MIRADAS DORADAS

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Salí del aeropuerto de Beijing un poco aturdido. Entre las horas de viaje y la bruma con llovizna que caía me costaba mantener la atención. La vi de refilón cuando subí al autobús, me pareció una mujer guapa pero no le presté demasiada atención.

 

PAISAJE CHINO
Imagen aportada por el autor del texto

En el trayecto al hotel las emociones me sobrepasaban. Era una pena no poder disfrutarlo con sol, pero me daba igual. Según nos acercábamos al hotel, casi sin darme cuenta, descubrí una de las cosas más increíbles de China, todo es gigante. Por supuesto cuando miras el país en un mapa o ves que son mil cuatrocientos millones de personas te haces una idea de que es muy grande. Pero eso son aspectos demasiado genéricos, cuando estás allí todo llama la atención por el tamaño: los edificios, las calles, las autovías, los palacios y templos por los que pasaba eran más grandes de lo normal.

A las dos ya había recibido las explicaciones del guía sobre los tres días que íbamos a pasar en Beijing, aspectos prácticos de China y la ciudad. Las tres cosas más importantes que nos dijo fueron que China es un país seguro, que siempre lleváramos una tarjeta del hotel para poder volver si nos perdíamos y que los chinos hablan muy poco inglés. De español ni hablamos.

Esa tarde era libre y llovía mucho, juntando eso con el jet lag daban ganas de tumbarse en la cama a dormir, pero yo me negaba. Era mi primera visita a China y solo podía estar tres días en Beiging y así que no quería perder una tarde.

Había mucho que ver y el tiempo era limitado por lo que llevaba una lista de sitios que me apetecían y no estaban en las excursiones programadas para verlos por mi cuenta.

Salí a ver el Templo Lama y algún Hutong, los barrios históricos de la ciudad, especialmente el que está cerca del lago Houhai. Disfruté de una de las experiencias más impactantes que recuerdo y que me marcaron en China: los contrastes. Del metro del futuro pasé al templo y los barrios del pasado. Comunicándome por señas logré llegar a los sitios y comer en un restaurante señalando lo que comían otras personas. Estaba en un estado de ensueño y alegría increíble. Todo era nuevo.

Terminé la tarde en una calle moderna llena de anuncios luminosos. Me quedé impresionado con la capacidad que tenían para hacer cualquier tipo de forma y efecto con las luces y aprovechar las fachadas de los edificios para generar imágenes. Incluyendo, por supuesto, neones en los que las figuras aparecen en 3D. Entré a cenar en un restaurante pequeño que había en una bocacalle en el que había mucha gente. La carta no tenía fotos y me negaba a usar el traductor del móvil así que volví a pedir señalando platos de otras mesas. A los camareros y clientes eso les parecía divertido así que asumí que no les importaba.

Llegué al hotel tarde y algo mojado, pero quería tomar algo así entré al bar a por una cerveza. En un butacón estaba la chica a la que había visto de pasada en el autobús cuando llegué. Cuando me fijé vi que era una de las mujeres más atractivas que había visto en mi vida. Tenía rasgos asiáticos, pero era más alta que el resto de las muchas mujeres que había visto ese día. Su vestimenta no parecía china, la mayoría de las mujeres que había visto vestían con una ropa extraña, con cortes muy rectos y colores tenues, nada parecida a la ropa occidental. Llevaba una falda larga de vuelo naranja y una blusa blanca, un conjunto muy elegante. Estaba leyendo un libro y, desde la distancia, pude ver que eran caracteres latinos. Era preciosa.

