Hace unos días nos sumergíamos un amigo y yo en una interesante discusión, que no en una pelea de gallos, aunque con él, muchas veces la vehemencia con la que defiende sus argumentos y el sentido estricto de la semántica puede calentar el debate, pero sin que nunca llegue la sangre al río, pues si algo tenemos claro es que la verdad absoluta no existe, y que la aparente razón viene de mano de los argumentos que se utilizan.
Tal discusión se centrada en si lo que somos, pensamos, y actuamos, responde exclusivamente a impulsos nerviosos, esto es, a una programación de fábrica de nuestro cerebro, lo cual anularía el libre albedrío; o por el contrario, nuestra percepción del mundo se moldea a nuestro antojo en base a arquetipos, a nuestra formación, experiencias y otros factores tanto endógenos como exógenos que, finalmente, dan forma a nuestra personalidad, en la búsqueda de satisfacer nuestras necesidades y dar respuesta a nuestra inagotable curiosidad y, cosecuentemente accionar y moldear nuestra conducta ante una acción externa.

Dicho de otra manera, en nuestra acalorada y vehemente conversación tratábamos cada uno de demostrar si nuestro actuar estaba moldeado por simples estímulos nerviosos, como puede ser la programación binaria en un ordenador, o por el contrario el software de la percepción y la respuesta los fabricamos nosotros a través o por mor de una sabiduría colectiva y personal, además de histórica por la transmisión genética.
¿Qué domina en la interrelación entre el cerebro como simple maquina de pensar y el mundo que nos rodea, la BIOS de fábrica o el software al que me he referido creado por nosotros?
Mi respuesta, no puede ser otra, que la guiada por la obviedad de que no somos máquinas, y que el complejo neuronal de nuestro cerebro y su división entre la parte lógica y la emocional, ubicada en los hemisferios izquierdo y derecho, se moldean según nuestra voluntad, incluso dejando una huella digital única para cada individuo.
Tampoco podemos negar que el cerebro es fruto de millones de años de evolución, lo que en anatomía corresponde al telencéfalo, un órgano tan complejo como fascinante que forma parte del sistema nervioso central y que gracias a la interconexión de miles de millones de células nerviosas, conocidas como neuronas y su interactuación nos permite ver, leer, procesar la información, entender y dar una respuesta personal a todos los estímulos exteriores que percibimos.
Como dijo Hipócrates: «Los hombres deberían saber que del cerebro y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa, el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones».
En definitiva, gracias al cerebro podemos razonar, experimentar sentimientos y emociones, pero somos más que una estructura en la que el pensamiento sólo es consecuencia de una simple acción-reacción a estímulos nerviosos, ya que, precisamente esos estímulos no son sólo fruto de una secuencia lógica, sino también emocional, una vez que hemos catalizado o filtrado por nuestro fuero interno todo cuanto percibimos lo que, finalmente moldea nuestra personalidad y nos diferencia de la estructura aritmético lógica de las maquinas inteligentes cuyo funcionamiento esta basado en algoritmos para dar respuestas lógicas y automatizadas a diferentes opciones basada en el lenguaje y la interrelación entre el hombre y la máquina.
Gracias a qué no somos máquinas, nos equivocamos, y aprendemos, surgiendo la voluntad de superación, porque no sólo estamos programados para una respuesta lógica sino también emocional, consecuencia de la simbiosis entre nuestros cerebro límbico que dirige las emociones y el comportamiento, y del cerebro racional; sin negar que, finalmente es la química de nuestro organismo la que manda señales al cerebro, permitiendo a éste dar respuesta a los estímulos del mundo exterior.

En definitiva, somos una estructura compleja, que hace que pasemos de la materia a la espiritualidad, de respuestas lógicas a respuestas complejas de racionamiento, a sentimientos y a emociones. Somos el resultado de una evolución en la que de simples homínidos hemos pasado a ser organismos autónomos complejos de racionalidad a través del conocimiento y la experiencia.
Lo que me lleva a afirma que es la voluntad la que doblega al cerebro y no el cerebro a la voluntad.





Un artículo muy interesante.
Da gusto comprobar que la recomendación del Oráculo de Delfos sigue vigente.