RADIOGRAFÍA DE LA SOBERBIA

1
40392
93

Un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.

(Gabriel García Márquez)

 

Si me preguntases cuál de los siete pecados capitales es el que menos me gusta o detesto, diría que la soberbia, de la cual soy también, como cualquier mortal,
susceptible de padecerla.

Foto de valentin ciccarone en Unsplash

Sí, todos pecamos de soberbia, cuando creemos merecer una consideración superior a cualquier otro ser humano o cuando tratamos de forma displicente a los demás por creernos superiores, incluso cuando utilizamos como argumento la compasión por el dolor ajeno desde una superioridad moral o de madurez emocional, cuando realmente oculta un desequilibrio de personalidad narcisista.

No es la primera vez que me refiero a la soberbia, aunque sí desde la perspectiva de la provocación con una media mueca de sonrisa torcida de creernos dominar la situación frente al contrario que consideramos no esta a la altura del club VIP de mortales tocados por el dedo divino de la razón y de la verdad «absoluta» , intentado demostrar un autocontrol que se sustenta en esa provocación velada de suficiencia y superioridad. Lo que demuestra que no somos más que una caricatura de lo que intentamos aparentar, porque la apariencia no es más que una burda careta que distorsiona nuestra imagen real.

No sé, si alguna vez desde ese juicio crítico hacia el exterior que todos hacemos, habéis intentado formar parte del plantel de actores de la vida al que estamos juzgando, dicho de otro modo, no se si os habéis dado cuenta que la vida no es más que un escenario de una trama cuyo guión vamos adaptando según nos conviene para mostrar nuestra endiosada personalidad.

Y, es que, al final somos reos de una vida de apariencia, cuya peor cara es la soberbia de espíritu, casi siempre con sustento en una soberbia espiritual de superioridad moral que utilizamos como fundamento de nuestro juicio externo, o en una razón tejida sobre argumentos que aplicamos de forma descarnada sobre los demás, pero no sobre nosotros mismos.

Cuando nos mostramos tal y como somos, la autenticidad del espíritu mantendrá erguida nuestra auténtica personalidad, alcanzando la dignidad como seña de nuestra identidad, porque viéndonos como realmente somos podemos aprovechar la oportunidad de cambiar y ser mejores.

Pero, al final, cada cual sabra lo que le interesa más, ser un gallo de corral, como el que adorna algunas veletas, o ser una persona auténtica. Lo cual, tampoco significa que tengamos que desnudar nuestro yo ante los demás, entre otras cosas porque personas malas como las brujas haberlas «haylas», y cuanto menos información tengan de nosotros mejor para no podernos manejar a su antojo; pero también, porque nuestra alma nos pertenece sólo a nosotros y hay que protegerla de los necios. Y, porque al final, de lo que hablamos es de evitar o corregir el endiosamiento que podamos tener de nosotros mismos, aunque si te va estar subido en un pedestal para ser observado, es como el que es feliz colgado de una lámpara, allá tú. Allá casa cual con su piruleta.

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí