MI DIARIO. UN TAL PAVAROTTI

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Querido diario,

Tengo que confesarte que Benedetti me acompañó durante la juventud con los versos apasionados de un poema que comienza con un “No te salves” para acabar con una condena: “Y si te salvas, no te quedes conmigo”

Foto de Patrycja Chociej en Unsplash

Me apliqué el poema y me decía a mí misma: no te reserves, no te escondas, no te suprimas de la escena, no te salves.

Por eso al protagonista del cuento que sigue le animo a que vaya de fiesta cada domingo, toque o no toque, con invitación previa o sin ella. Y así él toma la escena mientras yo me escondo ahora tras la pantalla de ordenador. Nadie, absolutamente nadie, sabe que mientras yo me quedo en casa, él sale de fiesta.  

La fiesta del domingo                                                                   

Dejó caer los párpados hasta el fondo. Tanto, que se quedó dormido. Se le pasaron las horas pesadas y, cuando por fin despertó a tiempo para la fiesta, se desperezó como un oso grande que no tuviera piernas y con su corpachón obeso deambuló por la habitación cavilando:

¿Qué me pongo para la fiesta? Algo holgado, sin duda: una casaca negra de pies a cabeza; un fular rojo de cantante de ópera.

Con esa pinta, en la fiesta lo interrogarían sin duda

–         ¿A qué te dedicas?

–         Soy cantante de ópera; me llamo Pavarotti, respondería.

El bigote se lo había rasurado, qué pena, pero le quedaba aquella barba blanca del Dios creador.

–         ¿Y tú de parte de quién vienes?

–         Yo vengo de parte del creador.

–         ¿Del creador?

–         Si, del Dios creador 

Sacó del armario los zapatos de charol vintage, tan relucientes que casi le cegaban.

–         Y esos zapatos, ¿de dónde salen?, le increparían

–         Son del cuento del príncipe de las aguas.

Así, preparado con su atuendo y sus respuestas, acudió a la fiesta de otros, pues a nadie conocía: la fiesta que se anunciaba, la que llegaba a sus oídos, la fiesta de cada Domingo.

A su llegada, un tanto nervioso, tocó el timbre.

–         ¿Con quién hablo?, le preguntaron

–         Con Pavarotti

–         ¡No!

–          Sí, el mismo

–         Pero si Pavarotti nos dejó hace tiempo.

Soy Pavarotti, insistió.

–         ¿De parte de quien viene?

–          De parte del mismo Dios, que inspira mi canto

–          ¿Y esos zapatos refulgentes?

Pavarotti se los quedó mirando y la boca se le abrió más y más sin poder articular palabra. A cambio, un chorro de sangre acudió a su garganta y con una voz aguda de contratenor, comenzó a cantar el aleluya:  aleluya, aleluya … Y estirando el cuelo más y más, su voz se fue afinando en un canto de ruiseñor.

Los invitados entraron en un trance extático y se fueron agrupando, rodeándolo como una única alma.

Preso, sofocado, espetó un alarido y, espantado, espantándoles a todos, se dio a la fuga por la misma puerta que le había dado la bienvenida.

Por fin en casa.  Ya había cumplido con la fiesta de cada domingo y pudo suspirar aliviado, musitando: “no te salves; no me salves; por fin a salvo”. 

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