MOISÉS Y EL POPULISMO

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Hablamos mucho y decimos poco, al menos en ciertos temas, y eso es algo habitual cuando se toca el populismo, porque lo habitual es mencionarlo como argumento sin argumentarlo para identificarlo correctamente y poder paliar el problema que el populismo crea cuando lo toca para apropiarse de él.

El populismo, en general, se apropia de problemas morales, éticos, para denunciarlos, sin aportar soluciones realistas, reales, o aportando soluciones contradictorias según el aspecto de la cuestión que les interese. Es habitual, en las soluciones populistas, que el problema, más allá de reivindicaciones y alharacas, se agrave, se polarice y acabe siendo más importante la solución que el problema en sí.

Y si, en el ámbito de la limpieza, la prueba del algodón no engaña, en el universo populista la prueba de la eficacia, tampoco. Cójase una norma, una ley, una propuesta, y analícese, más allá de titulares y declaraciones, las consecuencias reales de la misma una vez proyectada sobre la sociedad; el resultado evidente, no importan las intenciones, no importan los deseos, no importan las justificaciones, viene dado por las consecuencias, por los hechos

Y esas consecuencias, muchas veces, las más, agravadas por la iniciativa, presentada como una solución ideológica, como una actitud frentista y de parte, antes que como una cuestión de estado, universal, que todas las fuerzas conscientes deben de respaldar, y la sociedad sancionar, aunque eso quite titulares y réditos electorales a los promotores, más interesados en la evolución de la sociedad y su educación, que en el adoctrinamiento social y la fidelidad electoral de los militantes y simpatizantes, las acaban pagando aquellos que la norma dice defender.

Hay temas, que por no resueltos, o por mal resueltos, son carne de populismo, carne de boletín oficial del estado y maltrato callejero, carne de manipulación y vergüenza social, y todos ellos tienen un mismo trasfondo: la imposición moral, ética, de una posición ideológica sobre las demás, y sobre la sociedad no alineada, la reivindicación de una superioridad moral que desmienten los métodos elegidos.

No hay mucha diferencia, en realidad ninguna, sobre la forma de actuar de una teocracia fundamentalista, y un populismo radical, sea de origen teocrático, o laicista, sobre todo cuando ese laicismo enmascara una religión de base anti religiosa. Yo no veo una gran diferencia entre que la censura feroz que acompaña a los movimientos radicales, sea ejercida desde posiciones de derechas, o posiciones de autoproclamada izquierda, en ambos casos la libertad es rehén de una moral que intenta impornerse a la sociedad con independencia de lo que la sociedad, la mayor parte de ella, opine.

En cualquier lugar donde la ética sea un valor incuestionable, la detección de un error de bulto supone la inmediata dimisión del responsable, o de los responsables, todos aquellos que tengan alguna vinculación con el error. Pero estamos en España, el país de los motoristas con rasqueta y agua caliente para poder separar a los cargos de sus cargos, tal como los describía el Forges. Aquí no dimite ni el Tato, y, en el colmo de la dialéctica esperpéntica, haoído que alguien argumenta que no dimite porque quiere dar la cara. Como si dar la cara desde una poltrona, rodeada de palmeros y con todos los recursos del poder a su disposición, manteniendo una actitud chulesca, soberbia, inmoral respecto a los afectados por su ley, fuera algo ético, digno de aprecio y reconocimiento.

Veamos algunas leyes, normas, cuestiones, populistas, con un clara intención ideológica y que han supuesto un claro perjuicio a la sociedad, no porque su fundamento sea incorrecto, si no porque lo son su aplicación, su redacción, o el sesgo con el que han nacido.

