PRIMATES EN EL HEMICICLO (3) LEONOR Y LOS DEMONIOS

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Aquí está esta muchacha, que seguramente nunca ha ido en metro y nunca tendrá que pagar una hipoteca, jurando defender nuestros derechos constitucionales. Pues buena suerte, porque la tierra se mueve debajo de sus pies.

Por un tiempo pensé que podría deslizar aquí mis modestas (y banales) aportaciones a la reflexión política con una serie bajo el título que encabeza este texto, y que abordase periódicamente los numerosos asuntos que me preocupan. Pronto lo descarté: qué necesidad de ser despellejado en la vía pública. Después me dije que el número tres, con su carácter celestial y perfecto, me permitiría al menos cerrar las entregas con una última aproximación más concreta a la realidad política de nuestros días. Pero me han pasado algunas cosas que, afortunadamente, me han hecho desistir. Un alivio, de verdad.

La primera ha sido la conclusión de la lectura del libro “La crisis del capitalismo democrático”, de Martin Wolf, editor jefe del Financial Times y por lo tanto poco sospechoso de veleidades revolucionarias. Con la capacidad que tienen las mentes preclaras de ver siempre el bosque por encima de los árboles, Wolf analiza la decadencia global del capitalismo democrático (sí, he dicho global), que no está sabiendo reaccionar correctamente a los retos que este siglo XXI le ha planteado: el ascenso de China, la conversión del gobierno occidental en una plutocracia, la inmigración, el abandono de las clases medias y trabajadoras, el poder omnímodo de las redes sociales y la tecnología. En el libro hay pellizcos para todos los amantes de la “verdad absoluta”. No se libra nadie, ni la izquierda que rechaza un sano patriotismo, ni la derecha que asimila a rivales con enemigos, ni los nacionalismos de todo tipo que destruyen la idea de comunidad. Pero en esencia lo que el autor reclama es una vuelta a un Estado del Bienestar bien pensado, que aporte estabilidad y seguridad, un compromiso con el buen gobierno y el abandono del populismo, en especial el de derechas, que por su origen anglosajón, lógicamente vincula con Donald Trump. Así que este buen hombre me ha interpelado profundamente y sobre todo, me ha dejado sin nada que decir, afortunadamente para ustedes, lectores. Explica, mucho mejor de lo que yo jamás podría conseguir, que esta es una crisis sistémica, mundial, y que la democracia liberal debe reaccionar o se transformará en una autocracia populista (y no, desde luego, en un régimen comunista como dicen algunos descerebrados). Nuestras cuitas locales, aun siendo importantes, no son más que el reflejo del desbarajuste que rige en este hormiguero mundial, que está siendo pisoteado. No es que tranquilice, pero aporta perspectiva.

Solo podría criticársele a Wolf su fe un tanto ingenua en la asociación casi mística entre democracia y capitalismo, su creencia de que no es posible la una sin el otro, y recíprocamente, en un proceso histórico inevitable que recuerda a la dialéctica hegeliana. Dejo aquí, recomendando encarecidamente su (ardua) lectura, con una de sus muchas perlas: “los votantes no votan en respuesta a cuestiones concretas, sino en función de sus identidades tribales”. Wolf dixit. Y yo no tengo nada más que añadir.

Casi al mismo tiempo terminé de escuchar “El país de los demonios”,  podcast de Álvaro de Cózar: una serie documental sobre los famosos papeles de Villarejo, las cloacas del Estado y las desventuras de uno de los fiscales del caso “Tándem”. En un descorazonador descenso a los infiernos, he ido descubriendo de forma ordenada (aunque algo densa), cómo un presunto “servidor” del Estado se hizo millonario realizando servicios privados para las distintas facciones del poder en España: el político, el empresarial y el mediático. El hedor del fango corrupto se apodera de ti mientras compruebas que los presidentes de bancos espiaban, tan panchos, a sus rivales; que los políticos que hoy se rasgan las vestiduras por la ruptura de la unidad nacional y el fin de la democracia utilizaban a la policía para secuestrar, robar documentos, crear y difundir dossieres falsos, y destruir las pruebas de su corrupción; cómo fiscales generales se deshacían de empleados incómodos simplemente porque molestaban a sus intereses privados… El personaje de Villarejo es lo de menos: repugna porque su trabajo es repugnante, y es tan solo una despreciable cabeza de turco que paga por los encargos que, de otra manera, alguien hubiera terminado por cumplir. La naúsea la produce el saber, con ese nivel de detalle, que debajo de los titulares de prensa que nos amenazan cada día con el apocalipsis de la patria, se esconde la verdadera lucha por el poder de unos simios que utilizan nuestro tribalismo y nuestras emociones para ocultarnos las auténticas reglas del juego, que se libra a mordiscos, puñaladas traperas y golpazos. Se le quitan a uno las ganas de teorizar sobre política, oigan.

Y así llegamos al tercer acto, el pasado día 31 de octubre: la jura de la Constitución por Leonor de Borbón, una joven primate muy aseadita, indudablemente bien preparada, y  a la que, por nacimiento, le va a tocar presidir nuestra manada. Y como dice Sergio del Molino en un estupendo artículo, una adolescente que ha demostrado mucha más madurez que los mendrugos que se han ausentado de la fiesta porque no les gustaba la música (aunque después se pasen a recoger la merienda). Mucho se habla de que quizás no llegue a reinar, que tal vez sea la última reina de España. Yo no lo sé. Pero a pesar de  mi republicanismo sentimental, ese que me recuerda el idealismo honrado y bueno de mi padre, ese que a veces piensa que un mundo mejor es posible y que en él no habrá privilegios innecesarios, hoy por hoy desearía que no fuese así. Viendo a todos esos homínidos en el hemiciclo, tan circunspectos, elegantemente vestidos y flanqueados por otros pobres monos vestidos de maceros, no pude dejar de reconocer la utilidad de aquel ritual. Quizás sea mejor que esta familia bien alimentada y que habla idiomas siga al frente de una institución anquilosada y a todas luces absurda que, a lo mejor por eso mismo, sigue cumpliendo su función representativa (representar: hacer presente algo con palabras o figuras que la imaginación retiene). Visto lo visto, la alternativa de una república se me antoja, si no terrible, desde luego peor. Los seres humanos necesitamos algo en qué creer, y ahora mismo una pizca de ilusión, aunque sea una página en blanco, es bienvenida. Qué mejor cierre para una serie de primates en el hemiciclo que refugiarnos en los símbolos para huir de la sórdida realidad.

En la foto (cortesía de El País, no me vayan a censurar como a mi amigo Rafa), la infanta busca algo con la mirada con un gesto de serenidad algo inconsciente, mientras su hermana se va hacia el Rolls Royce que por derecho le pertenece, dejándola sola ante el peligro. Que lo hay. Así que buena suerte con este país inacabado, Leonor la joven con brackets en los dientes. La va a necesitar, porque no lo va a tener fácil. No robe y no abuse de su poder como su abuelo, no presuma de su riqueza como sus primos, no se olvide de que es usted un mono, y a lo mejor todo le va bien. Le recomiendo, incluso, que vaya en metro algún día. Yo por mi parte prometo no hablar más de política. Hasta que me parezca bien, claro.

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