QUÉ HABRÁ SIDO DE PIPPIN

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La vida es una sucesión de muchas cosas; unas dejan huella y a otras se las lleva el viento. Pero hay algo que, al cabo de los años, acaba haciéndonos como somos: las pérdidas.

 

Mi hermano Jorge dijo “nos vamos” y puso el motor en marcha. El pequeño Coque ya estaba en su sillita, en el asiento de atrás, junto a su hermana Paula. El coche echó a andar y la familia dejó Gijón de camino a casa. Todo bien.

Todo bien hasta que Coque, inquieto, preguntó por Pippin. Y sobrevino el desastre. Ana, la mujer de mi hermano y madre de los dos críos, había olvidado a Pippin sobre el techo del automóvil. Al arrancar, Pippin cayó al suelo y se perdió.

Hoy se recuerda aquello en la familia de mi hermano con una sonrisa: cosas de niños. Pero no. Coque, que tenía alrededor de tres años, quedó destrozado, no hacía más que llorar y gemir y temblar; para él no había consuelo. Aquella herida le duró mucho tiempo.

Pippin era un conejo de peluche que el niño no soltaba ni de día ni de noche. Solía acariciar con su naricilla la lana del muñeco y era evidente que eso le daba una gran paz. Iba con él a todas partes. Estaba claro que Coque quería a Pippin tanto como pudiese querer a cualquier ser vivo que tuviese cerca. No creo que a su edad tuviese claro qué era estar vivo y qué era ser un muñequillo que solo para los demás era inanimado. Ana y Jorge trataron de sustituir a Pippin con otros peluches, seguramente muchos. Nunca funcionó, me dice hoy Ana. El amor –porque aquello era amor– ni se compra, ni se improvisa, ni se sustituye.

Aquel sufrimiento de Coque tiene un nombre que hoy usamos todos: pérdida. La desaparición, en este caso inesperada, de un ser querido. Nos ha pasado a todos, pero seguramente no a los tres años. Creo que es demasiado pronto para experimentar un dolor que se repetirá y se repetirá cien veces a lo largo de la vida, y que nos cambiará por dentro poco a poco hasta hacernos quizá más fuertes, quizá más autosuficientes o menos dependientes, pero sin la menor duda más solos.

Nadie vio llorar a mi padre cuando se fue mamá, cinco años acaba de hacer. Llevaban juntos más de seis décadas. Juntos y amándose sincera, intensamente: es el único caso que yo conozco de matrimonio tradicional que salió perfecto. “Es que tú no sabes cómo la quiero, cada día más”, me decía mientras los dos fingíamos cenar en una cafetería en la que no habíamos entrado nunca; faltaban apenas horas para que mi madre se terminase de ir. Pero hoy es el día en que papá piensa en mamá todos los días y todo el tiempo, haga lo que haga, esté donde esté y con quien esté. Ha sido la pérdida más dura de toda su vida, pero no en vano ha dedicado muy buena parte de esa vida a depurar un estoicismo que aprendió en Séneca, en Marco Aurelio y en el Enchiridion de Epicteto; y, a la vez, a cultivar una capacidad de amor que, esa sí, le venía de serie. Ha conseguido ser una buena persona… “a pesar de ser protésico dental”, como decía la vieja broma de aquel cuento musical que hicimos los dos hace ya veintisiete años.

¿Estoy comparando la desaparición de Pippin con la muerte de mi madre? Por supuesto que sí. Fueron dos golpes terribles. El primero lo sufrió un niño y no cabe esperar que los adultos comprendamos en toda su magnitud lo que puede llegar a sufrir un crío de tres años. El segundo golpe nos tocó a todos, pero sobre todo a un hombre ya mayor que, sin la menor duda, llevaba mucho tiempo preparándose para aquello, lo reconociese o no. Dolor por dolor, no veo demasiada diferencia en la intensidad de ambos. Pero sí en la reacción que suscitaron.

