NARRATIVA. IDÉNTICAS

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¡Mi madre! Tengo que ir a recogerla antes de las 18:00. Desde que le operaron la cadera no se vale mucho por sí misma y voy a cuidarla varias veces por semana.
Giro la llave del cuarto de limpieza. El portal que limpio está hecho unos zorros. Algún vecino anda haciendo obra y está todo hasta arriba de suciedad. Lo tengo que dejar todo reluciente. Si no, le darán el portal a otra persona. Muchos días me entran ganas de dejarlo. Para la miseria que me pagan no me merece la pena deslomarme. Y encima pagan a destiempo. Pero los gastos no se pagan solos y Juan ya hace demasiadas horas extras en la fábrica. Y las niñas necesitarán ropa nueva para el verano. La del año pasado se les ha quedado pequeña. Hay que ver lo grandes que  se ponen en seguida. Hace nada eran dos hormiguitas y de aquí a mañana son dos mujeres hechas y derechas. Empiezo la faena con más ánimo. Incluso podría coger un portal más, al menos durante unos meses. Podría ahorrar lo que ganase y sorprender a Juan con unas vacaciones. Hace años que no nos vamos a ningún lado y yo también me he ganado unas vacaciones. Así que decidido. Lo haré.
Me olvido de mi dolor de espalda y sigo con la faena. Sonrío pensando en un viaje con Juan y las niñas. Podríamos ir a algún sitio con playa y que Gloria y Lorena vean el mar. Sería bonito. Seguro que Juan se sentirá muy orgulloso de mí. Siempre me dice que no le gusta que yo trabaje, que ya hago suficiente en casa y que él al trabajar tanto casi no puede ayudarme. Pero sé que se enorgullece. Y yo también. No es el mejor trabajo del mundo, pero me hace sentir valida. Porque lo soy.
Y cuando les diga que nos vamos de viaje, merecerá la pena unos mesecitos un poco más duros de lo habitual. Por ver sus caras. Y el mar.
 
18:00 p.m., suena el timbre.
En pocos minutos la casa se llena de la algarabía de niños jugando. En los estantes hay paquetes de diferentes tamaños, envueltos en papeles de color. Sobre la mesa hay una tarta de cumpleaños. Dos niñas gemelas corretean subidas en bicicletas. Otras dos niñas, una con un caro vestido azul y sandalias de bailarina y otra con un vestido de flores y unas zapatillas desgastadas se suben a sus espaldas. En la maniobra, pierden el equilibrio y ruedan al suelo. Todas ríen a carcajadas.
Mientras, tres mujeres las observan. Primero con preocupación de madre. Después con una sonrisa. Charlan animadamente. Hablan de naderías, relajadas. Disfrutando de la conversación, haciendo bromas. Ninguna quiere hablar de sus problemas. De sus cargas del día a día. Podrían quejarse. Debatir sobre quién tiene más facturas por pagar. Sobre quién trabaja más. Sobre a cuál de ellas le duele más la espalda. O los pies. O ambos. Pero no. No lo hacen. Porque ese momento es suyo. Sólo suyo. Para charlar y escuchar sus propias risas. Para olvidar por unos instantes sus obligaciones. Su lucha diaria. Todas ellas mujeres distintas, pero fuertes, con su propia batalla que combatir. Guerreras de la vida cotidiana que se han ganado un respiro. Un momento de despreocupación. Porque todas se dejan la piel día tras día. Porque ninguna desfallece. Porque todas se lo merecen.
Y porque mañana, sin falta, a las 7:00 a.m. el despertador volverá a sonar.
 
 

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