NEOLENGUA

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La neolengua es un término que conocí cuando leí la distópica y tremenda −quizá programadora− novela ‘1984’ de George Orwell, publicada en 1949. También podría conocerse con el término neolenguaje; quizá sea este una mejor opción pues de lo que se trata este abstracto concepto no es de señalar la posible creación o establecimiento de una lengua nueva dentro de alguna sociedad concreta, al estilo esperanto, sino más bien de lo que se trata es de la tergiversación, la simplificación y de la eliminación de algunos de los significados de los significantes en las distintas principales lenguas del mundo, al menos del occidental, por cuanto alcanzo a percibir.

 

Un ejemplo muy claro es el constructo ‘igualdad de género’. Prestando una mínima atención al vocablo, uno podrá darse cuenta de que no significa, literalmente, lo que “nos venden” que significa. Este concepto se vende como el objetivo per se a alcanzar −¿para 2030?− en cuanto a la igualdad de oportunidades socioeconómicolaborales entre todos los integrantes de la sociedad actual no elitista, independientemente del género de cada individuo; es decir, se busca, aparentemente, a través de la adoración al susodicho constructo, la erradicación de las desigualdades e injusticias derivadas de las distinciones en materia de género a nivel efectivo dentro de las limitaciones de la actual sociedad global. En papel es muy bonito; no obstante, pasarlo a la práctica se vuelve una meta mucho más complicada de lo que podamos nadie imaginar.

Si se toma al pie de la letra −es decir, en sentido literal− el vocablo ‘igualdad de género’, no queda otra opción más que la de reconocer que este se trata propiamente de una de las más simples soluciones para solucionar las ya mencionadas desigualdades e injusticias: que todos los géneros sean iguales, o lo que es lo mismo, que todo el mundo sea de un género igual. Recuerde el lector o la lectora que no es lo mismo igualdad que equidad; existe una gran diferencia, significativa, entre ambas palabras y respectivos conceptos.

Si buscamos el significado de la palabra ‘género’ podemos encontrar diversas acepciones. Si atendemos a las ocho diferentes que nos regalan en la página web de la Real Academia Española de la Lengua −siempre me he preguntado por qué se llama RAE y no RAEL; en verdad, me lo acabo de preguntar ahora mismo−, podemos apreciar que las tres primeras y la séptima son adecuadas para la interpretación que tratamos de llevar a cabo en estos instantes.

  1. Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes.
  2. Clase o tipo a que pertenecen personas o cosas.
  3. Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.
  4. Taxón que agrupa a especies que comparten ciertos caracteres.

Mucha gente suele sufrir una marcada disonancia cognitiva en cuanto refiere al entendimiento y el uso de este concepto −el de igualdad de género−. “Luchemos por la igualdad de género” suele ser un lema que, con la presupuesta intención de favorecer la inclusión y la equidad entre individuos, suele pobremente resonar en las consciencias y apreciarse en las acciones de las personas de a pie: pasan los días y, al mismo tiempo en el que la violencia, la injusticia, las tensiones y las diferencias permanecen sino proliferan, por un lado, la mayoría de los mayores permanecen anclados a las dinámicas sociales propias de sus respectivas generaciones −dentro de los límites que establecen los homogéneos cambios derivados de las ciegamente aceptadas e integradas soluciones a las reacciones suscitadas por las acciones plandémicas−, mientras que, por otro lado, los jóvenes −y me refiero a las generaciones propias de las últimas dos décadas, absténganse millenials− son profundamente adoctrinados, desculturalizados e insensitivizados a través del descabellado nivel de consumo de contenido audiovisual por las que sus actuales dinámicas “sociales” se caracterizan. Redes sociales, videojuegos, YouTube, Twitch, e incluso la pornografía ocupan para ellos y ellas horas y horas y más horas de las pocas que componen la jornada de veinticuatro. Los significantes ya apenas son aprehendidos a través de la palabra escrita; otras muchas vías superan a la lectura como método de relación ontológica con la realidad circundante −y con la Verdad− a través de los cognitivos, sensitivos y emocionales espacios sociales e individuales de interacción vital de las generaciones futuras. Así día tras día y año tras año. El resto de las horas se la pasan respirando poco y mal porque los aborrecibles y lastimosos propietarios de los remanentes de la psicosis colectiva plandémica, todavía estos incrustados en el interior de las mentes de los mayores y tristemente también, sino más, en las suyas propias, se resisten a comprender el hecho de que los niños y las niñas usando bozales, incluso al aire libre y/o haciendo deporte, es una realidad inherentemente innecesaria, dañina, inhumana, indigna, denigrante, repugnante, ilógica y criminal, así obligándolos a limitar la calidad de su proceso respiratorio, cuando es bien y llanamente sabido −hasta el más analfabeto puede alcanzar tal conclusión tan solo mediante el uso del sentido más común− que el oxígeno es especialmente necesario para el desarrollo de la vida y, cuanto más, del desarrollo neurológico, psicosocial y fisiológico de los infantes y los jóvenes. Además, hacer un uso apenas ininterrumpido y prolongado de las mascarillas quirúrgicas durante el día a día es algo ampliamente documentado en la comunidad científica que se ha demostrado aplastantemente cuán claramente perjudicial es y directamente relacionado está con el desarrollo de demasiadas complicaciones de salud a todos los niveles.

Así que, por si se le sigue escapando a alguien: LOS PEQUES NECESITAN RESPIRAR LIBREMENTE POR RAZONES OBVIAS, ABUNDANTES Y DE PESO Y RIGOR CIENTÍFICO.

Otros términos como ‘nueva normalidad’, ‘negacionista’ y ‘covidiota’ han sido introducido con calzador, más bien con martillo pilón, en el ideario de las masas. De un día para otro, decenas de personajes mediáticos pasan a usar este o aquel neovocablo con intenciones definidas, las cuales seguramente ni muchos de ellos son capaces de descifrar; lo que pasa es que pagan muy bien por decir “hijos, hijas e hijes”. De este modo se moldea la capacidad de interpretación de la gente sobre la realidad; si la palabra ‘guerra’ dejase de existir, solo quedaría referirse a las situaciones que la definen como más o menos pacíficas.

El uso de declinaciones neutras en contraposición a las típicas declinaciones masculinas o femeninas de la lengua castellana, como es el ejemplo de “hijes”, más que venir a reivindicar la ambigua igualdad de género que está tan de moda y luchar por ella, sirve para igualar los géneros de los niños y las niñas, resulta en la igualación de sus distintas naturalezas, define un nuevo género general, inespecífico, fluido, falso e igual.

Si se es honesto, es fácilmente posible reconocer que ir predicando sesgos morales haciendo uso de ridículas palabras como “hijes”, “todes” y “médiques” −manda narices−, no es la mejor opción si lo que se busca es luchar activamente por la igualdad de oportunidades y la justicia social y contra los abusos de poder, el machismo, el hembrismo, el racismo, la xenofobia, el capacitismo, la corrupción política sistemática, el expolio a las clases populares, la explotación laboral…

La división no es la solución a ningún problema; debemos unirnos para luchar por un mundo mejor. Eso sí: una etiqueta, una palabra, una letra, una vocal, sea la e, la a, la o, la i, o la u, jamás será suficiente para combatir todo esto. En cambio, la unión mediante el respeto, la honestidad y el sentido común, y a través de la acción directa, pacífica y organizada sí podrá producir un cambio significativo y positivo si, de una vez por todas, nos enfocamos −dejándonos de tantas inútiles distracciones− y nos dedicamos −empezando a distinguir y elegir qué sí es realmente importante en la vida (individual y colectiva)− a generar verdadero progreso.

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