Ahí está la clave. El pequeño Coque dejó de llorar un día u otro y quizá llegó a olvidar a Pippin, eso no lo sé. Mi padre no derramó una lágrima, al menos en público, pero no olvidará jamás porque sabe bien que precisamente eso es la inmortalidad: el ser recordado por quienes te conocieron y quisieron. El amor constante más allá de la muerte, que decía Quevedo. Lo de la “vida eterna” es, como mucho, una ilusión que mi madre no tenía. Pero esto no. La memoria de los tuyos es real, auténtica, tangible y cotidiana. Porque las pérdidas son como golpes que caen sobre la piedra que somos, pero lo que pasa es que no los damos nosotros. O nunca reconoceremos que la responsabilidad de muchas pérdidas es nuestra, en el caso de que lo sea.

No solo se trata de que la gente a la que queremos muera. Sabemos que eso es inevitable y estamos culturalmente avisados de que ocurrirá, aunque sea muy pronto, aunque sea por accidente, aunque sea un dolor agudísimo. Esas pérdidas están, por así decir, previstas. Pero hay otras que son tanto o más amargas que esas, aunque estemos educados para no tenerlas por tales, para repetirnos –y repetir a otros, cuando les toca– frases lancinantes, como “no te preocupes, pasará; de esto se sale”, como si las pérdidas se pudiesen olvidar, como si no nos cambiasen poco a poco, golpe a golpe, pero para siempre; como si no nos convirtiesen en algo parecido al retrato de Dorian Gray.

El amor es, junto con el miedo, el sentimiento más primario, más instintivo y más necesario de todos los que experimenta el ser humano. Cuando se va, sobreviene una devastación que muchas veces es peor que la muerte de alguien muy próximo. Yo siempre distinguí entre el enamoramiento, que me parece una patología inevitable (como la gripe, por ejemplo), y el amor, que suele ser largo, complicado y lleva mucho trabajo, pero que es la fuente de la vida. Dice Anaïs Nin: “El amor nunca muere de muerte natural. Muere porque no sabemos cómo reponer su fuente. Muere de ceguera y errores y traiciones. Muere de enfermedad y heridas; muere de cansancio, de marchitamientos, de manchas”.

Exactamente así es, creo yo. Perdemos la imaginación, la ilusión; nos fatiga el trabajo cotidiano que mantiene vivo el “plan de vuelo” y llega un momento en que ya “no sabemos cómo reponer su fuente”, lo que le dio origen, aquello que lo impulsó todo. Esa fuente que hay que limpiar, desbrozar y cuidar día tras día. Y cambiar con ella, porque el amor cambia con el tiempo. Eso fue lo que hicieron mis padres durante sesenta y siete años. Pero es muy cansado. Y muy, muy difícil.

Por eso casi siempre sale mal. Todo amor que naufraga es un fracaso, incluso cuando es uno mismo quien hunde el barco para salir corriendo. ¿Y no hay veces en que separarse de alguien es una liberación? Sí, pero yo estoy hablando de amor, que es largo y trabajoso y empecinado, no de equivocaciones con fecha anunciada de caducidad.

Lo malo de esas pérdidas es que tienden a repetirse. Y lo peor es que casi siempre hay agravios que repartir, o que echar, o que hundir en la espalda del otro. Esa es la diferencia con la desaparición de Pippin o con la muerte: ahí no hay forma de echarle la culpa a nadie, la muerte es irreversible y no admite responsabilidades… salvo que a alguien lo maten, claro. Pero la pérdida del amor, el adiós, el “he dejado de quererte” o (todavía peor) el “es que he conocido a otra persona”, genera rencores, afrentas, culpas que esparcir o que guardar ahí dentro, como un ácido corrosivo; y esa amargura dura, con frecuencia, mucho más que el dolor por la pérdida de alguien que ha muerto. Eso es terrible, sea quien sea el culpable.

