PELEA DE GALLOS

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“Cuando canta el gallo negro es que ya se acaba el día, si el gallo rojo cantara, otro gallo cantaría”. Esta emocionante canción de Chicho Sánchez Ferlosio sobre una pelea de gallos simbólica, entre el gallo negro del fascismo y el rojo del socialismo, nos puede servir perfectamente de guía para comprobar la ausencia en nuestro día a día, de un gallo rojo que defienda las necesidades sociales de las clases menos pudientes, incluida la clase media, abandonada y denigrada por todos los bandos, que la ubican respectivamente en el bando contrario, sumiéndola en una desprotección, indefensión y persecución, que atenta directamente contra cualquier reivindicación de igualdad, o de justicia, y hace palmario el nulo interés en una sociedad más equitativa.

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Este es solo uno , ni siquiera el más relevante, de los inmensos sinsentidos de una izquierda carente de líderes, de ideólogos, reemplazados por políticos mediocres con los pies metidos en el populismo y las manos en ambiciones personales de trascendencia histórica y de poder, personajes con pies de barro que arrastran y encandilan a una sociedad necesitada de soluciones, dispuesta a entregarse por unas palabras que nunca llegarán a ser remedios para sus males, males que invocan, que enumeran, sin tener la más mínima capacidad para darles soluciones, inmersos en recursos, discursos y latiguillos, que en otro tiempo pueden haber sido eficaces, pero que a día de hoy no son más que una muestra patética de la mediocridad, cuando no desinterés, de aquellos que dicen liderar ese movimiento.

“El gallo negro era grande, pero el rojo era valiente” sigue desgranando el combate Ferlosio, describiendo una desigualdad entre clases perfectamente marcada hasta la segunda guerra mundial. Hoy, el gallo negro sigue siendo grande. Es incluso, tal vez, más grande que entonces, más poderoso, más preparado, pero, si yo fuera el poeta, y tuviera que rimar la estrofa con las experiencias de hoy, diría que el gallo rojo está ausente, desaparecido en, devorado por, integrado en, un sistema incapaz de manejar y con el triste prurito de hacer más daño que bien cada vez que se le da una oportunidad, por la incapacidad de sus líderes, y la mediocridad reivindicante de pasados de las bases que los apoyan. Un gallo que ni tiene entrenador, ni una táctica que le permita enfrentar un combate con alguna garantía, tal vez porque no tiene recursos, ni capacidades, propios, o tal vez porque yendo de manos inútiles en manos inútiles, ya no es rojo, solo lo han pintado de ese color para que parezca que hay combate, que hay oponentes, cuando solo hay ausencia, abandono, entrega, mediocridad y pasado.

“Gallo negro, gallo negro, gallo negro te lo advierto, no se rinde un gallo rojo si no cuando ya está muerto” Y lo está, o, cuando menos terminal, o se está haciendo el muerto para ver que pilla, o, en realidad, y a pesar de su color, su verdadera ansia es ser un gallo negro, pero siempre que respeten el color de de sus plumas, para confundir a los que apuestan, color del que en el fondo reniega, pero cuya apariencia le garantiza unos réditos. Él también quiere mandar sin oposición, crear una élite que imponga sus ideas a los demás, vivir de ser poderoso, y estar por encima de cualquier ley. Un ideal no diferente del que sustenta el gallo negro, pero envuelto en plumas mentirosas que ocultan la falsedad, el vacío ideológico, la nulidad gestora, la invocadora irrealidad que, con su fracaso, hace fracasar a aquellos que de buena fe, seguramente, suponían depositar la apuesta de sus esperanzas en un gallo de pelea de plumas brillantes, esperanzadoras, edificantes, pero sin percatarse de la ausencia de un lugar para aposentar la cresta.

