Querido diario,
Ya sabes que contigo me dedico a vagar por las ideas que nublan mi mente para esclarecerlas, para que cobren forma, como la arcilla en la escultura de palabras que tratan de ordenarse rápidas, ligeras. A veces ni yo misma entiendo qué decisiones toman ellas palabras por el camino. Las dejo ser, como una madre que no acaba de comprender lo que se gesta bajo sus alas protectoras. Por cierto, va de madre, de alas, de ángeles… de Angelito.
LA MADRE DE ANGELITO

—Angelito, que eres un angelito. Mira el cielo de lluvia; nos quedamos en casa. Nada de salir.
—Se me mojarían las alas, respondió el niño.
—No, Angelito, tu no tienes alas.
—Entonces, mamá, ¿por qué me llamas Angelito?
—Tu padre y yo te llamamos Ángel para honrar a tu tío , quien durante toda su vida pensó en los otros más que en sí mismo. Quizá un poco demasiado. Lo presentamos a Beato, por si lo hacían santo. Y creo que todavía está entre nosotros…
—¿Y a ti, mamá, por qué papá te dice cosas bonitas, como si fueras un ángel?
—¡Qué sabes tú de los ángeles, hijo mío!
—Pues que se duermen con los niños cuando tienen miedo.
—Entonces, Angelito, ¿tú tienes un ángel?
—Sí, al tío…, a ti, mamá, que eres mi ángel. Y a mi peluche, claro.
—¿El perro de peluche?
—Si supieras, mamá, que a veces me lleva con él, así, a visitar tejados de noche, aunque haga frío. Con cierto esfuerzo saca alas y me oculta en su pecho mullido.