Quizá el error es la ligereza con que usamos la palabra siempre. Es una de las más peligrosas del diccionario. Cuando sobreviene el enamoramiento se nos llena la boca de “siempres”: estamos convencidos de que esa pasión no se nos acabará nunca, y somos sinceros al decirlo. Pero siempre es demasiado tiempo para el amor: esa palabra es muy exigente y necesita un esfuerzo, una paciencia y una capacidad de adaptación que casi nadie tiene. Sin embargo, el siempre funciona impecablemente para el rencor, que es cien veces más duradero que el cariño. Es muy difícil perdonar. El resentimiento es un veneno que nos mantiene vivos. A lo largo de mi vida, varias personas –tampoco tantas, ¿eh?– me regalaron esa frase afilada: “Te amaré siempre”. Solo en un caso fue verdad. Y lo fue porque la muerte interrumpió aquel “siempre” antes de que las hojas del amor empezasen a volverse amarillas. Veintiocho años va a hacer de aquello, pero su anillo sigue en mi dedo. Yo también dije entonces “siempre”, y la muerte volvió eterna aquella palabra. Hoy sigo pensando que menos mal.

Las pérdidas nos agrietan, nos erosionan, nos debilitan, nos van quebrando poco a poco, nos cambian… pero no nos matan. Eso es lo peor que tienen. Se puede vivir solo. Es más difícil cuanto más viejo te haces, pero técnicamente es posible. Se puede vivir sin que te amen. Es el peor de los fracasos, pero nadie se muere de eso, digan lo que digan las canciones y la literatura. Los caballitos de mar forman parejas de por vida. Cuando uno de los dos muere, el otro deja de alimentarse y se abandona hasta que muere también. Es pura poesía, pero luego te enteras de que solo el 5% de los animales es monógamo. Y está claro que nosotros pertenecemos a la inmensa mayoría.

Sí, hay pérdidas peores que la muerte. Alguien a quien conociste cuando apenas salía de la adolescencia y lo “adoptaste”; no te amaba… pero la verdad es que sí te amaba, aunque no se le cayese de la boca ni un solo beso: veía por tus ojos, confiaba en ti, se apoyaba en ti, creía en ti, paseaba contigo interminablemente por Barcelona o por Madrid o por Venecia. Te hablaba, te escuchaba, te sentía. Te aprendía. Hasta que un día, sin más, dejó de necesitarte. Y desapareció. Sin explicaciones. ¿Tuvo la culpa de algo? No: simplemente creció, cambió, y tú estabas lejos. Pero el dolor, la amargura, la sequedad de garganta que dejó tras de sí es de los que no se pasan. Eso te hace peor, no mejor. Ya lo decía Cesare Pavese, que el dolor es absolutamente inútil. Y sin embargo aprendes que se puede vivir sin esa dulzura también. Aunque muchas veces te preguntes para qué.

Hay maneras de protegerse contra la devastación de las pérdidas. Todas son dolorosas pero algunas terminan por funcionar. Es lo que decía el escritor y premio Nobel Elie Wiesel, superviviente de los campos de exterminio nazis: “Lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia. Lo opuesto al arte no es la fealdad, es la indiferencia. Lo opuesto a la fe no es la herejía, es la indiferencia. Y lo opuesto a la vida no es la muerte, es la indiferencia”.

Quizá ustedes sepan que yo pertenezco, desde hace ya bastantes años, a una organización, asociación, hermandad (ahora mismo no sé cómo llamarlo) que tiene entre sus objetivos fundamentales uno que resulta, como mínimo, extraño a mucha gente: fomentar la convivencia, el trabajo en común, el conocimiento y la fraternidad entre personas distintas, que piensan de modo distinto y que creen en dioses diferentes, si es que creen en alguno. Todo eso no importa: lo que cuenta es el aprendizaje sincero de esa convivencia.

Como ustedes se imaginarán, es un trabajo muy difícil. Vivimos en un mundo en el que lo más habitual es adscribirse (o que te adscriban) a grupos que se basan precisamente en lo contrario: en homogeneizar a las personas, en juntarlas por sus afinidades políticas, religiosas, raciales, económicas, futbolísticas, de origen, lo que sea. Pero nosotros, que estamos un poquito locos, nos empeñamos en juntarnos –entre otras cosas– precisamente por nuestra afinidad en la diversidad o en la no afinidad. Allí no se hacen amigos; se hacen hermanos, que es cosa muy distinta.