  • Todas las leyes de educación desde 1978. Leyes de partido que han creado una degradación sistemática del nivel cultural de aquellos que las han sufrido, y que, últimamente, más como invitación al frentismo y a la necesidad populista, tiene una deriva ideológica intolerable.
  • Ciertas coberturas sanitarias. Se me hace complicado discernir un motivo no populista por el que ciertas intervenciones, minoritarias, conflictivas socialmente hablando, pueden estar cubiertas, como es el cambio de género, o los tratamientos hormonales con tal fin, mientras a la totalidad de la población se le niega cualquier tratamiento bucal, que es una necesidad universal, que no sea una extracción. Podría decir casi lo mismo de la óptica y de ciertos medicamentos necesarios en dolencias bastante comunes que no figuran en la lista de medicamentos subvencionados por la S.S.
  • Las leyes sobre alimentación que priman los productos, y productores, industriales, muchos de ellos de reconocida insania, sobre los de pequeños productores a los que estrangulan económica y fiscalmente. No sé cuantos cánceres de colon, de estómago o del aparato digestivo en general, deberían de llevar una dedicatoria expresa a las leyes y normativas que, al contrario de otros países, en el nuestro masacran a los pequeños productores, a los artesanos, a los productos de proximidad y temporada, “por nuestra salud”.
  • Las leyes de género, todas, redactadas desde una sola perspectiva, que generan en parte de la sociedad, seguramente la más intransigente y refractaria a los cambios, una actitud negativa que jamás se solucionará con cárceles, ni con condenas, que seguramente enconan aún más las posiciones. Solo la educación, y una actitud de concienciación e integración pueden solucionar un problema que causa muertos cada día que pasa, sin que un sistema punitivo que lastra cualquier posible solución, pero muy afecto a ciertas ideologías, pueda proponer una evolución real, más allá de la falta de libertad para cuestionarlo, parcial o totalmente.
  • La ley del aborto. No se puede legislar la moral individual. No se puede legislar la convicción interna de nadie, no se puede proteger el fracaso en nombre de un derecho que conculca derechos. El aborto debe de ser una decisión libre de dos partes que se ponen de acuerdo para llevarlo a efecto, sin que nadie, ni nada más tenga que intervenir en el proceso. El aborto es un fracaso que encubre otros muchos fracasos previos, la formación, la vida, la responsabilidad, la educación, y que en algunos casos puede ser un mal menor respecto a quién decide solicitarlo, pero, que eso no hace que pueda obligarse a nadie a contribuir, aunque sea indirectamente, a su práctica.
  • La ley del “Sí es sí”. Comentarla sería irrelevante. Miren, cuenten, no hace falta más. Claro que solo sí es sí, es una perogrullada. El problema es si hacía falta, salvo para el lucimiento personal y sectario de ciertos personajes políticos, una ley específica, o habría bastado con rehacer, retocar, reconducir, las leyes existentes para lograr unos resultados más acordes.
  • Las normas sobre las “ZBE”, más preocupadas por los titulares y los votos, que por dar una solución real y viable al problema de la contaminación en las ciudades. Restringir el acceso a una considerable cantidad de vehículos por fechas de matriculación, en bloque, cuando muchos de ellos serían perfectamente viables, causando un perjuicio, a veces sin posibilidad de resarcirse, a sus propietarios, es una clara actitud populista y recaudatoria, y que, como es en el caso de los vehículos eléctricos, suponen un fracaso tecnológico evidente, una apuesta por el beneficio de una industria determinada, y una sospecho mirada ausente cuando se analizan las consecuencias nefastas de su implantación y anunciada imposibilidad.
  • Las fronteras: maltratadas por igual de un lado y de otro. Utilizadas por la izquierda de una forma esquizofrénica y clasista, y por la derecha de una forma nacionalista y clasista. El racismo, utilizado como sistema de agresión por unos, y como excusa universal por otros. La fiscalidad usada por unos y otros para imponer a la sociedad los sobrecostos de su incapacidad de gestión, o su falta de sensibilidad sobre las consecuencias de su uso inadecuado.

Hay muchas más: ideológicas, recaudatorias, económicas, éticas, morales, abusivas, antidemocráticas, persecutorias y un largo sinfín de despropósitos. Si partimos de que toda ley es un fracaso de la razón, la educación y la convivencia, toda ley populista es además un fracaso de la voluntad de convencer y de solucionar.

Cuenta La Biblia que Dios le dio a Moisés un par de escritos en piedra con las diez leyes básicas que deberían de respetar los hombres. No disponemos de la fecha exacta del tal acontecimiento, pero sí podemos convenir en que varios miles de años después aún no ha nacido el chulito que haya sido capaz de cumplir las diez con todo el rigor y simplicidad que su redacción plantea. Sin matices, sin engaños, sin populismos, sobre todo sin populismos.

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