PENA POR IVÁN (QUINTANA) PERALES

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Ignacio Martínez de Pisón con su libro «Fin de temporada»

 

Tres años después de su ‘Derecho natural’, Ignacio Martínez de Pisón ha publicado otra nueva novela: ‘Fin de temporada’ (Seix Barral). Aunque se trate de una historia distinta, de nuevo contiene una indagación sobre una confusa mezcla de sentimientos, donde el rencor y el desconsuelo alternan con la nostalgia y hasta el alivio.

Martínez de Pisón es un magnífico observador de la vida y retrata con impecable estilo las relaciones que se bordan alrededor. La reverberación del pasado, de lo que ocurrió y de lo que acaso pudiera no haber sucedido nunca, hace destacar de un personaje que “un apretado grumo de sensaciones le cortaba la respiración”.

Dos gatos con nombre “corrieron a refugiarse entre las sombras”. O “un olor espeso a mandarinas, tomates pochos y tierra mojada lo invadía todo”. O la abuela que para zanjar una discusión encendió la televisión, sin decir una palabra.

La conexión con la música de antaño, como ‘Here comes the sun’, una canción de los Beatles con medio siglo de existencia. O el vínculo con una película polémica como ‘Thelma y Louise’, de hace treinta años y con final infeliz.

Instalados los protagonistas vivos en Tarragona, aparece de forma tangencial el desmantelamiento de unas centrales nucleares. Tres en esa comarca, muy cerca unas de otras. Ascó, Vandellós I: “una construcción cuadrada y sin gracia como una inmensa caja de zapatos que las olas hubieran arrastrado hasta la orilla, y a su espalda Vandellós II, redondeada, chaparrita, con aspecto de juguete y para niños”.

También se advierten otros detalles que son minúsculos, pero que tienen un alcance nada insignificante. Así, se nos dice que el joven Iván se dio cuenta de que se estaban dando por sentadas muchas cosas y que en ocasiones ni nos planteamos el porqué de esa obsesión de borrar el pasado. ¿Es posible contener el efecto de las historias torcidas en la adolescencia y enderezarlas, y, si es así, cómo hacerlo? De dos mujeres protagonistas se señala que “la vida las había baqueteado pero no las había endurecido”. Hay momentos en que la vida te obliga a elegir y, por tanto, a renunciar. “Iván se preguntó si cada una de ellas habría acabado siendo la otra en caso de que hubieran intercambiado las circunstancias”.

A veces nos domina la expectativa de una pose: “Rosa se tiró de la punta de los dedos para quitarse los guantes de látex, que se despegaron de la piel con pequeños chasquidos. Dedicó unos segundos a cómo poner su mejor expresión de mujer ultrajada”. Más allá de los afectos, una red de rutinas da seguridad.

En Toulouse se recorre la mítica plaza Wilson y la calle Étoile, sede del Ateneo Español, y se nos habla de que el pasado antifranquista de una familia quedaba limitado a una reproducción de una paloma de la paz de Alberti y a media docena de discos de Paco Ibáñez y Joan Manuel Serrat.

Iván, un hijo póstumo, se veía dominado por el sentimiento de creer que había nacido para llenar el vacío dejado por su padre. La nostalgia de una vida que no había llegado a vivir, no ya el llegar a conocer a su padre sino a toda su familia paterna, cacereña. El conflicto entre su pasado, que pudo no existir, y el porvenir de su madre superviviente se resuelve de una forma desdichada, sometido a una relación tan posesiva con apenas espacio para nadie más. Una vieja amiga de la familia le recriminará con singular dureza estar “tan encerrados en vosotros mismos que no sois capaces de ver a los que estamos al lado”, “como esos árboles que no dejan que crezca nada a su alrededor”. Para rematar, lo descalifica y le pronostica que toda su vida tendrá miedo y será cobarde; “me das pena, Iván. Me das mucha pena”. La falta de carácter del muchacho le conduce a sacrificar su vida y la de su novia, al compadecer sin madurez a su madre y someterse a un enterramiento vivo; se condena, pues, de por vida. Una confusa mezcla de sentimientos, donde el rencor y el desconsuelo alternan con la nostalgia y hasta el alivio.

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