POR QUÉ NO TE CALLAS

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No es la primera vez que hablo de la importancia de los silencios, de la prudencia en nuestros comentarios, de la impertinencia de nuestros argumentos, de la soberbia en querer llevar siempre la razón, todos ellos defectos que no sólo atentan contra la oratoria sino que también entran en colisión en nuestras relaciones sociales con el derecho de los demás a expresar su opinión sobre una determinada cuestión, pues no se trata sólo de un exceso de verbosidad, sino de falta de saber expresar en el momento justo y de la forma correcta el mensaje que queremos transmitir; no sólo para dar  una buena imagen de nosotros mismos, sino también y lo más importante, para conseguir que nuestro discurso sea lo suficientemente eficaz para deleitar, persuadir o conmover a los demás, efectos que no sólo se consiguen a través de la retórica como disciplina que proporciona las herramientas y técnicas para expresarse de la mejor manera posible, sino también, sabiendo escuchar.

Sin embargo, no por mucho hablar de la cualidad del silencio, se callar cuando debo, obviando que para llegar a ser un gran comunicador, primero de todo tenemos que ser unos grandes oyentes. El éxito de la comunicación, principalmente se basa en saber escuchar  y mantener una actitud de empatía con nuestro interlocutor.

Todos creemos que nuestros argumentos son los únicos válidos, sin darnos cuenta que tienen el límite en un raciocinio basado en el conocimiento y experiencia personal que,  por no coincidir necesariamente con las de otros, hace precisamente necesario escuchar con la suficiente atención la argumentación ajena para compararla con la nuestra, porque ni el conocimiento es único ni la razón tampoco, y mucho menos, cuando lo que tratamos de comunicar son interpretaciones propias de meros datos que dicho conocimiento y experiencia nos han aportado.

Es por ello que debemos  dar la razón a quienes nos recriminan nuestro ímpetu verbal, cuando por  muy bien que estén sustentados nuestros argumentos es finalmente  la pasión la que dirige el discurso, si bien es dificil reconocerlo y menos con la intención de enmendar nuestra conducta, casi siempre bajo el argumento que nuestros interlocutores tampoco escuchan, sin tener en cuenta que cada cual es dueño de elegir entre su progreso intelectual enriqueciéndose de las argumentaciones ajenas y, consecuentemente, de su progreso personal y emocional o, por el contrario, buscar solamente el reconocimiento y el aplauso como despliegue de nuestro ego.

Cada cual tiene ya suficiente con lo suyo, de manera que erigirse en jueces de los demás, no muestra más que nuestra propia debilidad, o complejo de superioridad, que debilita, aunque no lo creamos, nuestro discurso, pues la razón se debe exponer con la cabeza y no con las vísceras, evitando en la medida de lo posible el ataque personal o el descrédito de nuestro interlocutor, tanto personal como profesional, o de sus argumentos, aunque pueda merecerlo.

Somos y, por supuesto soy, muy dados a los distintos tipos de falacias, sobre todo a la falacia ad nunerum, consistente en dar por válidos los argumentos por el número de personas que los defienden, o por el contrario  la falacia ad hominem , que consiste en dar por sentada la falsedad de una afirmación tomando como argumento quién es el emisor de ésta,  alejándonos en consecuencia del razonamiento adecuado por vulnerar alguna regla lógica o por acudir a estereotipos que tienen que ver el asunto del que hablamos, pero no con la realidad de lo que tratamos de expresar.

En definitiva, más escuchar y menos hablar, porque con la lengua  solemos tropezar más  que con los pies y, porque valorando la dignidad de los demás es por lo que merecen ser escuchados en la misma medida que queremos que se  nos escuche a nosotros.

Si no somos conscientes de nuestros propios prejuicios y juicios, reconociendo nuestras propias ideas preconcebidas, dejándolas a un lado mientras escuchamos, evitaremos saltar a conclusiones o interrumpir antes que nuestro interlocutor haya terminado de hablar. Y es porque rara vez practicamos la escucha activa, repitiendo o parafraseando lo que el otro ha dicho para  confirmar la comprensión de lo que ha expuesto, además de demostrar que le estamos prestando atención, lo que nos llevará finalmente a evitar malos entendidos.

Y, por supuesto, las palabras y los conceptos deben ser los apropiados, siendo conscientes que nuestras fuentes no tienen porque ser las mismas que las del  otro y, por lo tanto, la escucha nos ayudará a contrastarlas  y a saber que éstas pueden diversificarse, lo que nos llevará a no querer imponer nuestro criterio u opinión como cierta, sino a simplemente exponer nuestro razonamiento, sin intentar convencer de nada.

Repito, no es nada fácil, pero solamente mediante el control de nuestra palabra, fomentando la escucha, podremos llegar a conclusiones interesantes, no por ello, necesariamente con una validez universal, de nosotros depende el esfuerzo en hacerlo.

 

2 COMENTARIOS

  1. Magnífico artículo, desde el título a la última línea.

    Que difícil lo que propones; pero que necesario ese arte de escuchar más y hablar menos.

    Muchas gracias.

  2. Lo esencial de toda conversación en saber escuchar; asimilar lo que el interlocutor nos quiere transmitir y sobre todo el Silencio y el silencio; sí, dos silencios; el primero con mayúscula porque es el paso previo para saber qué es lo que se quiere decir, la reserva preliminar necesaria para la reflexión antes de hablar y con minúscula porque es la pausa activa de la escucha y entendimiento, el respecto a la palabra de quien se dirige a mi. . . .

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