QUIZÁ. EL CONFLICTO ISRAELÍ-PALESTINO

LAS ACUSACIONES DE GENOCIDIO Y LAS SALIDAS POSIBLES

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Cuando un tema resulta escabroso, polémico, incluso insufrible, suelo ser habitual acudir a la postergación, incluso, peor aún, por la cobardía disfrazada de prudencia, no tratarlo, no sólo por la incomodidad que resulta abordarlo, sino también por miedo a represalias mediante veladas o no tan veladas amenazas por no pensar lo mismo.

Uno de estos temas, máxime por lo ocurrido en nuestro país con el boicot constante a la vuelta ciclista a España en la edición de este año, y como no, por su constante actualidad ante un conflicto que no tiene fin, cual es el existente entre Israel y Palestina, como uno de los más prolongados y sangrientos del mundo contemporáneo, al no haber dejado de ocupar titulares globales tras la ofensiva de Hamás del 7 de octubre de 2023 y la respuesta militar israelí en Gaza, originando una tragedia humanitaria de la que  emergen palabras cargadas de un peso político y jurídico inmenso: genocidio, crímenes de guerra, limpieza étnica.

No voy a entrar a valorar si estamos realmente ante un genocidio por parte Netanyahu que, unos niegan y otros afirman, porque es echar leña al fuego en una confrontación social que, más que buscar soluciones, está empeñada en lanzarse piedras unos a otros, según el tinte político y lectura interesada, quizá de una historia pasada que lleva a posicionamientos donde hechos semejantes como pudo ser el holocausto judío por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, se distorsionan o incluso hasta algún loco ha llegado a justificar. Ello, al margen de otros conflictos bélicos de actualidad de los que nos hemos olvidado porque la prensa ha relegado a un segundo o tercer plano, ante el hastío y aburrimiento de quienes con un encefalograma, casi plano sólo deciden informarse por su periódico, revista o programa de TV de cabecera.

Quienes niegan el genocidio, acuden al significado del término, indicando que no es un mero adjetivo político, acudiendo para ello al derecho internacional, donde dentro de la Convención de la ONU de 1948 se considera como tal una serie de actos, como son la matanza, daños graves, medidas destinadas a impedir nacimientos o traslado forzoso de niños, cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, remarcando que, el elemento más difícil de probar no son los actos en sí, sino la intención específica de eliminar a ese grupo. Siendo así que, para atribuir a una determinada actuación el término que estamos analizando, no es suficiente con la magnitud de las muertes o la brutalidad de la violencia, sino demostrar que hubo voluntad deliberada de exterminar a un grupo por lo que es, no por lo que hace.

Insisto, de nuevo, que no voy a ser yo quien entre en este debate, porque aunque, existen un ingente número de víctimas, mucho más, sin comparación, en el bando de Palestina, sin embargo, nos encontramos ante una situación de intereses encontrados, existiendo acusaciones de uno y el otro lado que justifican lo injustificable, como es la guerra; sin que se puede obviar por parte de Hamás la perpetración de ataques indiscriminados contra civiles israelíes, emplear escudos humanos y gobernar de forma autoritaria a modo de dictadura, como se puso de manifiesto en el mencionado ataque del 7 de octubre de hace dos años, con la masacre de más de mil civiles israelíes y la toma de rehenes que, ha llevado a  muchos gobiernos, a considerar como un acto terrorista y crimen de guerra, aunque también es cierto que tales gobiernos lo hacen desde una alianza de intereses más económicos y políticos que desde un análisis humanista con el fin de alcanzar la paz.

Así, el tablero jurídico y moral del conflicto está marcado por acusaciones en ambos bandos, lo mismo que a nivel mundial. La diferencia y esto si que es importante, desde el derecho internacional, está en la escala: mientras Hamás opera como un grupo armado, Israel actúa como Estado reconocido, con un ejército regular y responsabilidades bajo el derecho internacional humanitario.

De manera que, estamos obviando lo más importante, que es poner todo el empeño en terminar con un conflicto bélico, que se remonta a la creación de Israel en 1948 como una solución “salomónica”: dividir un territorio entre dos pueblos con aspiraciones nacionales. El Plan de Partición de la ONU de 1947 proponía dos Estados, uno judío y otro árabe. Israel aceptó, pero el liderazgo árabe lo rechazó y estalló la guerra. El resultado fue la fundación del Estado de Israel y la Nakba: la huida o expulsión de unos 700.000 palestinos.

Cierto es que, décadas después, muchos países han reconocido a Palestina como Estado —casi 160 hasta 2025—, siendo el último el del Reino Unido, pero sobre el terreno ese Estado aún no existe. La fragmentación territorial, la expansión de asentamientos en Cisjordania, la división política entre la Autoridad Palestina y Hamás, y los ciclos de violencia lo han impedido. Así, la idea de “dos Estados para dos pueblos” sigue siendo la salida más citada, pero cada vez más difícil de materializar.

Pero, lo peor de todo, esto si es que hay algo peor que la guerra y la matanza incontrolada de civiles, sobre todo los niños, es, como he dicho antes, la absurda polarización, haciendo guerritas en los salones de nuestras casas, de nuestros bares, o peor, si cabe a modo de guerrillas con grupos violentos bien organizados, en nuestras calles, a favor de unos o de otros.

Y, al margen del rechazo de ofertas de paz,  quizá porque ninguna de ellas ofrecen una plena soberanía: territorios fragmentados, control militar israelí, límites en Jerusalén, y la expansión de asentamientos durante los procesos de negociación han minado la confianza, no sólo de las partes en litigio sino de la comunidad internacional.

Por consiguiente, culpar solo a un lado es una simplificación, producto de un fanatismo social y político basado  en cuatro cosas que les han contado, sin molestarse en leer y entender lo que leen, dentro de un contexto determinado,  históricamente hablando.

Quizá, entre otros muchos “quizás” que ya he utilizado en este texto, y que podría seguir utilizando, porque nada se puede dar por sentado cuando entra en juego el carácter destructivo y el odio  del ser humano, y el fanatismo, no haya solución; pero al menos seamos conscientes que pegarnos entre nosotros, utilizar políticamente este conflicto como se está haciendo en nuestro país y en otros muchos, con la intención de  correr un estúpido velo que tape las miserias, corrupciones y desatinos de nuestros políticos que, dicho sea, son los primeros que se encargan de azuzar a sus votantes y simpatizantes, en vez de hacer política de verdad, de altura, en este caso a nivel internacional, para acabar, no sólo con la guerra de la que estamos hablando, sino de otras muchas en el orbe mundial que, también por culpa de un periodismo sensacionalista ocultan y exponen a su antojo para vender, al final la miseria humana de una manera interesada y manipulada.

En definitiva, el conflicto israelí-palestino está atrapado entre narrativas incompatibles, heridas abiertas y liderazgos que han apostado más por la épica de la resistencia o la seguridad absoluta que por compromisos dolorosos.  Reconocer tanto los abusos israelíes como las fallas palestinas es condición necesaria para imaginar un futuro distinto.

Más allá de etiquetas, acabar con la polarización exige lo más difícil: mirar la historia sin contaminarla, aceptar responsabilidades compartidas y apostar por una paz que ponga la dignidad de la vida por encima de la épica del martirio o de la retórica de la seguridad eterna.

 

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