PERSIGUIENDO UN SUEÑO. Capítulo 3º

 

“Charlot”, el entrañable vagabundo

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El señor Chaplin no llegó al hogar hasta bien avanzada la tarde, afortunadamente para sus hijos aquel día lo hizo sobrio. Les saludó cariñosamente, lo cual les ayudó a mantener cierto sosiego. Comenzaron a asistir a la escuela de Kennington Road. El cotidiano y cercano contacto con los demás niños contribuía a aliviar la pesada carga que la inflexible y autoritaria Louise se empecinaba en echar sobre sus frágiles hombros. Los sábados obligaba a Charlie a fregar los suelos y a realizar diversas tareas domésticas, su hermano intentaba evitarla sin conseguir evadirse totalmente de algunos trabajos o encargos, mientras ella dedicaba la jornada a disfrutar de su afición favorita en compañía de la amiga de turno, beber sin control. Enajenada por el alcohol descargaba la frustración profiriendo quejas a mansalva y soeces agravios contra ellos, sin cohibirse por su presencia. La embriaguez reforzaba la animadversión que sentía por Sydney repitiendo con marcada desmesura el deseo de verle en un reformatorio, lo justificaba diciendo, “ni siquiera es hijo de Charles”.

Louise no revelaba ningún secreto. Hannah había compartido con sus hijos de manera natural tan relevante hecho omitiendo detalles dada su corta edad. Tenía dieciocho años cuando conoció a un lord. Impulsada por un romántico y exuberante amor, en plena efervescencia juvenil, decidió acompañarle a África. Fruto de aquel apasionado romance nacería Sydney. La relación fracasó y ella regresó a Londres llevándose a su hijo. En el teatro volvió a coincidir con Charles, se casaron y un tiempo después nació el hijo de ambos, Charlie Jr. Sydney recibió el apellido de su padre adoptivo y del biológico una cuantiosa herencia de la que dispondría al alcanzar la mayoría de edad.

La conflictiva convivencia con Louise les condenaba a vivir en un permanente estado de tensión. Una noche en la que estaba embriagada entró voceando y dando tumbos en la sala donde dormía Sydney, presa del desvarío pretendió echarle de casa. Él reaccionó de inmediato, agarró con determinación el puntiagudo estilete que ocultaba bajo la almohada y la amenazó con utilizarlo si se atrevía a acercarse. Sobresaltada por el intenso y frío brillo del afilado metal retrocedió trastabillando, finalmente desistió en la pugna y volvió a su alcoba tras dificultosos esfuerzos. El pesimismo de Charlie crecía infinitamente cuando era testigo del trato vejatorio que dispensaba a su querido hermano. Le atemorizaba la perturbadora transformación de Louise con la cara desencajada, la mirada opaca, extraviada, y una conducta caótica; unas veces se mostraba indolente e irreflexiva, otras exacerbada, y en demasiadas ocasiones estallaba en ruidosas e indulgentes carcajadas al escuchar las blasfemias que salían por la boca de su hijito con carita de querubín.

Abatido soportaba el transcurrir de las horas en silencio, la preocupación le sumía en una especie de duermevela hasta que comenzaba a oír las alegres canciones del acordeón procedente de los pubs cercanos a la vivienda. Tendido lánguidamente sobre la cama sucumbía al arrullo de las melodiosas notas y agotado por el cansancio se quedaba dormido. A altas horas de la madrugada la tranquilizadora música era reemplazada por las dicharacheras conversaciones y el vehemente jolgorio de los parroquianos que atiborrados de bebida se retiraban a sus hogares. Charlie no entendía el veleidoso mundo que giraba impasible alrededor de ellos sin reparar siquiera en el infortunio que asolaba su joven existencia.

Un sábado al regresar de la escuela encontró la casa vacía. La casera dijo que Louise pasaría el día fuera. No tenía suelos que restregar, miró en la despensa y tampoco encontró nada que comer. Decidió dar una vuelta a un mercado cercano, vagando de un puesto a otro, contemplando hambriento los apetitosos alimentos expuestos tentadoramente en los escaparates. Atraído por la cantarina verborrea de los mercaderes, competían entre sí, se distrajo observando admirado la derrochadora energía y la habilidad con la que trataban a posibles clientes. Atardecía cuando regresó a casa, pero continuaba vacía. – ¿Dónde estaría su hermano?, ¿le habría reprendido Louise? – se preguntaba extrañado. Desconcertado salió nuevamente a la calle. Suspiró fatigado, dispuesto a esperar pacientemente sentado en la orilla de la acera apoyó los codos en las rodillas y las manos sobre la cara viendo pasar el tiempo y la gente. Era hora de abrir las puertas de los pubs al público y la oportunidad de talentosos artistas para lucirse tocando sus instrumentos. Un asombroso eco captó su atención, embelesado por el magistral sonido del piano olvidó el hambre y al fin vencido por el cansancio decidió irse a dormir.

