Peritos en nieblas

 

Image by Stefan Keller from Pixabay

Es importante nacer en el lugar adecuado, aunque no está claro que tal hecho pueda elegirse de forma libre o de ninguna otra forma cualquiera. Y es importante porque sin duda el lugar de nacimiento marca a la persona desde antes de que pueda considerarse tal.

Los gallegos nacemos siendo peritos en nieblas, maestros en climas nubosos y entes nebulosos, que conviven cotidianamente con nosotros. Somos expertos, por nacimiento, en manejar, casi como quien no quiere la cosa, sin darnos importancia, los límites de los universos y traspasarlos multitud de veces en nuestra vida, hay días en nuestra vida que varias veces, sin abandonar nuestra rutina, ni considerarnos merecedores de ningún pábulo o reconocimiento.

El gallego entra y sale de las distintas realidades sin cambiar el paso, sin aspavientos, resortes, ni artilugios que conlleven ningún tipo de puesta en escena espectacular o ficticia. El gallego entra y sale de universos paralelos en el mismo acto y desplazamiento que va a por el pan, al trabajo o a encontrarse con los amigos.

Seguramente alguien piense que estoy reivindicando algún tipo de mérito o superioridad nacionalista para los que hemos nacido en ese territorio sentimental recortado políticamente, pero no es esa la cuestión. No es un hallazgo, no es un logro, es la consecuencia de haber nacido donde lo hemos hecho y se mantiene durante generaciones aunque los vástagos nazcan en otra parte. Somos peritos en nieblas, maestros en climas nubosos y entes nebulosos porque nacemos entre ellos, en ellos, puede que de ellos.

Tal vez por eso, seguramente por eso, el cambio climático supone en el gallego, no solo en el gallego pero si más en el gallego, una pérdida de su entorno cotidiano, una merma en sus facultades inherentes, una languidez nociva en su discurrir diario. El cambio climático nos ha llevado a cambios perniciosos en lo habitual, en lo coloquial y en lo íntimo.

El gallego, convenientemente equipado interior y exteriormente, con su ropa de abrigo imprescindible sobre el cuerpo y sus “sopas de cabalo canso” o su buchito de aguardiente haciendo de giroscopio en sus entrañas, se lanzaba a su realidad cotidiana de traspasar fronteras universales en sus desplazamientos habituales.

A través de la niebla, sumergido en ella, podía visitar, visitaba de hecho aunque no de forma consciente, diferentes universos mágicos sin que necesariamente se encontrara con sus habitantes o percibiera el cambio. Andar por el mundo de las ánimas, por el de las meigas, por el de los hombres, por el de las mágicas moras, y de nuevo y alternativamente por cualquiera de ellos, para, finalizado el camino desembocar de la nebulosa frontera en el destino y universo previamente determinados, es una habilidad que a ningún gallego le es negada.

Claro que una cosa es tener una habilidad, un talento, y otra muy distinta es ser consciente de ello, sobre todo si se ejerce, si se utiliza de una forma tan espontánea. Si  al final somos conscientes de que tal pericia existe, de que tal maestría es ejercida, es porque algunos, ocasionalmente, toman conciencia de lo extraordinario de lo sucedido. En unas ocasiones por el encuentro inopinado con esos seres fabulosos que habitan en esos universos accesibles, en otras por la simple deducción intelectual de las experiencias ajenas.

Hay quien todavía cree, fuera de los gallegos, por supuesto, que la famosa frase de que no se cree en las meigas pero existen, tiene algo que ver con la tan aceptada, y celebrada, indefinición propia del carácter del gallego, pero esto no es realmente así. “Las meigas no existen”, en este universo, y cualquier gallego puede corroborarlo sin empacho alguno, “pero haberlas haylas”, en alguno de los universos que hemos atravesado traspasando los limites nebulosos que nuestro discurrir nos ha presentado, y esto también podemos decirlo sin que nos tiemble la certeza.

Las “meigas néboas”, o meigas neblinosas, usan los jirones de esas nieblas que entretejen los portales universales para tomar cuerpo en el límite, en el finísimo límite, que señala la frontera entre el universo de las ánimas, el universo de lo mágico y el de los vivos, se supone que el nuestro, y conducir a las ánimas que lo necesiten hasta San Andrés de Teixido en Santa Compaña. No digo nada nuevo.

Pero el clima ha cambiado. Las nieblas no son tantas, ni son tan densas como lo eran antes, cuando andar de universo en universo era una caminata cotidiana. Las fronteras que se hacen evidentes ya no se traspasan con la misma facilidad, con la misma inocente inconsciencia de quien pudiera andar por el aire como si volara en el suelo. Las meigas ya no consiguen la materia necesaria para hacerse corpóreas, las ánimas no peregrinan a donde debieran, y el descreimiento procaz, la pérdida de la pericia y los valores que todo ello conlleva, se va haciendo evidente.

Parece ser, aunque no acabo de creérmelo, que hay unas mentes descarriadas que se dedican a crear nubes de fuego para intentar suplantar a las perdidas nieblas. Ya lo dije, descarriados, víctimas de una pérdida de valores que no pueden comportar nada bueno. A través de las nubes de fuego solo se pueden visitarse universos infernales, ni mágicos, ni cotidianos, y quién pretende visitarlos no vuelve.

Los gallegos nacimos siendo peritos en nieblas, maestros en climas nubosos y entes nebulosos que conviven cotidianamente con nosotros. Al menos hasta ahora. Ahora peritos en fuegos.

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