MISCELÁNEA, LA REINA DE BLANCANIEVES Y EL BRILLO DE JHON DONE

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Miscelánea podría ser un mosaico de cosas inconexas. En el presente caso, es el título de un artículo que invita a palpitar desde el lenguaje, de modo que hete aquí con esta mixtura de cosas, cajón de sastre que sobrevuela por mi mente en este viernes seis de mayo. Anótese y léase esto si es del gusto de esos otros ojos que recorren el papel.

El yo es a Occidente lo que el sol al día, y el desapego del yo es a Oriente lo que la luna a la noche, un brillo que no es propio sino reflejo de lo circundante, pues se puede brillar en la más infinita de las oscuridades y se puede sentir el tiempo a cronómetro parado, como se puede sentir el amor desde la distancia, o el viento lejano por el indecoroso rubor de la forma de una nube. El yo nació en el Big Bang tras una explosión de la materia nacida paradójicamente en el vacío donde, sin embargo, la pulsión de una leve vibración anunciaba la plenitud postrera. El yo es el universo del mismo modo que el no-yo es el vacío. En el vacío está la plenitud y viceversa, porque el no-yo es como el ayuno, y el yo es un desayuno de la energía que nos hace falta. Occidente llena todo del yo y Oriente lo vacía por completo, pero quizás la vida diaria, la inercia de los humanos, digo, debería hacer simultáneo el vacío con la plenitud midiéndolos o compartiéndolos con la exactitud alternativa de un reloj suizo. ¿No representaría eso, acaso, la lucha diaria entre la vida y la muerte que padecemos en nuestro peregrinar? Una pulsión por el sí y otra por el no, dualidad de contrarios que se enfrentan al espejo y así, como si el cuento se trajera la realidad, nos convierte a todos en la reina de Blancanieves sometida a la diaria incertidumbre de preguntarse por su belleza.

La reina de Blancanieves no distinguía entre el selfi coqueto frívolo de la muerte y la mirada interior contemplativa del yo divino que anida en todos. El espejo no le decía a la reina que Blancanieves fuera la más bella del reino, sino que era la más bella por dentro. La belleza exterior no puede competir entre sí porque la belleza es un ideal abstracto que varía en la expresión de las formas concretas, quiero decir que cada belleza es una fracción limitada de un ideal absoluto, al punto de que no podemos considerar que nadie es más bello que otro. Pero la belleza del alma sugiere el contenido de lo que hemos hecho con la vida, así que es evidente que la reina de Blancanieves solo se fijaba en la superficie, es decir, en los rostros reflejados en el espejo, no en la profundidad de ese sabio objeto que tras su lámina esconde un pozo inmenso de sabiduría repleta de significados. Tras la apariencia está la verdadera realidad.

Rabindranath Tagore decía que el mundo debía a India el sentido de la totalidad por encima de toda diferencia, una suerte de espíritu basado en la tolerancia y el amor como fuerza de cohesión del género humano hasta lograr esa identidad única de la especie unida armónicamente sobre la faz de la Tierra. Esto lo he dicho con mis propias palabras. Pero cada vez que Occidente se mira en el espejo y le pregunta quién es el más bello, Occidente no distingue que Oriente no es una Blancanieves más bella estéticamente sino que su belleza alcanza el interior y lo cultiva desde la gracia de no competir con los otros.

Miscelánea es un conjunto de cosas heterogéneas que pueden unirse con un propósito o mantener, por el contrario, una dispersión sin significado. El mundo es una unidad habitada por toda suerte de especies que funciona como un organismo vivo a pesar de que nos hayamos quedado en la lucha por prevalecer en medio de esa diversidad. Hoy he tenido la fuerza para ponerme sobre la pantalla del ordenador y escribir. Y la escritura debe tener mensaje porque es un instrumento necesario para el crecimiento de la humanidad. Hace mucho que frivolizamos con la literatura –quizás yo mismo, sin ir más lejos–, hace mucho que hemos revestido al acto literario del glamour que lo prostituye y le hace parecer lo que no es. Hace mucho que cada escritor busca en el espejo la adoración perdida, esa sensación débil del yo que inconscientemente sabe que hay rostros más bellos, pero la literatura se escribe sola a través de manos y mentes por las que pasa como por un crisol, de modo que, los que escribimos, somos medios para los mensajes y, entonces, la fuerza de la vida hace de todo lo que se escribe una miscelánea aparentemente diversa pero unida en un solo significado. Así que cuando leas algo, no preguntes por quién doblan las campanas de la gloria, pues la literatura es una unidad al punto de que cuando alguien se glorifica escribiendo, las campanas también doblan por ti.

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