PERSONAJES EN TORNO A LOS SUEÑOS Y UN AUTOR ATRIBULADO

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Composición: plazabierta.com

¡Hubiéramos tenido aquello que deseábamos fervientemente si la vida no fuera otra cosa distinta a lo que soñamos! —expresó con sabiduría Calderón de la Barca—. ¡Discrepo, existe lo que soñamos, está en algún lugar del espacio o del tiempo y lo cogemos, porque, lo que soñamos, es la prehistoria de la realidad! —aclaró doctoral y un tanto puesta María  Zambrano, la filósofa—. “A través del duende viajamos a esa zona, lo he explicado en Teoría y juego del duende” —precisó Federico García Lorca, al tiempo que daba unas notas de piano –.

Entonces, Don Quijote, a quien no gustaba el piano, soñó que salía a la vida real encarnándose para dar un paseo por el mundo, ya que él, lo que son las cosas, sí se consideraba prehistoria de lo real. ¡Cuántos Quijotes no habré creado yo! –se jactó-  Decidió partir en busca de gigantes. ¡No son gigantes mi señor! —espetó Sancho —. ¿Qué han de ser si no, escudero? Son rascacielos, mi señor Don Quijote, que se elevan a las nubes y las rozan. Don Quijote calló y volvió al libro de donde había venido. En el libro le contó a Sancho que había soñado con palacios muy altos que rozaban el cielo. Entonces, Sancho le contestó que esas cosas no existían más que en su magín. ¡Calla mentecato, que en el sueño bien decías que no eran gigantes, si no rascacielos, obras de los hombres! Pregúntale si no a Hamlet, que ese se pasa todo el día pensando y lo sabe todo.

A Hamlet, ensimismado, el mundo exterior le resultaba indiferente. Yo soy el principio del hombre moderno, Sancho —contestó Hamlet—, por eso pienso por mi cuenta, y, por cierto, desde que albergo la duda de si ser o no ser ha comenzado el inicio de la caída del mayor de los gigantes. El que está en los cielos. Pero no le preguntes a Hemingway. Creo que está explicando el suicidio a Cervantes. Le han cerrado el paraíso y está pelín pesado. Yo no quiero escucharlo. Me da headache, por Dios. ¡Ay, nadie mandó a su alteza decir eso de ser o no ser y luego meter la pejiguera de que todo sufrimiento podría resolverse clavándose en los vientres una navaja —reprochó Sancho a Hamlet—, que se meten esas cosas en la cabeza y luego, mire por donde, Hemingway se pegó un tiro.  Más que sufrió Don Miguel en cautiverio no lo ha padecido Don Ernest —matizó, finalizando, el escudero, como diciendo que mejor hacer de tripas corazón—. Dulcinea nunca ha existido, Sancho, pero la culpa la tienes tú, que lo castras todo —ironizó el príncipe de Dinamarca—. No, señor Hamlet —repuso Sancho— fueron los trovadores de la Occitania, que nos metieron la mandanga del amor cortés. Y el mal de amor desde entonces… Tanto sueño. Mi señor solo ha tenido quebrantos a cuenta de eso.

¡Ay, desde que Dios ha muerto qué complicado es vivir mezclados todos los seres literarios de la historia junto a sus autores —replicó Nietzsche desde una esquina de la república de las letras—. Antes, había más orden. ¡Nadie le mandó al señor filósofo matar a Dios, que estaba muy bien donde estaba! —dijo el escudero con desdén– Ahora estamos solos.

¡Qué conste que a mí me hubiera gustado ser como Sancho! —profirió Don Quijote—. Todo es práctico en él. Mirad, sin embargo, al autor de este artículo, el atribulado Guillermo, escribiendo en un dispositivo móvil ese su idealismo ensoñador que le ha llevado adonde está. Como a mí mis salidas de la Hacienda. ¡Quía, o como la irradiación del Cid, que dicen las malas lenguas que no todo fue su voluntad! —se jactó Sancho—. ¡Malas lenguas son y basta, Sancho, y muy malas! Sea. Que a fin de cuentas el de Burgos fue leal vasallo de su señor.  Los nobles no rinden cuentas al vulgo, los escritores tampoco. El letrado está en la búsqueda del Grial y esa es buena hazaña, si sale. Déjale que sueñe y que viaje.

Más bien parece que esté en amores de claro de bosque, que son la perdición de los caballeros. Yo encontré el Grial, no él —opuso Perceval. ¡Ay, de los amores, cómo trastocan la vida! Yo escribí Poeta en Nueva York a consecuencia de  un desamor, y he de decir que es el mejor aliciente literario –soltó el poeta granadino, muy ufano, acariciándose el hueco dejado por el tiro fascista que lo mató—.Arturo se llevó una decepción con Ginebra, es verdad. Y Ernest se la bebió toda, la ginebra, digo —rió Merlín–. Mira que no le costó  nada sacar Excalibur de la roca, para que luego la reina le destrozase la vida –se lamentó—.

Atento el lector, que vuelvo, yo, sí, el autor del artículo. Dejemos a nuestros universales compañeros en sus disquisiciones. Hay algo en nuestros sueños que condiciona la realidad desde que queremos que lo soñado se realice. Los sueños no son solo sueños, en mi opinión, sino una vocación de ser y de hacerse, una voluntad, un impulso y los hombres siempre parten de la distinción entre quienes son idealistas y aquellos otros que viven esclavos de las rutinas. A mí, me ha tocado lo primero, pero, como en todos los tiempos, viviendo la realidad de un mundo que solo sueña a través del cine y de la publicidad, es decir, a través de lo superfluo, que hasta los sueños nos han quitado. Ser soñador, en cambio, pero soñador verdadero, de pata negra, te compromete al cambio y a su lucha, maridas con la mejora de ti mismo y del mundo, padeces vivir bajo un sol de realidad que te esclaviza, eso es cierto, pero en la lucha te elevas espiritualmente y despegas del suelo. Como Don Quijote en aquella locura suya que predicaba sin embargo la locura del resto, como todos aquellos para quienes la realidad es solo un ensayo mejorable de aquello a lo que debemos aspirar. Sea.

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