Nos miramos tanto el ombligo que no somos capaces de ver más allá de las pelusas que en él encontramos perdiendo la perspectiva de nuestra propia realidad.

Suele ser lo normal en este mundo de mortales que, cuando nos miramos al espejo nos engañamos o, peor aún, ocultamos nuestra propia imagen, no con cosméticos, gomina, tintes y perfumes, sino con caretas detrás de la cuales ocultamos nuestra propia imagen, aquella que no queremos mostrar, sino también para no afrontar nuestras propias debilidades, incluso miserias; lo peor de nosotros mismos, con la intención de que los demás no vean como somos realmente.
No pretendeo hablar de egolatras, porque no quiero simplificar este razonamiento dirigiéndolo a ese culto, adoracion o amor excesivo a uno mismo que algunos insufribles seres tienen hasta límites de una estima y admiración tan desproporcionados de su propia persona que los convierte en seres con una falta absoluta de empatía, además de desprecio hacia el mundo exterior; sino de esa sutil manipulación de los demás mostrando una falsa imagen, una imagen distorsionada de lo que realmente somos.
Decimos y hacemos lo que los demás queremos que vean, con una actitud tan tibia y poco comprometida hacia el cambio de esta decadente existencia donde los valores y principios desparecen en la busqueda de la satisfacción de nuestras propias necesidades justificando lo injustificable con argumentos de una racionalidad aparente y falaz que amoldamos, sin pudor para adornar nuestras actitudes egoistas, lo que hace que al final padezcamos una tormentosa vida basada en la firme convicción de que los demás son los que están equivocados y no nosotros, de que los demás son los malos, al menos quienes nos quitan la razón, y nosotros los buenos; de que son ellos los que tienen que cambiar manteniéndonos en el pedestal de la razón.
Al final adoptamos tan patética forma de vida que terminamos subiéndonos al púlpito del sermón, dando lecciones sobre modos de vida y comportamiento que nosotros mismos somo incapaces de poner en marcha, con una incoherencia de vida tan enorme que, al final, irremediablemente caemos en nuestra propia trampa, me refiero con ello, a ahogarnos en un mundo de falsedades que hemos fabricado para deslumbrar a los demás, convirtiéndonos en esclavos de nuestra propia imagen, de esa imagen que no es real, sino fruto del autoengaño, quizá porque vernos como somos realmetne nos duela demasiado.
Miren ustedes, si todavía alguien no me está entediendo de qué hablo, voy a reumirlo en una frase muy poco refinada, hasta incluso escatológica, pero contundente que decía mi abuela: «aquí nadie transpiramos agua bendita». No, ni hablar, por eso no dejo de sorprenderme de la piel tan fina que podemos tener frente a los agravios de lo demás cuando nosotros no somos capaces de pedir perdón por los propios; de no aceptar a los demás con sus virtudes y defectos.
Quizá necesitemos más valentía para mostrarnos como somos, para afrontar nuestras carecencias emocionales, nuestros defectos, nuestros errores, sin disfraces, abandonando la incoherencia de creer que somos los mejores, los más listos, los más guapos y más buenos del mundo; porque al final se darán cuenta de nuestra vida de apariencia de ausencia de compromiso, y recibiremos lo que estamos dando. Porque si nos olvidamos que la maleficencia y la bondad son dos caras de la misma monerda, o lo que es lo mismo, que forman parte de la dualidad de nuestra propia existencia, nos convertiremos en una patética imagen hacia le mundo exterior.




