NO SÉ, RICK

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Apuro el té verde con reminiscencias –qué pretencioso– a jazmín tras haber gozado de tres tostadas de tomate, aguacate, rúcula y pipas de girasol, además de un pastisset d’espinacs, y dispongo a plasmar en un folio de papel reciclado –ahora me hallo transcribiéndolo a formato digital– aquello que mi mente conciba bajo un cielo azul eléctrico –la portada de “Mujeres que corren con los lobos” de Clarissa Pinkola Estés que se halla sobre la mesa a escasísimos centímetros de mí es de un color tremendamente similar, idéntico diría–, manchado por cinco estelas de avión y acompañado por un radiante sol que se presenta carente de su máximo potencial esplendor tras el más oriental de los recién nombrados rastros aéreos, durante la fresca y ventosa mañana del último lunes de noviembre, la cual degusto sentado en una silla metálica de la terraza exterior de la panadería y pastelería “El Obrador”, en el divergente y acogedor barrio de Benimaclet. Quizá sea cierto aquello que decía Fuster de que para cuestionarse “cal menjar abans”.

Los tranvías –‘trams’ para los amigos– discurren frente a mí de izquierda a derecha y viceversa; la gente va y viene y también viene y va. El sol se niega a permanecer escondido detrás de la no tan difuminada línea de gases químicos y decide ascender un poquito para calentar mi rostro y mis rodillas. El aire lleva toda la mañana negándose a que su presencia sea eludida y danza libremente por doquier, fluyendo y colándose –con o sin permiso– por cualquier no hermético recoveco que pueda encontrar a lo largo, ancho y alto de los presentes (hermanos) espacio y tiempo terrestres.

No quería dedicarme esta mañana a escribir sobre lo siguiente, pues creo que ya he cubierto el tema bastante, pero siento la necesidad de hacerlo de nuevo, aunque sea de forma muy breve.

Me pregunto qué, y sobre todo cómo, piensan las personas que defienden y/o se resignan con el hecho de llevar mascarilla por la calle, al aire libre, pero que deciden no hacerlo en el interior de locales y estancias. Creo que si uno decide creer en la eficiencia de las telas azules y blancas, que menos que hacerlo de un modo mínimamente lógico y congruente. Me apeno al observar que la realidad actual sea que ciertos platós de televisión son espacios seguros porque “los techos son muy altos” –esto fue dicho en directo en un telediario español por una divulgadora científica de Instagram hace unos meses a modo de argumento de autoridad–, mientras que los patios de colegio precisan de la aplicación, o más bien de la imposición, estricta de la moda de las telas azules y blancas. Quizá debieran cambiarse los pupitres por otro tipo de mesas, así los niños podrían quitarse la mascarilla.

Me parece curioso que los recalcitrantes focos víricos se den en los botellones y en ciertas reuniones sociales privadas, pero no en las discotecas, conciertos y festivales, ni que tampoco surjan en los centros odontológicos o en cualquiera de las cocinas de bares y restaurantes en los que se acumulan, a diario, las babas de cientos de comensales. Me parece aún más curioso que un código QR sea popularmente aceptado como la solución a una problemática de supuesto, o presunto, carácter sanitario. También me lo parece que la gripe común estacional esté de vuelta, reanudando su anualmente habitual acto de presencia, ya que el año pasado se ausentó misteriosamente; me pregunto a dónde se marchó durante todos esos meses.

En definitiva, como se suele decir ahora entre mis coetáneos: “No sé, Rick…”

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