Volvía de Barcelona, junto con mi marido, de ver el concierto de Jamiroquai: impresionante. Pero este artículo no va de él —ese lo escribiré en otro momento.

Como os decía, de regreso escuchaba la radio. Un grupo de tertulianos no paraba de hablar de Rosalía, de su nuevo álbum. Había tanta pasión en sus voces, tanta emoción, que pensé: esa música tengo que escucharla.
Y eso hice.
Desde Barcelona hasta Valencia nos acompañó en el coche una Rosalía renacida.
Y desde ese momento no pude quitármela de la cabeza.
Así que aquí estoy, hablándoos de ella. O mejor dicho, hablando de ella con mi gran amiga Susan Béjar, magnífica directora de cine, con quien terminé haciéndome una pregunta que todavía me resuena:
¿Por qué esta música? ¿Por qué ahora?
Cuando alguien llega a la cima, tiene fama, dinero, reconocimiento… a veces descubre que eso no llena tanto como creía. Que el ruido de fuera no calma el silencio de dentro.
Y entonces aparece esa pregunta:
“¿Y ahora qué?”
“¿Por qué sigo haciendo esto?”
“¿Qué sentido tiene todo esto si ya lo logré todo?”
A muchos les pasa justo en su mejor momento. Porque el éxito externo no siempre coincide con la paz interior.
Ahí empieza una nueva búsqueda, más profunda: ya no se trata de ser admirado, sino de sentirse vivo, auténtico, conectado con algo verdadero.
Rosalía con LUX está justo ahí. Dejó atrás los hits fáciles y buscó algo más espiritual, más honesto, más suyo.
Es el mismo tipo de despertar que tuvieron Bowie o Taylor Swift —y sí, también Björk, que no solo inspira este disco, sino que participa en él como si dos generaciones se dieran la mano en un mismo acto de fe artística. Todos ellos, en algún momento, entendieron que la cima no es el final del viaje… sino el comienzo de uno nuevo hacia adentro.
Amigos: aquí no hay “buen rollito” de playlist para fregar. Este disco te pide que apagues el móvil y te sientes con tus demonios.
LUX es una jugada de riesgo consciente: cuatro movimientos, trece idiomas, una orquesta sinfónica y una mujer que ya no busca gustar, sino entender por qué cojones sigue aquí. Porque eso es lo que pasa cuando la espiritualidad te agarra de golpe: no te ilumina, te revienta. Te desarma. Te deja sin coartadas.
De pronto descubres que no era Dios lo que buscabas, era sentido. Y el sentido duele. Te despierta a hostias, te desordena el deseo, te obliga a mirar atrás y reconocer la mierda que fuiste, lo que hiciste por miedo, lo que callaste por amor. Esa es la fe de la que habla Rosalía en LUX: no la de los templos ni las velas aromáticas, sino la de los días en que no puedes ni mirarte al espejo y, aun así, quieres seguir. Cuatro movimientos, sí, pero ninguno es musical: son las cuatro etapas de una resurrección sin santos ni promesas. Caer. Morder el suelo. Llorar. Volver a cantar.
Antes de entrar, un hecho que cuenta mucho: el disco se filtró dos días antes. No por morbo: porque LUX no es un producto; es una vulnerabilidad expuesta y verla rodar sin su contexto fue como ver un diario íntimo abierto en el metro. Y aun así, cuando llegó el día, no tambaleó: crítica arriba, reseñas que hablan de ambición y fealdad hermosa (la fealdad de mirarse sin filtro).
La pregunta que corta: ¿para qué sirve la fe si no te arregla la vida?
Rosalía no predica. Pregunta. Y pregunta en serio. Su fe aquí es una lámpara de minero, no un altar: alumbras lo suficiente para ver la mugre de cerca. Las letras rosnan con místicas y santas —no para exhibir erudición, sino para tensar lo que se espera de una “buena mujer” y lo que de verdad desea un cuerpo que escribe, ama, envidia, perdona mal. El coro suena enorme, pero lo que te revienta es la respiración pequeña entre frases, esa que confiesa sin metáfora: quiero que me quieran, quiero estar en paz, quiero no cagarla más.
El sonido: carne, madera y electricidad
Aquí hay violines que arañan, metales que entran como mareo, silencios que encogen el estómago. Y, de pronto, una base que te arrastra al club. No es capricho: es poner en la misma mesa el templo y el baño del after. La London Symphony no “adorna”: pelea con la voz. Y gana quien tenga más verdad ese día. No es un “disco de productores”; es un espacio donde la autora manda y deja entrar a otros cuando la canción lo exige.
“Berghain”: la tentación como salmo, mi preferida.
Hablemos claro. “Berghain” no es una canción: es una exorcización en público. Entra Björk como una santa pagana, aparece Yves Tumor como un demonio con lentejuelas, y entre los tres te abren la cabeza a martillazos. Tres idiomas, español, inglés, alemán, porque ninguno alcanza para decir lo que duele, lo que quema, lo que libera. El beat te arrastra como un latigazo y la orquesta no acompaña: te acosa, te respira en la nuca, te recuerda que de la culpa no se escapa nadie.
Y Rosalía canta como si estuviera poseída por todo lo que alguna vez quiso callar. No canta para gustar, canta para sacarse la piel y que veas lo que hay debajo. La voz hace lo que le da la gana, se dobla, se rompe, porque ya no le debe belleza a nadie.
El video no tiene moraleja ni redención, y por eso funciona. Porque no hay aprendizaje sin sangre, sin vergüenza, sin ruido. “Berghain” te deja sola, frente al espejo, con el pulso desbocado y el maquillaje corrido, preguntándote cuántas veces fingiste no escuchar tu propia voz por miedo a perder el aplauso.
Eso, amigos, es crecer de verdad: cuando dejas de pedir permiso y empiezas a rugir, aunque se te rompa la garganta.
Lo que dicen otros, por si te importa
Pitchfork: mejor nuevo álbum, habla de “ofrenda de pop clásico-avant que ruge por género, romance y religión”. Rolling Stone UK: “asombrosamente ambicioso”. Metacritic: alto. ¿Mi lectura? No es un disco perfecto. Gracias a Dios. La perfección es la coartada del miedo; aquí hay raspones. Y eso es lo que te hace
volver. Madonna: “Gracias, Rosalía. ¡No paro de escucharlo! ¡Eres una verdadera visionaria!”
¿Qué desnuda LUX de Rosalía?
Que el talento sin coraje es sólo técnica. Y aquí hay coraje con dos cojones —y con cerebro—: hacer tu cuarto disco cuando todo el mundo te exige repetir el tercero y tú decides jugártela en un idioma (o trece) que no garantiza streams. Esto es un acto adulto: elegir quién eres, aunque no lo aplaudan en TikTok. Y sí, también es un gesto tierno: pedirte perdón cantando.
La conversación que queda
Si mañana me dices que LUX “es demasiado”, te diré que a veces lo verdadero es excesivo. Que la fe —la artística, la humana— no sirve para ponerte una aureola, sirve para seguir cuando el miedo late. Que Rosalía aquí no se salva; se nombra. Y nombrarse es el primer paso de cualquier salvación que merezca la pena.
Cuando termines, escríbeme y dime dónde te dolió. Ahí hay trabajo. Ahí hay vida.





¡Increible artículo!