PENSAR O NO PENSAR: ESA ES LA VERDADERA OBEDIENCIA

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En el vasto y erudito mundo de ‘El nombre del viento’, el maestro Lorren —silencioso centinela del conocimiento y uno de los nueve pilares de la Universidad— no necesita levantar la voz para ser temido. Su juicio pesa más que cualquier hechizo, porque representa algo más raro que la magia: la consecuencia. En un momento clave de la saga, reprende a Kvothe por una de sus habituales imprudencias con una sentencia que no solo le atraviesa a él, sino a nosotros como lectores: no basta con tener buenas intenciones si no se piensa en lo que se hace. Porque la inconsciencia no se redime con excusas, y mucho menos cuando el daño ya está hecho.

Es curioso cómo una frase de un personaje ficticio puede dialogar tan profundamente con los horrores del mundo real. Porque esa misma advertencia atraviesa la obra de Hannah Arendt, cuando nos revela, con una serenidad que hiela la sangre, que el mal no siempre se viste de monstruo: a veces lleva traje gris, acata órdenes, y cena con su familia cada noche. En su célebre análisis sobre el juicio a Adolf Eichmann, acuñó un concepto que debería estar tatuado en la conciencia colectiva: la banalidad del mal. No hace falta odio para hacer daño. Basta con no pensar.

Arendt no hablaba de demonios, sino de burócratas. De gente normal. Gente que, bajo el abrigo de un sistema, ejecuta el horror con la serenidad del que sigue instrucciones. Y lo más alarmante es que esa obediencia no necesita látigo: basta con la inercia del pensamiento no ejercido.

Stanley Milgram, desde la psicología social, corroboró empíricamente lo que Arendt intuía filosóficamente. En su experimento sobre obediencia, personas comunes aceptaban aplicar descargas eléctricas letales a un desconocido porque una figura de autoridad lo ordenaba. No por sadismo. No por ideología. Por obediencia. Por no querer pensar fuera del guion.

Hoy, en pleno siglo XXI, nos gusta imaginar que hemos superado esa época oscura. Que ya no hay Eichmanns ni experimentos como el de Milgram, que la racionalidad y los derechos humanos se han impuesto como escudo ante la obediencia ciega. Pero es un espejismo reconfortante. Lo cierto es que los mecanismos del mal, tal como los describieron Arendt y Milgram, siguen plenamente operativos. Solo que ahora son más sofisticados, más higiénicos, más difíciles de señalar con el dedo.

Porque ya no se obedece al Führer: se obedece a un algoritmo, a un experto, a un comité. El látigo ha sido sustituido por el consenso, y el miedo, por la corrección política. El resultado es el mismo: la suspensión del juicio individual en nombre de una autoridad superior que, esta vez, promete ciencia, seguridad, progreso.

Durante la pandemia del COVID-19, esta maquinaria se reveló en todo su esplendor. Quien dudaba de las versiones oficiales era rápidamente expulsado del debate público. La “ciencia” se convirtió en una palabra blindada, incuestionable, y a menudo usada como dogma, no como método. Se silenciaron voces, se ridiculizó la cautela, se convirtió la prudencia en sospecha. Investigadores independientes como Dani Díaz, que osaban encontrar y compartir la verdad tras la gran farsa y los discursos oficialistas para las masas, fueron tratados como herejes contemporáneos. No hacía falta discutir sus argumentos: bastaba con descalificarlos.

Y entonces volvemos a Arendt. Porque eso —esa renuncia colectiva al pensamiento, ese castigo al disenso, ese automatismo social donde se prefiere obedecer antes que arriesgarse a pensar— es precisamente la banalidad del mal. No un crimen cometido por monstruos, sino por ciudadanos obedientes, convencidos de estar haciendo lo correcto.

Incluso las ideas más inquietantes —como la sospecha de que existen hoy formas solapadas de eugenesia, camufladas en discursos sobre control poblacional, sobre sostenibilidad, sobre eficiencia— son descartadas sin análisis. “Conspiranoia”, se dice, como si el término bastara para clausurar la conversación. Pero ahí están las declaraciones, los vídeos, los proyectos financiados por figuras como Bill Gates, donde se habla abiertamente en charlas TED de reducir la población en ciertas regiones como si fuera una cuestión técnica, no ética. ¿Y la reacción del público? En su mayoría, indiferencia. Porque pensar duele, incomoda. Y cuestionar lo que viene desde arriba sigue siendo mal visto, incluso cuando los hechos lo exigen.

La mayoría de las personas reconoce con facilidad los errores del pasado. Señalan con indignación las atrocidades del nazismo, los abusos del estalinismo, los delirios del darwinismo social. Pero muy pocos se atreven a ver los ecos de esos errores en el presente. Como si el mal tuviera fecha de caducidad. Como si ya no pudiera ocultarse en un despacho ministerial, en un laboratorio, en un titular.

Vivimos rodeados de narrativas blindadas. Sobre atentados, catástrofes, pandemias. Versiones únicas que no admiten fisuras. Y cuando alguien recuerda un detalle que no encaja, o pone en duda el relato dominante, se le remite al “efecto Mandela”: tú estás equivocado, no el sistema. La historia es lo que dicen los archivos, no lo que tú recuerdas. El pasado se rectifica. El presente se homologa. El futuro se planifica sin ti. El Ministerio de la Verdad ha expandido sus horizontes y ha abierto infinitud de nuevos despachos en el interior de las mentes de los individuos que conforman la gran masa social.

Y por eso, Lorren —ese personaje ficticio que calla más de lo que habla— se convierte en una figura tremendamente actual. Su advertencia a Kvothe es, en realidad, una advertencia a todos nosotros: no hay excusas para la inconsciencia cuando sus consecuencias arrasan a los demás. Pensar no es un lujo; es un deber. Un escudo moral. Un acto de resistencia.

Porque el problema no es solo que existan nuevas formas de control o discursos deshumanizantes disfrazados de filantropía. El problema, el más profundo, es que cada vez somos más los que colaboramos sin querer. Cada vez menos los que se detienen a pensar: “¿Qué estoy validando con mi silencio? ¿Qué estoy permitiendo con mi obediencia?”.

No es una cuestión de ideología. Es una cuestión de dignidad. Pensar no te hace más rebelde, te hace más humano. Y dejar de pensar, como decía Arendt, no te convierte en víctima: te convierte en engranaje.

La historia no necesita repetir sus horrores para que los estemos ya viviendo. Basta con que repitamos sus excusas.

2 COMENTARIOS

  1. Madre mía !!! Se me ha puesto la piel de gallina. Me he emocionado al saber que aunque seamos pocos los que pensamos lo mismo, al menos podemos sentirnos acompañados en las ideas y eso es muy reconfortante.

    Gracias por tu valentía, tu elocuencia y tu conocimiento de causa. Suscribo plenamente todo lo que dices.

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  2. El mal que vd. plantea (actuar sin pensar) podría calificarse hoy como pandemia. Y no me refiero a los impulsos, sino a las acciones sistemáticas.

    Creo que buena parte de los “-ismos” (nacionalismo, populismo, sanchismo, progresismo, conservadurismo… y mucho más —los que vd. quiera—) son una manifestación de ese mal.

    Es humano equivocarse (¿quién no lo ha hecho?) pero es difícilmente justificable mantenerse en el error cuando las evidencias resultan apabullantes.

    Muy interesante su artículo. Gracias.

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