Ante un mundo convulso como en el que nos encontramos, donde los conflictos bélicos no sólo son los que nos muestra la prensa, pues al margen del de Israel-Palestina y el de Ucrania-Rusia, tambien existen otros como el de la República Democrática del Congo, Sudán, conflictos en el Sahel como la insurgencia en Myanmar y las tensiones en Siria, todas ellas, por causas variadas, que van desde disputas territoriales y étnicas hasta extremismos y competencia por recursos naturales, desembocando en graves crisis humanitarias.

Todos tenemos presentes las innumerables guerras a lo largo de la historia, sobre todo la más destructiva de todas, la madre de todas las guerras, la segunda guerra mundial, en la que se calcula que entre 50 y 70 millones de personas murieron, cifras que incluyen tanto a militares como a civiles, siendo la Unión Soviética y China dos de los países más afectados por la pérdida de vidas.
Ante esta trayectoria histórica, me pregunto si alguna vez, desde que el hombre ha poblado la tierra ha existido paz. Me temo, sólo pensando en la capacidad autodestructiva del ser humano que, quizá nunca ha reinado la paz entre los hombres, no sólo tomando como referencia los conflictos documentados por la historia, que se remontan al neolítico y al paleolítico, con evidencias que se extienden desde hace miles de años, como la Paleta de Narmer (~3100 a. C.) y el Estandarte de Ur (~2600 a. C.), existiendo además indicios de violencia organizada y conflicto armado que podrían tener un origen aún más remoto, aunque estas dataciones son más inciertas ya que dependen de hallazgos arqueológicos; de manera que estamos hablando desde de un periodo no muy lejano en el tiempo si tenemos en cuenta que el ser humano moderno, Homo sapiens, apareció en África hace unos 200.000 a 300.000 años
Capacidad autodestructiva que también se manifiesta en la forma en que cuidamos el planeta, o mejor dicho, en la forma en que no lo hacemos, con una sobre explotación de los recursos naturales, contaminación y desforestación, que atentan contra nuestro ecosistema, ya casi sin capacidad posible de reversión en algunos casos, pero lo peor aún, sin tomar consciencia de que la tierra se muere y nosotros con ella.
Así es, el ser humano, en su búsqueda de dominio y progreso, ha demostrado a lo largo de la historia su gran capacidad destructiva que amenaza con desestabilizar los mismos sistemas que sostienen la vida en la Tierra. Hemos perpetuado un ciclo de explotación que pone en peligro nuestra propia existencia.
Desde nuestras creencias sobre el origen y el propósito de nuestra existencia, hasta las decisiones económicas y políticas que guían nuestra sociedad es difícil presagiar un futuro halagüeño sino nos planteamos, con urgencia vital, un cambio para asegurar nuestra existencia y poder coexistir en armonía con el resto de la vida en la tierra. Y, es que, los seres humanos, como decía Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, estamos impulsados tanto por una capacidad de amar como de destruir, y que esta última, expresada en lo que denominó «pulsión de muerte», es la raíz de la guerra y la violencia.
Nada más tenemos que examinar la historia a la que me he referido para darnos cuenta de que las comunidades humanas crean una división entre “nosotros” y “ellos”, viendo al otro como una amenaza potencial que justifica las confrontaciones, lo cual unido al anhelo de conquistar, de dominar, de sacar partido de los conflictos, hace que se justifique lo injustificable, nuestra propia destrucción y la de nuestros congéneres; incluso bajo un contenido ideológico por el que pretendemos justificar la necesidad de acabar con los que no piensan igual que nosotros, situándonos en un peligroso espacio de que el fin justifica los medios, revistiéndolos incluso, de cierta justificación moral, buscando una asociación personal con quienes perpetran la guerra para situarnos en un bando determinado.

Por lo tanto, no sólo se trata de despertar conciencias sobre nuestra destructividad inherente a nuestra existencia, sino también de la necesidad urgente de instaurar un cambio en nuestras relaciones humanas por mor de garantizar nuestra propia supervivencia y la del planeta, o lo que es lo mismo, para asegurar un futuro en el que la humanidad pueda coexistir en armonía; lo cual pasa necesariamente por crear una nueva entidad asociativa internacional que permita el diálogo entre países ante el fracaso de la actualmente existente personificada en la Organización de Naciones Unidas debido a que no puede existir un equilibrio entre voluntades por el poder de vento de su Consejo de Seguridad ejercido exclusivamente por cinco de sus miembros permanentes (China, Francia, Rusia, Reino Unidos y Estados Unidos), lo que obstaculiza la toma de decisiones, impidiendo la acción en crisis críticas, llevando a la parálisis institucional y a la vulneración del orden jurídico internacional.
Se trata, en definitiva, de tomar conciencia de nuestra capacidad autodestructiva y de instaurar un orden internacional seguro con participación de todos los países. Pero, me temo, que se trata de una evolución de la humanidad imposible debido a las complejidades y contradicciones involucradas en la perpetración de genocidios y crímenes de atrocidad, aunque un bando tenga más justificación en su actuación bélica que el otro, porque el posicionamiento en bandos, nos hacen tomar partido justificando lo injustificable que, es la propia guerra.



