PRIMERA CITA

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Nos conocimos un domingo ya estival en una orilla interior. Pronto nos dimos cuenta de que el calor que nos hacía ir con tanta frecuencia al agua no tenía nada que ver con el provocado por la bonanza del clima. Con alguna mutua excusa aprovechamos una zona más frondosa para explorar nuestros cuerpos levemente por primera vez. Como suele acontecer en las playas públicas no marítimas de Madrid el gentío invadía la totalidad del terreno y la tranquilidad necesaria para acometer mayores ansias era inalcanzable.

Nos despedimos formales ante su familia y la del amigo que me había invitado a ir con ellos citándonos para el sábado siguiente. Era el verano del año 1969. No había móviles, no había e-mail, el teléfono estaba en medio del salón y la cita solo se confirmaba cuando los citados aparecían. Fue una semana de nervios, de muchos y muy variados nervios.  De muchas y muy variadas preguntas sobre la sinceridad, sobre la relativa velocidad del paso del tiempo, sobre la posibilidad de culminar un deseo…
Llegó el sábado por la tarde y llegó ella. Nos dirigimos al Retiro y paseamos hasta encontrar en la trasera de la Chopera un paseo umbrío, corto, desierto, fuera de los flujos de viandantes y niños, otros niños, jugando. Nos besamos. Nos besamos mucho antes de empezar a acariciarnos superficialmente como aconsejaba lo público del entorno. Tan público que apenas las manos habían captado alguna forma deseada cuando un guarda, uno de aquellos vestidos de pana marrón, bandolera de cuero con chapa y galones y banda del sombrero de color rojo nos interrumpió para comunicarnos que habíamos incurrido en una falta de actos indebidos en un lugar público que acarreaba una sanción de 50 pesetas. Que si no la abonábamos en  el momento le sería enviada a nuestras familias. Yo me preocupé. Lola se rió. El guarda se desconcertó.  Lola sacó el monedero e hizo frente al importe por el que recibimos el resguardo correspondiente que aún hoy guardo.

No insistimos. Con el deseo frustrado y a flor de piel ella me tomó de la mano y me invitó a acompañarla, sin más explicaciones. Recorrimos el trayecto hasta un sótano en la calle Los Madrazo que utilizaba su compañía para reunirse y ensayar.

Nosotros no ensayamos, pero si nos reunimos. Fue mi primera vez. El sótano, Lola, los miedos, las osadías y Jaques Brel que no dejó de acompañarnos, su voz, ni un solo momento de aquel día. Ni de los que le siguieron.
© Boticheli

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