Cuando se levantó para irse pasó cerca de mí. Me sorprendieron las motas doradas que tenía en unos ojos negros como la noche. Olía a una flor que no supe identificar. Le sonreí y me dijo «Eres del grupo de españoles ¿no?» tenía acento chino, pero hablaba muy fluido el español. «Sí. Me llamo Juan, encantado». «Yo soy Marta, encantada». Debí poner cara de asombro al oír el nombre y me explicó que los chinos, cuando empiezan a aprender un idioma occidental, se ponen un nombre nuestro para hablar con nosotros porque los suyos no se nos quedan. Ella eligió Marta por el animal. Me explicó que nos iba a acompañar en todo el viaje, se despidió y se fue dejándome en un estado de semienamoramiento que asocié al jet-lag y al cansancio.

Al día siguiente fuimos al Templo del Cielo y después a la Plaza de Tiananmen y a la Ciudad prohibida. Cada uno de los sitios a los que íbamos me sorprendía. Los sentidos no eran capaces de absorber tanta belleza ni tanta enormidad. Porque seguía con la sensación de que en China todo era desmesurado. Para lo bueno y para lo malo, pero desmesurado.

Siempre que podía observaba a Marta. Siempre estaba cerca del grupo, pero sin interactuar. Como distante. El guía no le prestaba atención y el resto del grupo estaban tan ensimismados con la ciudad que ni parecían verla.

Por la noche quería ir a cenar a un hutong. Buscaba una excusa para hablar con Marta e intentar pasar más tiempo con ella así que aproveché para preguntarle. Me dijo que era un sitio muy conocido pero que le preguntara al guía para estar seguro porque ella no conocía el detalle de la ciudad. La respuesta fue amable pero distante. Con un punto de contrariedad pregunté al guía y me fui a cenar solo al Mercado de Donghuamen.

Fue una noche increíble. La noche anterior había visto la China moderna de edificios nuevos y neón y en esa me metí en la noche de casas pequeñas de madera, farolillos, colores, puestos en la calle y mezclas de olores. En cada esquina de esa maraña de casas bajas me paraba a observar y oler. Otra de las cosas que aprendí de China. Los contrastes.

Volví dando un paseo pensando en Marta. Cada vez me gustaba más. No sólo era su belleza, su forma de vestir más occidental que asiática, la forma en la que se movía y su sonrisa continua. También me gustaba verla leer sin parar un libro del que no conseguía ver los detalles. Me dolía que hubiera sido tan seca conmigo por la tarde. Aunque, por otro lado, no sabía por qué había esperado otra cosa de ella. Quizás también era algo cultural chino.

Por la mañana del último día fuimos al Palacio de Verano, la integración de los edificios con la naturaleza, y el tamaño del lago me dejaron pensativo.

Por la tarde fuimos a uno de los sitios que más me llamaba la atención, la Gran Muralla. El viaje en autobús era de más de dos horas. Entre el resto del grupo iba a pasar juntos quince días recorriendo China así que ya estaban estableciendo camaradería animada y ruidosa entre ellos. Yo sólo iba a estar los días de Beiging y prefería estar solo así que me relacionaba poco.

Además, mi obsesión con Marta crecía de forma paralela a mi admiración con China. Había algo que me llamaba a disfrutar cada momento. Aunque solo iba a pasar tres días en Beiging aprovechando una escala para un vuelo a Camboya había preparado bien el viaje. Leído sobre su larga historia y sobre su presente, sobre sus gentes y sus dirigentes, sobre su geografía. Pensé que sabía mucho de China, pero lo que estaba viendo me superaba.

Entonces vi por primera vez la Muralla China. Ni los mejores documentales, ni las grandes fotos pueden acercarse a describir lo que se siente cuando te enfrentas a algo tan increíble. Una especie de serpiente marrón gigantesca que repta por las montañas hasta donde te da la vista.

En las tres horas libres decidí subir un tramo grande que llevaba a un gran mirador en una atalaya. El guía me dijo que era una excursión exigente, pero me animó a hacerla y yo no estaba dispuesto a perderme nada. Bajo un sofocante sol hice el camino a buen paso, parando a menudo a disfrutar de las vistas y pensando en China, intentando asumir todo lo que había vivido.