Esta es una pelea amañada, una pelea ya ganada en los corrales por los criadores que solo crían gallos negros, y mantienen una pequeña cantidad de gallos rojos sin capacidad para la lucha, sin entrenamiento para la pelea, sin otro fin que seguir enriqueciéndose con las apuestas que, mientras no haya un nuevo criador, alguien que introduzca una nueva raza de gallos que realmente disputen un lugar en la gallera, y garanticen la limpieza de los resultados, seguirán siendo los amos del espectáculo. Ni siquiera las reglas son limpias, perfectamente medidas para que los combates siempre les favorezcan, sea cual sea el resultado.

Esto que escribo a continuación, no lo dijo Ferlosio, pero si viviera hoy, tal vez añadiría esta estrofa:

Gallo rojo mentiroso, gallo rojo de alma negra,

No por mucho que aparentes, tu lucha va a ser la nuestra.

Esperamos a otro gallo que reine en la gallera

Un gallo de mil colores con el honor por bandera.

Para ver la mentira, para comprobar la falsedad de unos planteamientos pretendidamente progresistas, basta con repasar la trayectoria de nuestro gallo rojo y sus logros; es un repaso ilustrativo. Desde que la pretendida democracia se instauró en España, allá por el año 78, el autonombrado gallo rojo ha gobernado  veinticinco años, más de la mitad del tiempo total, cuarenta y seis años. Después de esos veinticinco años la brecha social ha crecido, el paro no ha mejorado, el reparto de riqueza, mediante la perversidad de los impuestos, hace a los ricos más ricos, a los pobres más pobres y al estado más poderoso, inasequible, implacable. La clase media está más debilitada que nunca. La sociedad civil desarmada, inmersa en un espectáculo de leyes a medida y corrupciones consentidas mediante la imposición de una ética comparativa que todo lo permite, que todo lo disculpa. La separación de poderes no existe. Las leyes electorales hurtan la reperesentatividad de los electores. Las cámaras legislativas son una parodia de gallera en la que los gallos pelean por una pensión vitalicia, pero por equipos, sin peleas individuales, sin arriesgar la sangre propia, ni la ajena. La justicia se hace a medida de las necesidades del momento. La desigualdad de géneros cobra un protagonismo de crónica negra al convertir un problema social en un problema ideológico-penal, que encona los comportamientos.

¿Tenemos más libertad que cuando el gallo negro, declarado, gobernaba? No

¿Estamos socialmente más evolucionados? No

¿Hay una mayor cohesión económica? No

¿Somos todos iguales ante la ley? No

Es posible, casi seguro, que a estos nos que yo expongo con absoluta rotundidad, alguien, seguramente apostador habitual de alguno de los gallos, les encuentre matices de progreso, pero, para mí, esos matices son parte de la mentira, parte de esos mensajes de libertad, equidad, de justicia, que no son más que enunciados sin fuste, tramoya sin cuerpo, pretensiones de una sociedad que puede creer en ellos mientras no intente contrastarlos. Mentiras que acallan reivindicaciones.

Gallo rojo no te creo, gallo negro te aborrezco, yo quiero un gallo que quiera lo mismo que quieren los pueblos, libertad sin libertadores, igualdad sin igualadores, justicia que salga de dentro. Quiero gallos que canten cuando el sol brote del suelo, y no gallos que canten a los focos de un recinto, justo antes de caer muertos. Quiero gallos de plumaje cierto, de cantar franco y sincero, gallos que no quieran ser águilas, gorriones o cuervos, gallos que sepan de gallos, gallos que sepan de sueños, y de poder hacer con ellos un mundo que parezca nuevo, sin mentiras, sin “relatos”, sin engaños, sin galleros.

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Y vuelvo, de nuevo,  a Ferlosio, al estribillo de su emocionante canción, estribillo que suscribo y al que me someto:

“¡Ay!,si es que yo mientoQue el cantar que yo cantoLo borre el viento¡Ay!, qué desencantoSi me borrara el vientoLo que yo canto”

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