Cuando se trata de juzgar el comportamiento humano, qué fácil resulta analizar las conductas ajenas, pero que complicado y cuánto más nos valdría aplicar el mismo juicio crítico a nosotros mismos para no pasarnos de listos o de indulgentes con quién criticamos.

Lo cierto es que la debilidad del comportamiento humano, siempre entre sombras y luces, es una constante cuando lo que se pretende es la evolución de nuestro propio «yo». Como siempre digo, que fácil es hablar y que difícil resulta predicar con el ejemplo. Nuestra vanagloria nos lleva a no reconocer que lo que criticamos de los demás también lo padecemos nosotros.
He leído textos dando lecciones de vida de personas que en el trato directo con sus semejantes deberían de aplicarse. Todos, incluido el que ahora aporrea las teclas para materializar estas reflexiones, sobre todo cuando decido subirme consciente o inconscientemente al púlpito del predicador, por eso… y por lo de la cita de que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el nuestro, todos necesitamos de la crítica constructiva de quienes nos soportan, para así ver nuestros defectos, no del reproche, también muy común en todos los bípedos que nos autodenominados humanos.
Resulta difícil hablar con sabiduría, defender nuestras ideas con firmeza, y exponerlas con belleza, con tacto, con respeto, con retórica, sin circunloquios y adornos superfluos, para hacer atractivo ante los demás nuestros discurso, pero no imposible, si practicamos y nos despojamos de los aplausos de los demás.
Estoy convencido que si calláramos la mitad de lo que hablamos, evitaríamos muchas incoherencias y, por supuesto, decir tonterías sin argumento, la mayoría de las veces sobre cuestiones baladíes que «erre con erre» defendemos como si nos fuera la vida en ello, lo que nos llevaría a ser más sabios, porque sólo en la razón sosegada, calmada y sin aspavientos está la verdadera sabiduría, no en la astucia de convertir en razonamientos globales lo que son sólo relativos, bien por responder a una experiencia personal, o manipulando el contexto con falacias, mentiras o mediante el interrogatorio al interlocutor con preguntas torticeras, sin admitir el argumento contrario, intentando llevarlo a nuestro terreno. Eso no es una conversación atractiva, tan sólo ruido…, mucho ruido, demasiado ruido.
Las falacias, antes aludidas, suelen ser el mayor exponente de ese ruído, como la falacia ad hominem que se presenta como un ataque personal dirigido a la persona que presenta un argumento en lugar de al argumento en sí mismo; o la falacia ad populum o sofisma populista, en virtud de la cual se da por válida una afirmación o razonamiento porque se trata de una opinión que tiene la gente en general sobre un tema concreto; o también la falacia ad verecundiam o falacia de autoridad que ocurre cuando se apela a la autoridad de una persona o institución para validar una afirmación, en lugar de proporcionar razones o evidencias lógicas; éstas entre otras muchas que, en definitiva, demuestran la estrechez de nuestras reflexiones y la incapacidad de razonar con argumentos propios.
Por ello, y con el objeto de evitar caer en las garras de la irreflexión contraria, tengamos en cuenta que discutir con alguien que cree que lo sabe todo es como darle medicina a un muerto. No se donde leí este texto pero su aplicación práctica me ha ahorrado mucho tiempo, y sobre todo, sobrecargar mi vesícula de hiel.
Sí, la irreflexión en nuestros diálogos en mayor o menor medida es un mal que afecta a la gran parte de las personas, por lo tanto, de la que yo también adolezco, convirtiendo lo que debería ser una conversación lo suficientemente reflexiva y desprovista de ego, en una pelea de gallos, o de gallos y gallinas; lo que al final da al traste con la oportunidad de aprender de los demás. Quizá, éste sea el motivo que me lleva a escribir lo que pienso, para evitar el ruido que hacemos en nuestros diálogos, aunque al hacerlo público suponga una exposición arriesgada a un mundo exterior donde la capacidad de lectura y reflexión está bajo mínimos, y donde cada vez impera más las ideologías que las ideas, y peor aún, donde el insulto y la descalificación es su máximo exponente.
Como indico en la biografía al pie de mis textos en este medio, soy excéptico por naturaleza, aunque sueño como también lo hacía Stephen Hawking con una única fórmula que aglutine todo el universo, en este caso, en una única energía que nos una a todos los seres humanos, en busqueda del progreso personal y, por lo tanto social. Una energia positiva que nos lleve a un diálogo constructivo, sin estar continuamente con la escopeta cargada viendo en los demás a un oponente dentro de una disputa en la que tenemos que salir vencedores; no como manifestacion de ese super-ego que, como parte inconsciente del yo que se observa, critica y trata de imponerse a sí mismo por referencia a las demandas de un yo ideal, que sería la mejor cara de nuestro deseo de superación, sino todo lo contrario, permitiendo que salga la irreflexión visceral y no la racional.
Debemos hacer un esfuerzo de intentar hablar respetando los turnos de palabra, escuchando en silencio, sin monopolizar la conversación, con argumentos concretos, con un tono de voz amable y sosegado, y seguramente estaremos dando un paso importante para, incluso en el desacuerdo, dejar fluir esa energía positiva que nos haga crecer a nivel personal y social, aportando nuestras ideas y conocimientos para hacer mejor nuestra existencia y la de todos; porque el mundo, al final, lo construimos o destruimos todos y cada uno de nostros, con la mejor o peor aportación de nosotros mismos.






Gran artículo.
Para mí, la peor de las falacias es la que se impone como dogma desde los poderes establecidos, por su masiva repercusión.
«Bromeando en serio», pienso que: «Una verdad oficial es una mentira por naturaleza».
La calma reflexiva que propones a la hora del intercambio de opiniones es siempre el mejor recurso.