Esa es la teoría. Pero la práctica no es tan sencilla. Sí se hacen amigos, cómo no se van a hacer. Sí se entablan relaciones personales en las que hay, muchas veces, un alto grado de afecto, de confianza, de ilusión compartida. Es inevitable: somos humanos y eso va en el diseño del ser humano. Pienso que quizá esa ilusión por compartir ilusiones comunes, o utopías, o aprendizajes, o esfuerzos, es la base de todo.

Pero, de pronto, alguien se marcha. Abandona. Se cansa quizá, y deja el trabajo común. O le puede el ego, o se decepciona, porque ningún grupo humano está libre de personas decepcionables, de otras decepcionantes y de algunas un poco chifladas, digámoslo claramente. No puedo hablar por los y las demás pero a mí, al menos en los primeros años (y en los segundos, y casi en los terceros: van quince), esos abandonos de las personas a las que habías aprendido a querer me producían una profunda indignación. Lo tomaba casi como una traición personal. Para qué te apuntas, para qué te comprometes, para qué juraste todo lo que te pusieron delante, lo mismo que yo, y luego, si te he visto, no me acuerdo. Eso no se hace, pensaba. Rompí amarras, de nuevo personales, con algunos de aquellos que no habían querido, sabido o podido continuar el trabajo conjunto. Me dolía en lo más vivo.

Hasta que me di cuenta de que, de todos los que estábamos allí el día en que a mí me admitieron, quedábamos dos. Ni uno más. Todos los demás, muy numerosos, eran nuevos, habían llegado después… y duraban lo que duraban, unos más y otros menos. Y también tuve que admitir que me estaba comportando casi como un novio traicionado. Aquellos abandonos eran, para mí, pérdidas personales muy dolorosas, casi tanto como la de Pippin para mi sobrinito Coque. Las conclusiones, obvias, eran dos: aquel trabajo era (es) bastante más difícil de lo que parece, no todo el mundo reúne condiciones; y segunda, yo me estaba equivocando de actitud.

Pero hay cosas muy difíciles de cambiar porque van en la forma de ser de cada cual, y pulir todo eso es enormemente arduo. Soy rencoroso, lo admito; y cuanto más viejo, peor, por más que me empestille en no serlo. Lo que sucedió fue que aquel goteo de “desapariciones” en mi hermandad me entrenó en soportar las pérdidas. Todas las pérdidas, incluidas las estrictamente personales, incluidas también las más dolorosas. Por decirlo con claridad: “hice callo”, apareció una coraza o costra entre mi corazón y la gente que me rodeaba. Dejé de sentir tanto el dolor de las pérdidas, pero de todas. Quizá incluí entre mis reflejos automáticos la idea de que, antes o después, llegarían. Y esa distancia, esa coraza que me salió, estaba hecha de la peor sustancia que existe en el mundo: la indiferencia de la que hablaba Elie Wiesel. No sé si habrá sido bueno para mí. La verdad es que creo que no. Pero sí tengo claro que no fue idea mía.

Sufro mucho menos, eso es verdad. Pero también he dejado de ser feliz. No dan lo uno sin lo otro. Quizá por eso me estoy quedando cada vez más solo: a cambio de no padecer lo que antes padecía, ya no sé dar lo que en otro tiempo di. Y eso acaba por alejar a la gente que merece la pena, que alegra la vida, que hace sentir, no solo pensar. Me estoy quedando, despacio pero inexorablemente, como el pobre Pippin: tirado en una orilla del camino, pero aquel muñeco no sabía –cómo lo iba a saber– que él no era nada, no existía sin Coque, que le acariciaba con la nariz y lo convertía en un ser vivo, en un indispensable objeto de amor. Yo eso ya lo sé. Por eso echo tanto, tanto de menos los besos y los abrazos.

Como también sé que hay algo peor que la muerte: su antesala, que es la soledad. Es la peor de todas las pérdidas, porque es la pérdida de uno mismo.

Cuídense. Y cuiden a quienes les quieren. No hay en el mundo tesoro como ese.

 

 

 

 

 

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