Al cruzar la calle le llamó la atención una extravagante figura, avanzaba con paso inseguro, tan encorvada que parecía iba a caer de un momento a otro; de pronto se irguió y seguidamente se inclinó al lado contrario, un niño pequeño la precedía, saltaba y corría jugando en torno a ella. Reconoció a su hermanastro y a Louise, estaba ebria. Desazonado pensó que debía evitarla, aguardó hasta verla entrar en la vivienda y luego se deslizó con cautela intentando acceder al interior a hurtadillas. Sin embargo, al atravesar el rellano de la entrada le descubrió, furiosa y balbuceante le gritó que se fuera. Bajó atropelladamente las escaleras retornando a la calle muy asustado.

Anochecía. De repente recordó el nombre de un pub que visitaba el padre en Prince’s Road, el Queen’s Head, iría a buscarle allí. Apenas había iniciado su andadura cuando surgió entre las sombras una silueta familiar, tambaleándose peligrosamente dobló la esquina de la desértica calle, era su padre y también caminaba bebido. Acudió al encuentro y entre sollozos le explicó lo ocurrido, tuvo que ayudarle a subir las escaleras. En la sala Louise ofrecía una patética imagen, con un aspecto descuidado se aferraba al aparador para no caerse, les recibió con una lluvia de insultos arrastrando entrecortadamente las palabras. Charles Sr., hizo lo propio agarrándose a la repisa de la chimenea, mirándola con ojos vidriosos y amenazadores, sudando agitado. La mujer mantuvo una postura insolente, obstinada, negándose a aceptar la presencia de Charlie, semejante desplante desató una borrascosa discusión en la pareja. Durante el fragor de la disputa Charles cogió el cepillo de la ropa y lanzándolo al vuelo atinó a golpearla en la cabeza, cayó al suelo desvanecida. Impactado por el indigno acto de su padre sintió que le perdía el respeto. Sydney presenció la escabrosa escena, el asunto concluyó con ellos yéndose a dormir afectados de una profunda melancolía y su progenitor marchándose muy alterado.

Charles Sr., poseía un atractivo natural, a veces lograba impresionar a sus hijos de lo agradable que podía llegar a ser. Los domingos, no todos, solía estar sobrio. Entonces se comportaba con paternal afecto, complaciente, hablaba entusiasmado del vodevil y de sus fantásticos compañeros, les narraba entretenidas historietas y mostraba su faceta de artista contándoles divertidas anécdotas. Charlie se debatía en una eterna ambigüedad. Inesperadamente un día llamaron a la puerta los representantes de la Sociedad para la Prevención del Maltrato Infantil, con una advertencia oficial dirigida a Louise por haber incurrido en una grave negligencia. El origen radicaba en uno de los días que les había desalojado de casa. La policía les encontró una fría noche de invierno a las tres de la madrugada durmiendo juntos al calor de la hoguera del sereno, los agentes denunciaron la incidencia a las autoridades competentes. Sydney tenía doce años y Charlie todavía no había cumplido los ocho.

Hacía unas semanas que su padre se hallaba de gira actuando en provincias cuando recibieron una carta inesperada. En su ausencia la abrió Louise. La misiva anunciaba al señor Chaplin la buena nueva, Hannah había salido restablecida del manicomio. Transcurridos un par de días, la casera apareció apresuradamente, una señora andaba indagando en el barrio, al parecer preguntaba por ellos. Sydney no esperó a más razones y corrió enloquecido escaleras abajo, Charlie siguió sus pasos, arrojándose en los amorosos brazos de su madre. Recogieron sus escasas pertenencias exultantes de felicidad, sintiéndose afortunados de abandonar la hostilidad contenida en las paredes de aquella horrible casa ante la satisfecha mirada de Louise, Hannah permaneció en el exterior sin pronunciar un reproche. Fueron a vivir a una habitación alquilada en Kennington Cross, extremadamente modesta, el trascendental hecho residía en que la familia volvía a estar unida de nuevo. Y para ellos aquel era un privilegio inestimable.

FILE – In this 1931 film image originally released by United Artists, actor Charlie Chaplin is seen in the silent film «City Lights.» A new musical «Chaplin,» depicting the life of film icon Charlie Chaplin, will open on Broadway on Monday, Sept. 10, 2012 at the Barrymore Theatre in New York. (AP Photo, file)

-La gente más dulce suele ser la gente a la que más se maltrata-

Charles Chaplin

 

 

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Continuará

 

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