A medida que subía había menos gente, cuando estaba llegando a la fortaleza en la que acababa mi excursión me crucé con Marta que bajaba. Me sorprendió no haberla visto antes y paré a charlar con ella. Me comentó que había subido rápido porque le gustaba aprovechar para estar sola y que bajaba pronto por si hacía falta ayuda suya abajo. Antes de seguir su camino me dijo «Se nota que China te atrapa». Y, sin más, siguió su camino.

Durante la bajada no podía dejar de pensar en ella. Su belleza, su educación distante y su fría amabilidad me tenían fascinado. Pensé que eran dos mujeres dentro de una.

Llegué al autobús agotado y casi al límite del tiempo. Había decidido aprovechar las dos horas del viaje de vuelta para hablar con ella y conocerla mejor. Pero cuando subí al autobús la vi sentada en su asiento dormida. Tendría que esperar a la llegada al hotel o a la cena de grupo que teníamos esa noche.

Me senté en mi sitio y me dormí profundamente. Cuando el guía me despertó el autobús estaba vacío, el resto ya estaban entrando en el hotel.

Subí a ducharme un poco aturdido después de tanto dormir y me metí en la ducha. Entonces recordé el sueño. Sentada al borde de un lago con un templo reflejado en las aguas estaba Marta mirándome fijamente, con esa sonrisa sensual y discreta que le caracterizaba. Me preguntaba lo que me estaba pareciendo China y yo le explicaba lo que me admiraban los contrastes entre la velocidad de la China moderna y la tranquilidad de la tradicional, entre las grandes construcciones y los pequeños jardines, entre personas que viven como hace un siglo y otras que utilizan tecnología del que viene. Creo que notaba mi fascinación. Cuando terminé de contarle todo solo me dijo «Yo soy China». No recordaba nada más del sueño.

Cuando cogimos el autobús para la cena no la vi, pensé que iría directamente al restaurante. Allí tampoco estaba y me sentí bastante idiota, había perdido dos días en los que podía haber hablado con ella y se me había ido la oportunidad. Aunque el restaurante era precioso y la cena estaba muy buena no los disfruté, estaba sumido en un estado de enfado y decepción muy grandes.

Pero no podía rendirme. Cuando regresamos al hotel estaba desesperado y quería buscar cualquier opción de contactar con ella. Le pregunté al guía por Marta. Me dijo que no había ninguna persona China con el grupo salvo él. Le repliqué que era imposible, que yo la había visto y hablado con ella. Marta existía. Entonces me propuso tomar una copa en un bar cerca del hotel.

Durante el camino fuimos en silencio, ante mi insistencia de aclarar lo de Marta me dijo «Cuando estemos en calma te lo cuento». Llegamos a un bar oscuro con decoración de madera y plantas de bambú, nos sentamos en una mesa apartada iluminada con un farolillo y, cuando tuvimos nuestras bebidas, me dijo que le contara todo lo que había pasado con Marta.

No sé el tiempo que pasé contándolo, pero debió de ser mucho porque trajeron otras dos rondas de cerveza. El guía me escucha con atención sin preguntarme nada. Para finalizar le conté el sueño y la enigmática frase «Yo soy China».

Se quedó pensando un rato y comenzó a hablar:

—Desde hace miles de años los extranjeros habéis venido a China. Muchos vienen y se van sin entendernos. Pero históricamente algunos se han quedado fascinados por nuestro país —guardó silencio durante unos segundos—. Hay una leyenda que dice que cuando China intuye que alguien se va a prendar de ella se le aparece para guiarle. Marta no es una mujer, Marta es China.

Me miró a los ojos fijamente, en el iris le habían aparecido motas amarillas. Dicen que los dragones, con sus miradas doradas, guían a los que aman a China.  En el rato de silencio que compartimos tomé la decisión de no coger el vuelo del día siguiente.

 

FIN

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