MI QUERIDO MAESTRO DON TOMÁS

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Las carcajadas no cesaban,  le miraban señalándolo con sus dedos índices, unos llamándole burro y otros reproduciendo un rebuzno, dispuestos en círculo, a su alrededor, una mofa que duró cinco largos minutos,  exhibido por una “maestra” de refuerzo de los más atrasados durante el curso en las vacaciones de verano, provisto de una orejas del mentado cuadrúpedo hechas de papel al igual que el gorro en forma de cucurucho sobre su cabeza, como castigo por haber hecho mal una serie de divisiones en el encerado.

Él no era alumno de ese colegio pero se hizo una excepción por ser el nieto de la portera, y ser éste el lugar habitual donde disfrutaba las vacaciones convirtiendo su enorme patio en el escenario donde sus imaginarios juegos cobraban vida, tan pronto era un estadio de fútbol repleto de público convirtiéndose en el mejor delantero corriendo detrás de su balón de goma, como un circuito de Fórmula 1 subido en una bici de chica heredada de su hermana.

Ese verano fue distinto, toda la mañana metido en un aula, la tarde de deberes, y tan sólo dos horas de juego, dos horas donde no se le borraba de la memoria el excesivo agravio del que había sido objeto. No entendía el motivo de un castigo tan exagerado, ni la mofa de sus compañeros de clase, “atrasados” como él, adjetivo con el que el propio colegio y la maestra se referían a esa actividad extraescolar.

No sólo fue objeto de gracejadas aquel verano, durante el curso no era tenido muy en cuenta por los maestros, uno de ellos, justificado en fines pedagógicos, no se le ocurrió otra cosa que ordenar a los alumnos por orden de «listura».

Ėl siempre ocupaba el penúltimo puesto, con el agravante que el último era un muchacho con una patología psíquica. Además, entonces se practicaba aquello de que «la letra con sangre entra» por lo que no pasaba un día que no se llevase un capón de esos que retumban en el cerebro o una bofetada de las que te giraban la cara hasta el hombro o le daban con una regla en las yemas de los dedos.

Un día que se encontraba mal, los padres por aquello que el niño quiere hacer novillos le obligaron ir al cole. Su estado febril lo denotaba sus ojos vidriosos con los párpados pesados y sus mejillas rojas, pero, sobre todo, su cansancio que le llevó a caer en un estado de letargo, pero como era el niño «tonto» e «invisible», nadie se percató de ello, sólo al cabo de un rato el maestro, pero no para enviarlo a su casa para que los padres dispusiese lo pertinente a su dolencia, sino para arrearle un sonoro y seco  tortazo al observarle dormido sobre su pupitre que, tan fuerte fue, que lo arrancó de su silla yendo a caer  al lado de un compañero en la fila de al lado, del todo conmocionado. Finalmente, arrancó  a llorar, y su réplica manifestando que no se encontraba bien  sólo le sirvió para ser expulsado del aula y enviarlo al pasillo. Su malestar fue a más, hasta el punto que el vómito de su desayuno y la perdida de consciencia sirvió al energúmeno docente para percatarse del auténtico malestar del chaval asignándole un alumno voluntario para que la acompañase a su domicilio.

Por supuesto, él no contaba nada en casa ante el temor de la reprimenda por parte de sus padres quiénes habitualmente lo comparaban con su hermana por  sus excelentes notas, y con un tío por la parte de madre al que se le había colgado el cartel de vago crónico por méritos propios.

En estos tiempos hubiese sido diagnosticado el chaval con un déficit de atención y tratado por ello asignándole un grupo adecuado. Esa era la consecuencia de su auténtico retraso, aparte de la ausencia de un hábito de estudio que nadie le había sabido inculcar, pero sobre todo su gran imaginación; lo que le convirtió en un muchacho retraído y miedoso.

Sólo le bastó unas clases particulares individuales con el mismo maestro quien estimulado por los ingresos que le proporcionaba esta tarea extraoficial, tomaba con más interés a los alumnos no avanzados, o como el denominaba «tontitos» y «vagos», para que en la repesca de septiembre obtuviese el graduado escolar.

Don Tomás es su nombre, y recientemente, después de casi cuarenta años, se lo encontró paseando con un andador dada su avanzada edad, pasito a pasito, reforzando sus débiles piernas, para mantenerse en pie. Nada tenía que ver con aquel enérgico y represivo maestro de su infancia. Su memoria también era débil, no se acordaba de aquel mozalbete que ahora hecho un hombre le saludaba. ¿Quién eres?, le preguntó el maestro. Su nombre no le dijo nada y tampoco los capones y castigos que recibió de su parte, que le relató a modo de anécdota. Y, ¿a qué te dedicas hijo?, preguntó a continuación. Soy abogado, respondió el antiguo alumno.

Don Tomás sonrió, añadiendo: «ya dije hijo que triunfarías en la vida».

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