RESPETO

Paseaba el otro día por el centro de Madrid y me encontré, imagen ya habitual,  con un hombre tumbado, todo su largo, frente al escaparate de un comercio y con un vaso de plástico delante.

Y me indigné. Me indigné porque el individuo allí tumbado tenía las mismas características textiles y raciales, asumo que me llamen racista y me importa un pito, que la mayoría de los que me abruman en los semáforos intentando obligarme a permitirles que limpien unos cristales que me da la gana de llevarlos como los llevo, esos mismos que se comportan de diferente forma si el conductor es hombre o mujer porque si es mujer intentan intimidar, rebasan el nivel de la grosería e incluso de lo permisible. Si, esos mismos que en grupos numerosos recorren las calles arrasando con bolsos y bolsillos y recurren a la violencia verbal, a la amenaza, si son descubiertos. Los mismos, esos mismos, que ciertos vehículos reparten por Madrid, y estoy seguro que por muchas otras ciudades de este país, para ocupar las plazas a las que han sido asignadas por el cabecilla de turno que horas más tarde hará la recogida de sus compinches y las recaudaciones obtenidas.

foto mendigos en el metro
Mendigos descansando en una calle de Madrid

Esos mismos que con sus maneras, con sus desmanes, con su absoluta falta de respeto a la convivencia, hacen las calles de nuestras ciudades más inseguras, más sucias, más antipáticas e inhabitables. Esos mismos que han encontrado en nuestro país, en su enfermiza dejación, en la permanente manipulación de los hechos para arrimar el ascua a la sardina que conviene, en su tibieza respecto a la propia estima, en su miedo permanente a ser políticamente incorrectos, en su búsqueda permanente de la excelencia ajena sin reparar en la propia, el paraíso para sus desmanes, la tierra prometida de la permisividad y la tolerancia mal entendida, mal vivida, mal aplicada, mal asumida.

Lo he dicho al principio, habrá, dado que estoy señalando directamente a una etnia concreta, quién piense que este es un comentario racista. Para que no existan dudas, lo es, y lo es porque también es étnico, racista, el fenómeno de las mafias. Porque, aunque sea políticamente correcto, aunque haya intelectuales de salón que amparan el mal gusto, el mal trato de la convivencia, la culpabilidad interesada, la modernidad del todo vale cueste lo que cueste, yo me niego a creer que la felicidad de un verdadero necesitado pase por tirarse en medio de una acera. Porque dudo que la justicia social de una sociedad pase por permitir que ciertas mafias campen a sus anchas en perjuicio de sus ciudadanos. Porque, definitivamente, no me creo que para ser moderno, progresista, haya que tolerar ciertos comportamientos  o simplemente callarse para evitar que los observadores de insulto fácil e intelectualidad dudosa te llamen fascista. Antes muerto que señalado. Antes callado, sumiso, políticamente correcto, que permitir que alguien pueda acusarte de fascista en un ejercicio de fascismo intelectual intolerable.

Ya está bien. Ya está bien de modernos que vienen a decirnos lo que tenemos que pensar, lo que debemos de aborrecer, lo que ellos, iluminados por la verdad máxima, han conseguido comprender para conseguir convertirse en apóstoles de la nueva verdad absoluta que  a lo largo de tantos siglos nadie había conseguido atisbar.

Y me vienen a la mente, como último ejemplo de esta intelectualidad moral y aviesa, las palabras de esa diputada catalana que ha declarado que “follar en el metro no es pecado”. No señora, posiblemente follar en el metro no sea pecado, por más que sus mismas palabras denuncian su única intención en el comentario.

No sé a ciencia cierta si “follar en el metro” es pecado, es más, ni me importa. Si me importara le preguntaría a una autoridad religiosa ya que el pecado, el concepto de pecado, es un concepto puramente religioso y usted no me parece una autoridad en el tema. Es más, siendo consecuente, no sé si “follar en el metro”, por seguir respetando sus palabras, es delito, o falta, porque tampoco me importa. Ni me importa, ni me escandaliza por motivo moral alguno, el que alguien quiera follar en el metro, en la playa, o, ya puestos, en el portal de mi casa si tienen acceso a él. No, pero el que no me escandalice, el que no me haga clamar contra el pecado ni me lleve a crear una cruzada contra la perversión de la sociedad, no hace que deje de pensar que “follar en el metro” o en cualquier lugar sin intimidad, tumbarse en la acera, o hacer otro tipo de exhibiciones públicas, es un ejercicio de mal gusto, de falta de respeto a los demás.

Porque, al parecer, la modernidad, el progresismo, la fineza intelectual y moral, la nueva verdad revelada, pasa porque una parte de la sociedad, la moralmente perfecta, la progresista, la moderna, se dedique a provocar y a faltarle al respeto a otra parte de la sociedad que sin saberlo necesitaba ser salvada por los nuevos mesías de la verdad revelada.

La convivencia es un ejercicio de respeto. La convivencia pasa por respetar lo ajeno aunque no creamos en ello. La convivencia pasa por educarse uno mismo antes de pensar en educar a los demás. Pero esto, que también tiene que ver con la tolerancia, necesita de unos valores éticos, morales, intelectuales, que claramente no están al alcance de ciertos redentores de pacotilla que se sienten capacitados para salvar al mundo de los errores, cuando lo que realmente necesita el mundo es salvarse de ellos.

 

«La convivencia es un ejercicio de respeto. La convivencia pasa por respetar lo ajeno aunque no creamos en ello. La convivencia pasa por educarse uno mismo antes de pensar en educar a los demás.»


Por dejarlo claro: “follar en el metro”, tirarse en medio de una acera para hacer exhibición de miseria, dedicarse a provocar por hacerse unas risas o considerarse mejor que los demás, no es pecado, posiblemente no es delito, ni falta, es solo una ordinariez, una exaltación del mal gusto y, sobre todo, sobre todo, una falta de respeto. Y donde no hay respeto no hay posibilidad de convivencia.

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