NIEBLAS AL AMANECER

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Al abrir los ojos oí como te ululaba la sirena del puerto, quejumbrosa, anunciadora de destinos perdidos, de vidas en suspenso. Me asomé entonces a la ventana y vino a recibirme tu camino, ni brisa ni viento, tan solo el aliento que acompaña tu discurrir y tu sino. Vi entonces que te acercabas al ritmo que el horizonte se hacía cercano, próximo, casi yo mismo. Vi como saltabas con salto limpio las rocas de la orilla de un mar entrevisto, entreoído, te abalanzabas sobre el interior y te enroscabas en los caminos que discurrían entre cercados y pinos, te abrazabas a las casas, a las luces, a los hombres que se perdían en tu interior, extraño intestino, y finalmente remontabas el monte, mi casa y el mundo se hacía opaco, íntimo, húmedo de un extraño rocío que empapaba mi cuerpo y lo hacía menos mío. Al final todo eras tú, el mar, el pueblo, el monte, mi cuerpo, entregados a tu progreso invicto, a tu amorfa igualdad, a tu abrazo húmedo, implacable, adormecedor y adormecido.

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