El hombre podría llegar al conocimiento y no lo hace; ¿Cuál es la razón? Esta breve disgresión trata de apuntar algunas claves al respecto:
¿Qué hay en una mente?, ¿qué es lo distintivo en cada una y cómo está estructurada?
Este término puede intentar explicarse desde dos grandes dimensiones:
Una brota del eterno debate RACIONALISMO-EMPIRISMO, que alcanzó su momento cumbre en los siglos XVII y XVIII siendo ambos, enfoques muy diferentes sobre la naturaleza del conocimiento humano.

En términos generales, los empiristas defienden que todo nuestro conocimiento se deriva de nuestra interacción con el mundo sensorial empírico, basado en la experiencia.
Los racionalistas por su parte, sostienen en cambio la negación de esto, afirmando que hay conocimientos que no se derivan de la experiencia.
Visto esto, está claro que el empirismo posee un evidente atractivo intuitivo y el racionalismo, más abrupto, parece requerir una mayor justificación, aunque ante la afirmación de los racionalistas clásicos como Descartes o Leibnitz de que “… es imposible obtener el conocimiento de Dios, la sustancia de las cosas, las ideas abstractas (y la fórmula de la Coca-Cola, añadiría yo) de manera experimental”.
Los empiristas han pasado los últimos trescientos años afirmando que, o bien no había nada que conocer en tales casos, o tratando de aportar laberínticas explicaciones sobre cómo sería posible llegar a conocer tales cosas a través de la experiencia.
Ahora bien, al negar que todo conocimiento venga de los sentidos, han tenido que enfrentarse a la cuestión de cuáles otras fuentes del conocimiento hay.
El candidato más natural es la propia mente, lo cual nos llevaría a pensar que el conocimiento es INNATO en el ser humano.
Una segunda dimensión, desde la que se intenta explicar qué hay en la mente, es la CONCIENCIA. Siendo este uno de los fenómenos más enigmáticos de la mente, parece existir hoy un acuerdo casi universal, en considerar que los estados mentales conscientes son parte de la misma.
Pero… ¿Cómo es esa parte? ¿grande, pequeña?…; pues parece como si la conciencia agotara lo mental en el sentido de que todo ello es susceptible de ser consciente oaccesible a la conciencia, lo malo, para los racionalistas, es que hay, a mi modo de ver, dos grandes objeciones; una que la cognición no es más que un procesamiento de la información y otra la que formuló papá Freud con la INCONSCIENCIA como base del moderno psicoanálisis.
Pero además, la mente es capaz de reconocer “las otras mentes”, y el contraste que significa el “poder reconocer directamente mis procesos mentales y tener que inferir los procesos mentales de los demás”.

Para poder conocer mis procesos mentales no necesito nada más (y nada menos) que la introspección y la autorreflexión o meditación, curiosamente, dos de las actitudes menos comunes en el hombre actual y, en mi opinión, una de las claves para entender cómo han podido apagarnos la luz, ya que siempre he creído que todos los males de la humanidad provienen de la manifiesta incapacidad del ser humano para estar a solas consigo mismo, más de quince minutos, en una habitación desnuda y carente de estímulos sensoriales.
Por otra parte al apearnos de “la primera persona” para poder entender a “las otras mentes” se produce un tránsito hacia la tercera persona casi nunca bien resuelto y que, al necesitar otro tipo de evidencia epistemológica, genera un cierto escepticismo acerca de la justificación que podamos tener para atribuirles estados mentales a los demás (¡Increíble, verdad!)
Pero así es y, una vez que hemos visto cómo el hombre está perfectamente capacitado para llegar al conocimiento por cualquiera de las dos grandes vías descritas, e incluso ¡Oh , maravilla! por las dos, y constatar que no lo ha hecho y, que, lo que es peor, tiene pocos visos de hacerlo en un futuro inmediato que nos permitiera verlo a Ud. y a mi, la pregunta es obvia ¿por qué? Y la respuesta, no menos obvia : porque alguien nos ha apagado la luz y no vemos.
No vemos que ese alguien, conocedor de las “faiblaisses” del ser humano, nos ha convertido en reos permanentes del “experimento de la habitación china” según el cual nos encontramos en una habitación rodeados de casillas con símbolos chinos que no entendemos (“las otras mentes”), y nos dan un manual de instrucciones para manipular esos símbolos y además, nos hacen llegar continuamente otros símbolos (también en chino) (he aquí la perversidad intrínseca de habernos apagado la luz) que tampoco entendemos.
Por tanto, al vernos obligados a estar continuamente consultando el manual de instrucciones, se genera en nosotros una respuesta automática y además, pásmense Uds., correcta, que nos permite actuar de forma computacional convirtiendo nuestros actos, desde los más sencillos como apretar un botón, hasta los más difíciles, como intentar besar a alguien que no quiere ser besad@, en procesos computerizados en los que se ha abortado de raíz la capacidad de inquirir, de hacer preguntas.
El que nos ha apagado la luz sabe muy bien que la oscuridad está en las respuestas. ¿Quién es ese personaje?
Cada uno de nosotros tiene sus propios “apaga luces” y yo, desde este pequeño y disgregante ensayo, os animo, queridos amigos, a que lo descubráis y le hagáis tragar el interruptor, reinstalándoos (o quizás haciéndolo por primera vez) en la introspección y la autorreflexión que nos permitirán acercarnos a “las otras mentes” con la actitud franca y abierta que proviene de la seguridad que nos da el haber sido capaces de hacernos nuestras propias preguntas.




