viven los dos dedicándose a transportar gente de una a otra orilla. A escuchar a la gente. A escuchar su interior. El último maestro de Siddharta sería él mismo.

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Rafael Arnaiz (1911–1938), joven estudiante de arquitectura, cambió la regla, la escuadra y el compás por esos mismos instrumentos, pero en su dimensión más simbólica. Llegó a realizar un trazado de arquitectura de su propio templo interior con tal maestría que consiguió el doctorado cum laude más alto que otorga la Iglesia Católica al ser canonizado. Cualquiera de sus escritos conmueve por su profundidad. Quizá su expresión más conocida sea “saber esperar”.

Las dos actitudes a las que me he referido —escuchar y esperar— llevan delante el verbo saber. Y es que para asumirlas y practicarlas no basta con conocerlas: hay que encarnarlas con sabiduría. No son estrategias de eficacia, sino actitudes interiores. Son formas de estar en el mundo. Formas de relación con lo otro, con lo ajeno, con el Misterio.

Escuchar es mucho más que oír. Escuchar es acoger, es abrir un espacio para que el otro tenga lugar, es silenciar el propio ruido para dar entrada a una palabra que no nos pertenece. El que aprende lo hace en silencio, pero ese silencio no es pasivo: es un ejercicio de apertura. Escuchar es un acto de humildad. No impone, no interrumpe, no interpreta prematuramente. Escuchar es disponerse al misterio del otro, del mundo, de uno mismo.

No se escucha solo con el oído. Se escucha también con la vista, con el roce, con el sentimiento. Me refiero a esa escucha que comporta la capacidad de trasladar a nuestro interior los impactos que pueden producir en nosotros cuanto nos rodea: un amanecer, una flor, un camino que se extiende ante nosotros en cuyo recorrido se nos presenta la naturaleza en su totalidad. Ese momento en que, tras la puesta de sol, llega la llamada hora azul, cuando ya no es día, pero tampoco noche, y nos sugiere tantas situaciones en la vida (exterior e interior) en que todo es posible.

Sigue muy viva en mí una experiencia que viví durante el Camino de Santiago, que recorrí desde Roncesvalles hasta Compostela, más de 800 kilómetros a pie. Solía comenzar la jornada antes del amanecer, cuando todo aún estaba en penumbra. Una mañana, atravesando las vastas llanuras de Castilla, justo en el momento en que el sol asomaba por el horizonte a mi espalda, me di cuenta de que mi cuerpo proyectaba una sombra enorme, desmesuradamente alargada, quizá diez veces mayor que mi estatura. Me detuve, impresionado. Aquella imagen me habló: me recordó que en la vida muchas cosas no son lo que parecen. Las dificultades, las ilusiones, incluso los vínculos más cercanos pueden adquirir, bajo ciertas luces, dimensiones que no les corresponden. Aprendí entonces que escuchar también es mirar más allá de las apariencias.

Simone Weil escribió: “La atención, tomada en su forma más elevada, es la oración.” Escuchar es eso: una forma de atención radical. Una oración sin palabras. Un estado del alma que se entrega al presente sin condiciones.

Escuchar también es valentía. La persona se escucha a sí misma, y no siempre lo que escucha es agradable: sus dudas, sus sombras, sus contradicciones. Escuchar así es sostener el espejo sin temor, sin evasivas. Siddharta aprende a escuchar al río porque ha callado en su interior. Descubre que todas las voces están contenidas en el fluir del agua: el lamento, la alegría, la pregunta, la respuesta. Aprender a escuchar es dejarse llevar por ese río que fluye también en nosotros.

Y esperar, ¿qué es esperar con sabiduría? No es quedarse inerte. No es rendirse. No es dejar pasar el tiempo en la inacción. Esperar es confiar, es trabajar en lo oculto, es cultivar el alma con la certeza de que los frutos llegarán cuando deban llegar. Rafael Arnaiz, retirado en la vida monástica, escribió: “Saber esperar, saber esperar… y no cansarse nunca de esperar, porque Dios no se deja ganar en generosidad.” Es una espera activa, amorosa, paciente, que se sostiene en la confianza.

En la tradición griega antigua se distinguían dos tiempos: chronos, el tiempo lineal, de los relojes y las agendas; y kairos, el tiempo propicio, cualitativo, sagrado. Saber esperar es vivir en el kairos. Es no forzar, no anticipar, no exigir resultados inmediatos. Es comprender que lo esencial no se mide en minutos ni en horas. Que el alma tiene su propio calendario.

El tiempo del trabajo interior no se mide en calendarios profanos. Es un tiempo en espiral. A veces parece que no avanzamos, que todo se repite. Pero algo se está gestando en lo profundo. Cada golpe de reflexión silenciosa, cada lectura, cada conversación compartida, cada error reconocido, va modelando la piedra de nuestro ser.

El trabajo interior no se limita a la introspección. Es en la vida diaria donde se pone a prueba nuestra capacidad de escuchar y de esperar. Escuchar al otro sin interrumpirle. Esperar a que brote la ocasión adecuada para actuar. Escuchar las señales que nos ofrece la vida. Esperar sin ansiedad el momento justo para la palabra o el silencio. Escuchar con los ojos, con los gestos, con la empatía. Esperar con serenidad el resultado de nuestras acciones sin exigir inmediatez.

He conocido personas que no brillaban por su oratoria, ni por su currículum, ni por su presencia social, pero cuya mirada —lenta, atenta, acogedora— tenía algo que no se podía explicar. Escuchaban con el alma. Esperaban sin agitarse. Vivían en ese otro ritmo que no busca conquistar, sino comprender. No buscaban convencer, sino acompañar.

Escuchar y esperar requieren una forma especial de presencia: estar atentos, sin tensión; estar abiertos, sin ingenuidad; estar disponibles, sin pasividad. Esa presencia consciente es el verdadero trabajo diario de quien quiere habitar con hondura su propia vida. Simone Weil hablaba también de “desapego” como condición de la atención pura. Esperar y escuchar son formas de desapego: del yo impaciente, del juicio rápido, del deseo inmediato.

Lo que importa no suele revelarse de golpe. Las enseñanzas verdaderas se sedimentan poco a poco. El alma crece en el silencio y se fortalece en la paciencia. La verdad no se conquista: se recibe. Y para recibirla, hay que saber escuchar. Y saber esperar.

Escuchar y esperar. Dos verbos que nos recuerdan que el recorrido de nuestro camino no es una conquista, sino una apertura. Que el trabajo personal es un ejercicio de acogida, de receptividad, de fecundidad. Que la vida misma puede ser un templo si sabemos vivirla con oídos atentos y corazón dispuesto.

En la era del ruido, del juicio apresurado y de la inmediatez, podemos convertirnos en testigos de otro modo de estar en el mundo: más lento, más profundo, más verdadero. Un modo donde el gesto pequeño tiene valor, donde el silencio habla, donde el tiempo no se impone, sino que se ofrece.

Que sepamos, cada día, afinar nuestro oído interior. Que sepamos aguardar, sin prisas, la floración del alma. Porque solo quien sabe escuchar puede comprender. Y solo quien sabe esperar puede ser verdaderamente transformado.

1 COMENTARIO

  1. Me encanta y casualmente he estado hace una semana hospedada en San Isidro de Dueñas, no puedo estar más de acuerdo con tu texto. Muchas gracias.

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