La paz se ha convertido en una palabra pronunciada con la solemnidad de lo sagrado y, sin embargo, utilizada con la ligereza de lo cotidiano. Se invoca en discursos, se imprime en pancartas, se proclama en foros internacionales. Pero rara vez se detiene uno a pensar desde dónde se pronuncia esa palabra. Porque la paz, cuando se reclama desde un bando, deja de ser un ideal universal para convertirse en una herramienta más dentro del conflicto.

Pero el problema surge cuando esa defensa se construye sobre una simplificación del mundo en términos de buenos y malos absolutos.
Estamos acostumbrados a justificar el apoyo a un lado del conflicto en base a las violaciones de derechos humanos del contrario. Y, sin embargo, pocas veces se examina con la misma severidad lo que ocurre dentro del propio bando defendido. La guerra no es un espacio de pureza moral. Es, por definición, un territorio donde los límites se difuminan y donde las víctimas no siempre están claramente delimitadas.
Resulta incómodo reconocer que, en muchos conflictos, ambos lados acumulan sombras. Que las agresiones no siempre son unilaterales. Que los gobiernos, incluso aquellos que se presentan como defensores de la libertad, pueden ejercer formas de violencia interna sobre sus propios ciudadanos. Y, sin embargo, ese reconocimiento es necesario si aspiramos a una visión honesta de la paz.
La neutralidad absoluta rara vez existe cuando se enfrentan valores fundamentales. Hay momentos en los que no tomar partido equivale a permitir la injusticia. Pero posicionarse no debería implicar renunciar al juicio crítico. No debería obligarnos a cerrar los ojos ante las contradicciones del lado que apoyamos. La verdadera objetividad no consiste en no elegir, sino en elegir sin dejar de pensar.
En este contexto, el lema “no a la guerra” adquiere una profundidad que a menudo se pasa por alto.
No basta con oponerse a los conflictos armados que se desarrollan en territorios lejanos, como si fueran realidades ajenas que solo afectan al equilibrio del mapa geopolítico. La guerra no empieza cuando suenan las armas. Empieza mucho antes, en el lenguaje, en la polarización, en la incapacidad de escuchar al otro sin convertirlo en enemigo.
Los gobiernos occidentales, que con frecuencia se erigen en defensores de la paz y la democracia, no están exentos de esta dinámica. La confrontación política interna, el uso del miedo como herramienta electoral, el populismo que simplifica la realidad en bloques irreconciliables… todo ello alimenta una cultura de enfrentamiento que, aunque no desemboque en guerra armada, sí erosiona los fundamentos de la convivencia.
Y aquí aparece una de las contradicciones más evidentes de nuestro tiempo: exigimos paz fuera mientras cultivamos el conflicto dentro.
Se denuncia la violencia de otros países mientras se toleran discursos que dividen a la sociedad propia. Se condenan las vulneraciones de derechos humanos en el exterior mientras se minimizan o justifican ciertas prácticas internas. Es lo que comúnmente se denomina una “doble vara de medir”, una forma de analizar la realidad en la que los mismos hechos se valoran de manera distinta según quién los protagonice.
Esta doble vara de medir suele apoyarse, además, en mecanismos argumentativos poco rigurosos. Uno de los más frecuentes es la falacia ad hominem.
La falacia ad hominem consiste en descalificar a una persona en lugar de rebatir sus argumentos. Es decir, en lugar de analizar lo que alguien dice, se ataca quién es, su ideología, su pasado o sus circunstancias personales. De este modo, el debate deja de centrarse en la verdad o falsedad de una idea para convertirse en una confrontación personal. En el ámbito político, esta falacia se utiliza constantemente para invalidar al adversario sin necesidad de entrar en el fondo de la cuestión.
Y cuando el debate público se construye sobre este tipo de falacias, la posibilidad de alcanzar consensos se desvanece.
Porque la paz no es solo la ausencia de guerra. Es también la presencia de un diálogo honesto, de una capacidad de reconocer al otro como interlocutor válido, incluso cuando se discrepa profundamente de él. Sin ese reconocimiento, toda llamada a la paz queda vacía, convertida en una consigna más dentro del ruido.
Tal vez el verdadero desafío no sea solo poner fin a las guerras que vemos en los mapas, sino a las pequeñas guerras que alimentamos cada día con nuestras palabras, nuestras lealtades ciegas y nuestras simplificaciones.
Tal vez la paz no empiece en los tratados internacionales, sino en la forma en que pensamos al que está enfrente.
Y quizás, si algún día logramos mirarnos sin necesidad de dividirnos, descubramos que la guerra nunca fue solo un problema de territorios… sino, sobre todo, de conciencia.






la Paz es diálogo, en efecto. Que hable la razón y, entretanto, callen las armas. No siempre es así, desgraciadamente, pero resulta necesario, como dice el autor, tomar partido sin perder la objetividad, conservando el respeto hacia el adversario. «Maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse», decía CELAYA, que sin dejar de recordarnos que nos queda la palabra, nos advertía de situaciones en las que «las palabras entonces no sirven: son palabras». Tal vez el diálogo de hoy ha fracasado porque se sentaban a hablar sin respetarse.